Fiona y yo comenzamos a trabajar en la parte más complicada del proyecto hace unos días. Se ha quedado conmigo varias noches seguidas porque nos quebramos la cabeza pensando formas de optimizar los recursos que tenemos a disposición, que no son pocos.
Pero debe estar en serio muy cansada porque no se me ocurren ideas nuevas que valgan la pena. La lluvia de ideas que hemos estado anotando en nuestra pizarra ya sobrepasa los límites de lo posible.
Hay un dibujo de una nave espacial, por el amor de Dios.
Ella dice que un descanso es todo lo que necesitamos. Recargar energías, cambiar de aires, hacer cosas distintas. Incluso me invitó a un bar para buscarme una noche de sexo sin compromisos.
Extrañamente, no fue tan tentador decirle que sí. Como si supiera que eso es justo lo que necesito para despejar la cabeza, pero no tuviera ganas o intenciones de hacerlo.
Me obligo a creer que es porque el trabajo me tiene muy enganchada. Es todo lo que puedo pensar y voy a celebrar una vez que todo esté resuelto. Sin embargo, la imagen flotante de Harri Howell es la verdad que no pienso admitir.
La sola idea de sexo hace que su rostro se aparezca en mi mente. Y no cualquier rostro, sino esa expresión de deseo y satisfacción que tenía la noche que nos conocimos. Cada vez que estoy sola en mi sola tengo que ver documentales de ballenas para que esa expresión no me obligue a hacer algo que no estaría penado por el acuerdo, pero que me dejaría sonrojada la siguiente vez que lo vea a los ojos.
Apoyo por completo la satisfacción personal, no hay nada de qué avergonzarse con ella. Más no es lo mismo pensar en Jacob Elordi, a quien nunca veré en persona, que pensar en tu socio a quien ves todos los días.
Esta noche, dejé que Fiona fuera a casa para que al menos una de las dos tuviera una vida normal por una vez. Sin mencionar que de vez en cuando es bueno tener un tiempo en soledad para resolver problemas. Hay algo en el silencio que siempre me ayuda a encontrar lo que busco.
Y si además estoy sentada en este cómodo sillón en mi oficina privada, puede que el estrés se me vaya solo.
—Más vale que esté anotando sus horas, señorita Williams.
Volteo la vista para encontrar a Howell entrando a mi oficina. Se quitó el saco que siempre lleva puesto, así que la camisa blanca planchada y ajustada que lleva es todo lo que me separa de ver esos fuerte brazos y espalda amplia.
A quien haya fabricado esa camisa, debería enviarle flores de agradecimiento.
—¿Y usted lo hace? — respondo — Las suyas, digo.
—Solo cuando es Navidad. Hay que darse un gusto merecido de vez en cuando.
Toma asiento a mi lado, sin notar siquiera que la messa decorativa frente a nosotros, tiene un mar de papales. Aunque seguro que si nota los que están a mi lado y hacen de puente entre nosotros.
—Yo pensaría en algo como un auto deportivo o unas vacaciones en Hawai — comento.
—Soy algo aburrido. Creí que a estas alturas ya lo sabrías.
—Lo que recuerdo es que no es nada aburrido cuando estás motivado.
No estoy segura de dónde salió ese comentario. Tal vez mi inconsciente juega conmigo porque estaba recordando nuestra noche juntos hace 2 minutos. El caso es que evito el contacto visual. Si he aprendido algo en este tiempo es que ver a Harri Howell a los ojos siempre es problemático para mi.
Es hipnotizante, embriagador. Entras en un limbo donde solo existe él y sin decir palabra alguna puede desnudar tus más oscuros secretos.
Por suerte, soy bastante fuerte para resistir la mayoría de las veces. No significa que no sea humana y falle al no desearlo cada momento del tiempo que estamos juntos.
—¿Está atorada? — pregunta mientras echa un vistazo a los papeles. Esta vez, con más atención.
—Eso parece. Los barrios más pobres no son fáciles de penetrar. Convencerlos de que reciclar los ayudará a tener comida y ropa para sus hijos debería ser fácil pero no confían en las grandes empresas.
No hay ninguna mención a Dios o Satán que los de marketing puedan usar que le haga entender a esa gente los beneficios de este proyecto.
—Temen ser estafados — resume Harri.
—¿Puedes culparlos?
—Al contrario. Culpo a todos los demás. Si vieran más allá de sus billeteras, el mundo sería un poco mejor para todos.
No puedo evitar sonreír.
—Hablas como si esta no fuera una de tus empresas multimillonarias.
—Lo siento, no quise sonar… — se pone nervioso tan fácilmente que hasta sería divertido molestarlo más. Pero estamos trabajando, ¿cierto?
—Es juego, Harri — tardo un microsegundo en corregirme, con un rubor en las mejillas que ya no se quitará — Digo… señor Howell.
—Puedes decirme Harri, si gustas.
—No gusto. No importa que hora sea, aún estamos trabajando.
Mi intento de retomar la seriedad son buenos, pero débiles. Es fácil concentrarse en el trabajo cuando estoy rodeada de gente que me subestima o que piensa mal de mi. Cerrarles la boca con mi ingenio siempre es reconfortante.
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Editado: 26.09.2026