Vitali: Un acuerdo para amarnos

CAPÍTULO 17: LORENZO

El viaje a las islas Cook empezó mucho antes de subirnos al avión.

La noche anterior, Aurora y yo terminamos de preparar las maletas después de cenar. Ella empacó más ropa de la necesaria, varios libros y un pequeño neceser lleno de productos para el cuidado de la piel. Yo me aseguré de que todos los documentos estuvieran en orden y de que mi madre supiera exactamente cuándo debía recoger a Dylan y a Dino.

Aurora y yo quedamos en que los perros se quedarían con mi madre durante el viaje. No quería someterlos a tantas horas de vuelo y, además, sabía que estarían bien cuidados.

—¿Seguro que no te arrepientes de dejarlos? —le pregunté mientras bajaba mi maleta.

—Los voy a extrañar, pero tu mamá los va a cuidar muy bien.

—Dino probablemente se olvidará de nosotros en cuanto le dé un poco de comida.

—Y Dylan va a dormir en su cama como si fuera el dueño.

—Siempre ha creído ser el dueño de todo.

Aurora sonrió y se acercó para besarme.

—Mañana nos vamos de vacaciones.

—Mañana nos vamos de vacaciones.

La emoción en su voz me hizo sonreír. Después de todo lo ocurrido con Guillermo y del encuentro con María, necesitábamos unos días tranquilos. Aurora y Patricia se habían conocido ese mismo año, pero habían creado un vínculo muy fuerte después de todo lo que habían vivido. Patricia había estado a su lado cuando más lo necesitaba, y Aurora también se había convertido en una persona importante para ella.

A la mañana siguiente, salimos temprano de casa. Mi madre llegó para recoger a los perros y Aurora pasó varios minutos despidiéndose de ellos.

—Pórtense bien —les dijo mientras abrazaba a Dylan—. No hagan enfadar a la abuela.

Dino apoyó la cabeza sobre sus piernas y Dylan intentó lamerle la cara.

—Creo que no te han entendido —le dije.

—Me han entendido perfectamente. Solo han decidido ignorarme.

Mi madre se rio y tomó las correas.

—No te preocupes, Aurora. Yo me encargo de ellos.

—Gracias, Betty.

—Disfruten del viaje. Y no llamen cada hora para preguntar por los perros.

Aurora me miró.

—Ella me conoce demasiado bien.

—A los dos.

Nos despedimos de los perros y nos dirigimos al aeropuerto. Patricia y Julián ya nos estaban esperando.

—Por fin —dice Patricia al vernos—. Pensé que iban a llegar después de ir a la casa de tu suegra.

—Aurora necesitaba despedirse —respondí.

—Lo entiendo. Yo también estarí llorando.

—No lloró —protesta Aurora.

—Tienes los ojos brillantes —comenta Julián.

—Es que hay mucho polvo.

—Amor, hemos ido y venido por la carretera y aquí no hay polvo.

—Está bien, lo admito. Me puse triste.

Patricia la abraza y ambas empiezan a reírse. Me alegra verlas así. Los días de angustia por fin se han ido.

Durante el vuelo, Aurora se sentó a mi lado. Patricia y Julián ocuparon los asientos de la fila de enfrente. Aurora pasó parte del trayecto leyendo y otra parte durmiendo con la cabeza apoyada en mi hombro.

—¿Cuánto falta? —preguntó después de varias horas.

—Todavía faltan tres horas.

—Eso es una eternidad.

—Cuando lleguemos, serás la primera en bajar del avión.

—Lo sé. Quiero ver la playa.

—También hay un jacuzzi.

—Esa es la mejor parte.

Sonreí y besé su frente.

El viaje fue largo, pero Aurora consiguió mantenernos entretenidos. Habló de las playas que quería conocer, de la comida que probaría y de las fotografías que pensaba tomar. Patricia se unió a sus planes, mientras Julián fingía revisar los horarios de las actividades.

Yo noté que estaba más nervioso de lo normal.

—¿Todo bien? —le pregunté cuando Patricia y Aurora se quedaron dormidas.

—Sí, solo estoy cansado.

No le di más importancia.

Cuando llegamos a la villa, Aurora se quedó sin palabras.

La casa estaba frente al mar, tenía una terraza amplia, una piscina pequeña y un jacuzzi rodeado de plantas tropicales. Desde las habitaciones se podía ver la laguna, cuyo tono azul parecía imposible.

—Es preciosa —susurró Aurora.

—Julián fue quien la encontró.

—Entonces tengo que darle las gracias.

—Puedes hacerlo después de entrar. Necesito sentarme.

Patricia dejó su maleta junto a la puerta y abrazó a Julián por la cintura.

—Te dije que este viaje sería perfecto.

—Sí, yo también lo creo —respondió él.

Durante la tarde recorrimos la villa y organizamos las habitaciones. Aurora y yo nos quedamos con la que tenía la mejor vista, mientras Patricia y Julián eligieron la que estaba más cerca de la terraza.

Después cenamos frente al mar. Hablamos de la laguna, de las excursiones y de todo lo que queríamos hacer durante las dos semanas. Aurora estaba tan emocionada que apenas tocó la comida.

—Mañana quiero conocer la laguna —dijo.

—Podemos hacerlo por la mañana —respondí—. Después almorzamos en el pueblo.

—Y por la tarde inauguramos el jacuzzi —añadió Patricia.

—¿Inauguramos? —pregunté.

—Por supuesto. No hemos viajado tantas horas ni pagado tanto para no disfrutar de todo lo incluido.

Chocamos los vasos y nos reímos.

Más tarde, mientras Aurora y Patricia dormían, Julián llamó suavemente a la puerta de mi habitación.

—¿Puedes acompañarme?

—¿Adónde?

—Necesito hacer una cosa.

Su expresión era tan seria que me puse una camisa sin hacer más preguntas.

Salimos de la villa y caminamos hacia una zona comercial cercana.

—¿Pasa algo? —pregunté.

—Tengo que comprar algo.

—¿Qué cosa?

Julián se detuvo delante de una pequeña joyería.

—Un anillo.

Lo miré en silencio.

—¿Para Patricia?

Asintió.

—Voy a pedirle matrimonio.

Sonrió, pero sus manos temblaban ligeramente.

—¿Ella lo sabe?

—Si lo supiera, no sería una sorpresa.

—Me refiero a si sospecha algo.

—Espero que no. Por eso necesitaba que Aurora y tú vinieran con nosotros. Si solo la traía a ella, habría empezado a preguntarse por qué elegía un lugar tan especial.




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