El avión aterriza en Londres poco después del amanecer.
Aurora duerme con la cabeza apoyada en mi hombro y una de sus manos descansa sobre la mía. Durante todo el vuelo ha sonreído mientras dormía. Supongo que todavía está reviviendo todo lo que ha ocurrido; esta última semana de vacaciones ha sido perfecta.
—Ya llegamos —susurro.
Abre los ojos lentamente y me mira con una sonrisa adormilada.
—¿De verdad?
—De verdad.
—No quiero bajar.
—¿Por qué?
—Porque eso significa que las vacaciones se terminaron.
—Podemos volver cuando quieras.
—¿Aunque quieras llevar diez maletas?
—Aunque lleves veinte maletas.
Se incorpora y estira los brazos. Su cabello está un poco despeinado y tiene una marca en la mejilla por haber dormido contra mi hombro. Nunca se lo diría, pero se ve preciosa.
—¿Me estás mirando?
—Estoy admirando a mi futura esposa.
—Y tú tienes a la mejor.
Me besa en la mejilla y empieza a abrocharse el cinturón.
—¿Estás nervioso por ver a tu familia?
—No.
—Mentiroso.
—¿Por qué estaría nervioso?
—Porque vamos a anunciar que nos casaremos. Tu madre probablemente llorará, tus hermanas gritarán y tu abuela intentará organizar la boda antes de que terminemos de decir la noticia.
—Eso último no es una posibilidad. Sabes que lo hará. No para de decirlo desde que cenamos todos.
Aurora se ríe y entrelaza sus dedos con los míos.
—¿Y tú? ¿Estás nervioso?
Estoy nervioso por no ser un buen esposo; esta es mi primera relación seria. No quiero hacerle daño a Aurora por mi inexperiencia pero también siento que hasta ahora estoy haciendo un buen trabajo.
—Estoy ansioso —respondo—. Quiero ver la cara de mi madre. Me hace ilusión contarle la noticia.
—Eso no responde mi pregunta.
—Sí, estoy nervioso.
Su expresión se suaviza.
—Yo también.
—No tienes que estarlo. Nos tenemos el uno al otro y compartimos el mismo objetivo.
—Sí. Me alegra que podamos hablar de todo con sinceridad.
Aurora apoya la cabeza en mi brazo.
—Cambiando de tema, me gusta que nos hayamos elegido para compartir el resto de nuestras vidas.
—Te elegiría delante de todo el mundo.
Sus ojos brillan. Durante unos segundos no decimos nada. Ya no necesitamos llenar cada silencio. Antes pensaba que el silencio era una distancia entre dos personas; con Aurora, a veces es simplemente otra forma de estar juntos.
En la zona de llegadas nos esperan Julián y Patricia. Patricia lleva la mano levantada, como si temiera que alguien pudiera no ver su anillo. Julián, en cambio, sostiene sus maletas y parece incapaz de dejar de sonreír.
—¡Por fin! —exclama Patricia mientras corre hacia Aurora.
Se abrazan con tanta fuerza que Aurora casi pierde el equilibrio.
—¿Has dormido algo? —pregunta Patricia.
—Un poco. ¿Y tú?
—Nada. He mirado el anillo durante todo el vuelo.
—Yo también lo hice.
Julián se acerca a nosotros y me da un abrazo breve, pero sincero.
—¿Listo para enfrentarte a tu familia?
—No me queda otra.
—Podemos escapar juntos.
—Ya lo intentaste en la isla y terminaste buscando un anillo conmigo.
—No me recuerdes eso. Todavía no sé cómo lograste convencerme de que necesitaba comprarle otro par de pendientes a Patricia.
—Porque los necesitaba.
—Patricia tiene más joyas que ropa.
—Eso no es un problema.
Aurora y Patricia nos miran desde unos pasos más adelante.
—¿De qué hablan? —pregunta Aurora.
—De lo mucho que nos quieren —respondo.
—Entonces, ¿por qué tienen esa cara de culpables?
—Porque somos hombres sensibles.
—Hombres sospechosos, querrás decir.
Nos reímos mientras salimos del aeropuerto.
El trayecto hasta la casa de mis padres transcurre entre historias del viaje, fotografías y planes para regresar a las islas Cook. Aurora se sienta a mi lado y, cada cierto tiempo, mira su mano.
Una decisión que parecía inocente nos ha llevado hasta nuestro presente.
Cuando el coche se detiene frente a la casa familiar, vemos a mi madre, a mi nona y a mis hermanas esperándonos en la entrada. En cuanto Aurora baja del vehículo, mi madre corre hacia ella y la abraza.
—¡Hija! ¡Estás comprometida! —grita cuando ve el anillo.
—Sí. Ahora te vamos a contar.
—No me llames Betty en un momento tan importante. Ahora tienes que decirme mamá.
—Mamá —responde Aurora, riéndose.
Mi madre vuelve a abrazarla, emocionada.
—Sabía que mi hijo no podía regresar de un viaje romántico sin una noticia importante —dice mi nona.
—Nona, el viaje no fue romántico...
—Todo viaje con una mujer hermosa termina siendo romántico, Lorenzo.
—Qué sabiduría tan conveniente.
—Tengo muchos años. Algo tenía que aprender.
Todos entramos en la casa. La mesa del comedor está llena de comida, postres y flores blancas. Mi madre ha preparado una celebración improvisada, aunque, por la cantidad de platos, parece que hubiera estado planeándola durante semanas.
Dylan y Dino aparecen corriendo desde el jardín. Dino se lanza sobre mí, mientras Dylan se acerca a Aurora y empieza a mover la cola con tanta fuerza que todo su cuerpo se balancea.
—Mis bebés —dice ella, agachándose para abrazarlos—. ¿Me extrañaron?
Dino ladra.
—Eso significa que sí —afirma Aurora.
—O que tiene hambre —digo.
—No arruines el momento.
Observo a Aurora rodeada de mi familia y de los perros. Por primera vez, la imagen no parece prestada ni temporal. Aurora encaja en esta casa como si hubiera estado destinada a llegar a ella.
Mi madre nos pide que nos sentemos. Patricia y Julián ocupan dos sillas frente a nosotros. Mi nona se queda en la cabecera y nos mira con una expresión demasiado satisfecha.
—Antes de que empiecen a comer —dice Julián—, queremos contarles algo.