Vitali: Un acuerdo para amarnos

CAPÍTULO 20: AURORA

Desperté con una certeza absoluta: mi boda iba a ser un caos.

No un caos triste ni desastroso. Un caos lleno de flores, vestidos, listas, llamadas, muestras de pasteles y familiares emocionados que tenían una opinión distinta sobre absolutamente todo.

Y, de alguna manera, me encantaba.

Lorenzo todavía dormía a mi lado. Tenía un brazo alrededor de mi cintura y la frente apoyada contra mi cabello. Su respiración era tranquila, aunque, desde que habíamos regresado de las islas Cook, se despertaba cada vez que yo me movía demasiado.

Supongo que casarse conmigo también implicaba aprender a dormir con una mujer que tenía demasiadas ideas a las siete de la mañana.

Miré mi mano. El anillo brillaba bajo la luz que entraba por las cortinas.

Todavía me costaba creerlo.

Estaba comprometida con Lorenzo Vitali.

No con un desconocido al que debía aprender a tolerar. Con Lorenzo: el niño de mi recuerdo, el hombre que me había visto en mis peores momentos y que, aun conociendo toda mi historia, seguía escogiendo quedarse.

Sonreí.

—Sé que estás despierta —murmuró.

—No es verdad.

—Estás sonriendo.

—Puedo sonreír dormida.

Abrió los ojos y me miró con una expresión adormilada.

—¿Qué estás planeando?

—Nuestra boda.

—Aurora, son las siete de la mañana.

—Precisamente. Ya estamos atrasados.

Se incorporó, apoyándose en el cabecero.

—¿Atrasados para qué?

—Para elegir el lugar, los vestidos, las flores, la música, el menú, la decoración, los invitados, el pastel, las invitaciones y la luna de miel.

—Solo llevamos un día en Londres.

—Un día perdido.

Lorenzo se pasó una mano por el cabello.

—Ahora entiendo por qué mi madre estaba tan emocionada cuando nos vio.

—Tu madre tiene buen gusto.

—Mi madre quiere organizar la boda antes de que nosotros decidamos si queremos casarnos en verano o en otoño.

—Yo quiero casarme en otoño.

—Lo suponía.

—Y quiero que sea una boda doble.

—Eso también lo suponía.

Me giré hacia él.

—¿No te gusta la idea?

—Me gusta la idea de casarme contigo. El resto podemos decidirlo juntos.

La respuesta me hizo sonreír aún más.

—Entonces, ¿puedo empezar a organizar?

—Puedes empezar a desayunar.

—Eso no es lo mismo.

—Para ti, probablemente sí.

Me incliné para darle un beso. Él me sujetó por la nuca y lo convirtió en uno más largo, de esos que hacían que olvidara por completo las flores, las listas y cualquier otra cosa que estuviera planeando.

—Buenos días, futura esposa —susurró.

—Buenos días, futuro esposo.

—Ahora vamos a desayunar antes de que decidas cambiar también el nombre de nuestras familias.

—No es una mala idea.

—Aurora.

—Está bien. Primero desayunamos.

Media hora después, bajamos al comedor. Beatrice ya estaba allí con una taza de café entre las manos. Beatrice —o Betty, aunque insistía en que la llamara mamá— tenía el teléfono apoyado junto a un cuaderno lleno de anotaciones.

Mi corazón se detuvo un segundo.

—¿Ya empezaste? —pregunté.

—No —respondió demasiado rápido.

Lorenzo y yo nos miramos.

—Mamá —dijo él.

—Solo he buscado algunas opciones.

—¿Qué tipo de opciones? —pregunté.

—Lugares, iglesias, floristas, pastelerías, diseñadores, fotógrafos y dos orquestas.

—Eso es empezar.

—Es prepararse.

Mi suegra deslizó el teléfono hacia mí. En la pantalla había fotografías de iglesias, jardines y casas antiguas rodeadas de árboles.

—He pensado que podrían casarse en Italia —dijo—, pero entiendo que quieran celebrar la boda aquí. Además, Aurora tiene muchos recuerdos en Londres.

—Quiero que sea en Inglaterra —respondí—, pero no en el centro de Londres.

—¿Dónde, entonces?

Abrí mi teléfono y busqué una carpeta que había creado la noche anterior.

—Encontré un pueblo llamado Bibury. Está en los Cotswolds. Es pequeño, tranquilo y tiene ese aire de pueblo antiguo que me encanta.

Lorenzo se inclinó para mirar las fotografías.

—Casas de piedra, jardines llenos de flores y una iglesia antigua —describió.

—Y un río que atraviesa el pueblo. También hay hoteles preciosos y casas rurales para alquilar.

—¿Por qué Bibury? —preguntó.

—Porque quiero que nuestra boda se sienta cercana. No quiero un salón enorme donde nadie pueda respirar ni una fiesta en la que apenas podamos hablar con nuestros invitados. Quiero una iglesia bonita, hojas doradas en el camino, música, risas y tiempo para disfrutarlo todo.

Lorenzo me observó con una expresión suave.

—Me gusta.

—¿De verdad?

—Sí. Además, está lo bastante lejos para que nadie pueda aparecer sin invitación.

—Eso lo dices por María, ¿verdad?

—Lo digo por cualquier persona que crea que una boda es un evento público.

Beatrice tomó una de las hojas del cuaderno.

—La iglesia de Santa María está en el centro del pueblo. Es pequeña, pero podría recibir a todos los invitados.

—¿La has llamado? —pregunté.

—Todavía no.

—Mamá, ¿cómo tienes una fotografía del interior si todavía no has llamado?

—Internet existe, Lorenzo.

—A veces me preocupa lo eficiente que eres.

—Debería preocuparte más que todavía no hayas elegido el traje.

—No empezaremos con eso.

—Por supuesto que empezaremos con eso.

En ese momento entraron Patricia y Julián. Patricia llevaba el cabello recogido de cualquier manera y sostenía una taza de café. Julián parecía más despierto, aunque su mirada se dirigió inmediatamente a la mesa llena de papeles.

—¿Qué sucede? —preguntó.

—La boda —respondí.

Patricia abrió mucho los ojos.

—¿Ya están hablando de la boda?

—Tu prometido y mi suegra llevan horas planeándola en su cabeza —dije.

—Llevamos treinta minutos aquí —aclaró Lorenzo.

—Eso no cambia nada.




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