29 de octubre de 2028
Aurora
Todo estaba listo.
Por una vez, nadie corría de un lado a otro con una lista en la mano. Nadie discutía sobre las flores ni preguntaba si el pastel tendría suficiente chocolate. Nadie había llamado para cambiar el menú, añadir un invitado o sugerir que las mesas debían estar organizadas de otra manera.
La boda estaba lista.
Y yo también.
Bueno, casi.
Me observé en el espejo de la habitación que habían preparado para Patricia y para mí. Llevaba un vestido blanco de mangas largas, con una falda amplia que se movía cada vez que daba un paso. No era tan exagerado como el que había imaginado de niña, pero tenía todo lo que quería: encaje, pequeños bordados y una cola lo bastante larga para sentirme como una princesa sin tropezarme con ella.
En mi cabello habían colocado unas flores pequeñas de color rosado. Patricia llevaba unas parecidas, aunque las suyas tenían detalles marfil.
—No puedo creer que ya sea hoy —dijo ella desde el otro lado de la habitación.
La miré a través del espejo.
—Yo tampoco.
—¿Estás nerviosa?
—Muchísimo.
—¿Más que cuando te propusieron matrimonio?
—No. En ese momento no podía ni hablar.
Patricia se acercó y se colocó a mi lado. Durante unos segundos nos quedamos mirándonos en el espejo.
—Estamos muy guapas —dijo.
—Eso es porque todavía no hemos llorado.
—Yo no voy a llorar.
—Patricia, llevas llorando desde que te pusieron el vestido.
—Es alergia.
—¿A qué?
—A la felicidad.
Me reí, pero la risa se me quedó atrapada en la garganta. Hoy me casaría con Lorenzo. Después de todo lo que habíamos vivido, después de los secretos, del miedo y de Guillermo, finalmente íbamos a caminar hacia el altar.
Me toqué el abdomen por encima del vestido. La cicatriz seguía allí. No había desaparecido para el día de mi boda, como a veces imaginaba cuando era adolescente. Seguía formando parte de mí.
Y ya no quería esconderla. Además, llevaba varios días guardando un secreto que todavía no me atrevía a contarle a nadie.
—¿Qué pasa? —preguntó Patricia.
—Nada. Solo estaba pensando que hace unos años no habría creído que llegaría a vivir algo así.
—¿Una boda?
—Una vida.
Patricia me tomó de la mano.
—La mereces.
—Tú también.
La puerta se abrió y apareció mi madre política, con los ojos brillantes y un pañuelo en la mano.
—Mis niñas, ha llegado el momento.
—¿Ya? —preguntó Patricia.
—Ya.
—¿Lorenzo está listo? —pregunté.
—Está intentando fingir que no está nervioso.
—Entonces sí está nervioso.
—Muchísimo —confirmó Beatrice—. Julián tampoco está mejor.
Patricia respiró profundamente.
—¿Y si me caigo?
—Te ayudaré a levantarte.
—¿Y si olvido mis votos?
—Te los recordaré.
—¿Y si lloro?
—Lloraremos juntas.
—¿Y si no puedo caminar?
—Te cargaré.
Patricia sonrió.
—Eso quiero verlo.
—No me obligues a demostrarlo.
Beatrice se acercó para acomodar un mechón de mi cabello.
—Sus familias están esperando en la iglesia.
—¿Y el pequeño Mateo? —preguntó Patricia.
—Está con Julián y Lorenzo. Al parecer, los tres han desaparecido hace unos minutos.
—¿Desaparecido? —repetí.
—No literalmente. Han ido a entretenerlo para que no nos vea antes de tiempo.
—Mateo solo tiene seis años. Puede vernos con el vestido.
—Díselo a los hombres. Llevan media hora intentando distraerlo.
Patricia y yo nos miramos.
—Eso no puede terminar bien —dijimos al mismo tiempo.
Lorenzo
Mateo estaba convencido de que debajo de la mesa había un monstruo.
—No hay ningún monstruo —le dije por tercera vez.
—Eso diría un monstruo.
Julián me miró con resignación.
—Te dije que era mejor dejarlo con su madre.
—Tu hermana nos pidió que lo entretuviéramos.
—Nos pidió que no lo dejáramos entrar a la habitación de las chicas. No que inventáramos una misión secreta.
—A mí me gusta la misión secreta —dijo Mateo.
El pequeño llevaba un traje azul oscuro y una pajarita torcida. Su cabello estaba peinado hacia un lado, aunque ya se le habían escapado varios mechones. Era el sobrino de Julián y también el encargado de llevar los anillos hasta el altar.
En teoría.
En la práctica, llevaba cinco minutos persiguiendo a una mariposa que había entrado por una ventana.
—Tenemos que volver a la entrada —dijo Julián—. La ceremonia empezará pronto.
—¿Ya puedo ver a la tía Patricia?
—Todavía no.
—¿Y a Aurora?
—Tampoco.
—¿Por qué?
—Porque es una tradición —respondí.
—¿Qué tradición?
—Que el novio no vea a la novia antes de la ceremonia.
Mateo frunció el ceño.
—Pero tú ya viste a Aurora esta mañana.
—No llevaba el vestido.
—¿Y si cierro los ojos?
Julián soltó una risa.
—No funciona así.
Mateo empezó a caminar por el pasillo de la casa. Nosotros lo seguimos. El lugar estaba lleno de invitados, flores y fotografías. Las ventanas dejaban entrar la luz gris del otoño y, afuera, las hojas cubrían el jardín.
Todo era exactamente como Aurora lo había imaginado.
La iglesia estaba a pocos minutos, pero el coche no saldría hasta que las novias estuvieran listas. Faltaban unas horas para que Aurora fuera mi esposa, aunque yo llevaba casi un año sintiendo que ya lo era.
—Quiero ir a la habitación de arriba —dijo Mateo.
—No —respondimos Julián y yo al mismo tiempo.
—¿Por qué?
—Porque no puedes entrar —dijo Julián.
—Entonces quiero entrar.
—Mateo, vamos a jugar afuera.
—Hace frío.
—Podemos jugar dentro.
—En la habitación de arriba.
—En otra habitación —respondí.
Mateo nos miró con desconfianza. Después salió corriendo por el pasillo.
—¡Mateo! —gritó Julián.