Antes de que el mundo se apague

La sangre que nos hizo

Iași, Rumanía — Otoño de 1938

Mara no habló más aquella noche.

Cumplió su promesa al día siguiente, cuando el sol todavía no había decidido del todo si iba a salir, y el interior de la casa estaba bañado por esa luz gris y suave de las mañanas que parecen contener la respiración.

Llamó a Sorina sin levantar la voz. Fue apenas un murmullo que se coló por la rendija de la puerta.

Sorina apareció en el umbral. Mara estaba sentada en el sofá viejo, el mismo que olía a lavanda y a años, y palmeó el cojín a su lado. No encendió ninguna lámpara. Afuera, el barrio seguía sumido en aquel silencio denso y antinatural de las calles vacías.

Sorina tomó asiento, cruzando las manos sobre su regazo. Durante unos segundos largos, lo único que se escuchó fue el tic-tac del reloj de la cocina.

Hasta que Mara respiró hondo, como quien se prepara para sumergirse en aguas muy profundas.

—Voy a contarte algo —empezó, con la voz un tono más grave de lo habitual—. Algo que mi madre me contó a mí, y que su madre le contó a ella. Una historia que hemos mantenido viva pasándola de boca en boca durante generaciones. Es la historia sobre de dónde venimos.

Mara bajó la mirada hacia sus propias manos y, por primera vez en diecisiete años, Sorina notó que a su madre le temblaban ligeramente los dedos.

—Tu bisabuela se llamaba Zümrüt.

Sorina frunció el ceño. Al escuchar la palabra, sintió un extraño zumbido en los oídos, una vibración repentina y cálida en el centro del pecho. Como si alguien acabara de tocar una campana muy antigua dentro de ella.

—¿Zümrüt?

—Significa *esmeralda* en la lengua de nuestros antepasados —Mara sonrió apenas, una sonrisa teñida de melancolía—. Su madre la llamó así porque, cuando nació, en medio de uno de los peores momentos que había vivido nuestra familia, ella fue lo único que brilló aquel día. Sus padres, Sorina... sus padres nacieron esclavos.

La palabra cayó entre ambas. Pesada. Helada.

—¿Esclavos? —Sorina sintió que el nudo en su garganta le cortaba la voz.

—Sí. Durante siglos, nuestra gente fue esclavizada en estas tierras. Fuimos propiedad de nobles, de monasterios y de ricos. Podían comprarnos, vendernos, arrancar a los niños de los brazos de sus madres y subastarlos. La ley lo permitía.

—¿Cuándo terminó?

—En 1856.

Mara hizo una pausa, entrelazando los dedos sobre su falda para ocultar el temblor.

—Pero una ley en un papel puede cambiar en un día; las personas no cambian tan rápido. Zümrüt nació libre, legalmente. Pero creció bajo la sombra de todo lo que sus padres habían sufrido. Sabía que la libertad de un papel no siempre llega al corazón de quienes han pasado generaciones creyendo que tienen derecho a escupirte. La esclavitud terminó, pero el desprecio, no.

Afuera, un pájaro cantó una sola nota y calló, asustado por su propio eco.

—Zümrüt era como tú —dijo Mara.

La frase pareció alterar la densidad del aire.

—Tenía tu mismo fuego. No sabía quedarse quieta cuando veía una injusticia. Preguntaba demasiado, discutía con los adultos, decía que algún día nuestra gente sería respetada, que alguien tendría que alzar la voz y obligar al mundo a mirarnos a los ojos. Soñaba con cambiarlo todo.

—¿Y lo consiguió? —preguntó Sorina, sintiendo una conexión arrolladora con esa mujer sin rostro.

Mara negó lentamente con la cabeza.

—No. Porque nació en un mundo que no le dio herramientas. Zümrüt no sabía leer ni escribir. Nunca pisó una escuela, nunca tuvo un libro entre las manos. Quería cambiar el mundo solo con su voz, pero a veces, hasta la voz más fuerte es silenciada cuando nadie quiere escuchar.

El pecho de Sorina se hundió. Sintió una frustración ajena, una impotencia aplastante que le amargó la saliva.

—Cuando Zümrüt tenía unos veinte años, todo cambió —continuó Mara, y la temperatura de la habitación pareció descender de golpe—. Una mañana, llegaron hombres armados al campamento. Se llevaron a su padre, a sus tíos, a sus primos mayores. Dijeron que necesitaban hacerles unas preguntas, que volverían pronto. Nunca volvieron. Aquella misma noche, su madre reunió a las mujeres, a los niños y a los ancianos, y ordenó recoger lo poco que tenían. Iban a huir hacia el norte.

Sorina pensó inmediatamente en las cajas esparcidas por la sala de su casa, en los ojos llorosos de Ileana. *La historia se repite*, pensó, aterrorizada.

—Estaban preparándose cuando llegaron los jinetes —la voz de Mara se aceleró, perdiendo su calma—. De noche. Con caballos, antorchas y sables. Todo fue gritos y el sonido atronador de los cascos pisoteando la tierra. La madre de Zümrüt gritó que corrieran hacia el bosque. Y Zümrüt corrió. Pero en el caos, en la oscuridad absoluta, perdió de vista a su familia.

—¿La atraparon?

—No. Siguió corriendo, a ciegas. Aterrorizada. Y entonces... resbaló.

Sorina dejó de respirar.

De pronto, un olor penetrante a pino mojado y barro helado le invadió las fosas nasales. El sonido del reloj de la cocina desapareció, reemplazado por un galope ensordecedor que parecía retumbar dentro de su propia cabeza. *¡Mamá!*, quiso gritar una voz en su mente, una voz que sonaba como la suya, pero más adulta.

—Cayó rodando por el barranco de la montaña —dijo Mara, casi en un susurro—. Sobrevivió, pero se rompió una costilla y quedó inconsciente.

Una punzada aguda, brutal y eléctrica atravesó el costado derecho de Sorina.

El dolor fue tan real que soltó un jadeo y se encogió en el sofá, llevándose instintivamente una mano a las costillas, clavándose los dedos a través de la blusa. La visión la arrastró: oscuridad absoluta, el sabor a sangre y tierra en la boca, y un dolor punzante en el pecho con cada respiración.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.