Iași, Rumanía — Invierno de 1938
Esa mañana, Sorina tomó una decisión.
Una decisión firme, táctica, completamente razonable, que llevaba dos días construyendo en su cabeza con la misma dedicación arquitectónica con la que resolvía sus ecuaciones más difíciles.
La decisión era la siguiente: Lucian Varga no existía.
Así de simple. Así de estrictamente necesario para su supervivencia.
Porque había llegado un punto de quiebre. Ese punto se había cruzado cuando él, apenas unos días después de la vulnerabilidad compartida en la biblioteca, había vuelto a pasar por su lado en los pasillos de la escuela con la mirada al frente, convertido en una estatua de hielo aristocrática, como si ella fuera parte de la mampostería del muro. Una actitud diseñada, claramente, para protegerse a sí mismo tras la humillación con su padre.
Pero Sorina Moldovan, a sus diecisiete años, con la sangre fiera de su familia corriéndole por las venas, había decidido que su cordura valía muchísimo más que cualquier par de ojos color tormenta en el mundo. Él había elegido la cobardía y la distancia. Ella elegiría la invisibilidad.
Lucian Varga no existe.
Lo susurró tres veces frente al espejo agrietado de su cuarto mientras se cepillaba el cabello con rabia.
Lo repitió una vez más durante el desayuno, mientras su madre atendía al abuelo Toma en la habitación contigua.
Y se lo impuso como una ley marcial mientras cruzaba las puertas del colegio con los cuadernos apretados contra el pecho, blindando su rostro con una indiferencia letal.
No existe.
Entró al aula.
Se sentó en su pupitre pegado a la ventana.
Sacó sus plumas y alineó los bordes de sus apuntes con precisión matemática.
Y no levantó la barbilla ni un solo milímetro cuando el inconfundible sonido de unas suelas de cuero resonó en el pasillo y el peso del aire en el salón cambió de golpe.
Lucian entró.
Sorina miró fijamente la tinta seca de su cuaderno.
Él dejó su maletín sobre la mesa con un golpe sordo. Se giró hacia la pizarra verde y empezó a desglosar la lección.
Sorina copió cada variable, cada número y cada letra con una concentración tan perfecta y furiosa que resultaba completamente artificial. No parpadeó. No desvió los ojos.
Esto funciona*, pensó, sintiendo un pequeño latigazo de triunfo en el pecho. *Esto está funcionando perfectamente.
A su lado, Elena la miraba de reojo. Su amiga tenía esa expresión escandalizada y analítica de quien sabe exactamente lo que está pasando, pero que estaba realizando un esfuerzo heroico por mantener la boca cerrada.
Sorina le lanzó una mirada fulminante de reojo que decía sin palabras: *«Ni se te ocurra»*.
Elena levantó las cejas en señal de rendición y bajó la vista a sus hojas.
Durante los primeros veinte minutos, el plan fue un éxito absoluto.
Lucian explicaba. Sorina copiaba. El mundo seguía girando. Nadie se desangraba.
Fácil*, pensó Sorina. *¿Por qué no lo había hecho antes?
Y entonces, Lucian se detuvo en mitad de una explicación.
La tiza dejó de golpear la pizarra.
El profesor sustituto se giró hacia el salón y sus ojos grises volaron directamente, saltándose las cinco filas de alumnos, sin una sola pausa, hasta clavarse como dardos en el pupitre junto a la ventana.
—Moldovan.
La voz sonó grave. Demasiado grave para un simple llamado de lista.
Sorina levantó los ojos del papel con la expresión más inerte y fría que logró esculpir en su rostro en fracción de segundos.
—¿Sí?
—El desarrollo logarítmico de ayer. ¿Lo tiene resuelto? —preguntó Lucian, con los ojos entrecerrados.
—Sí.
—A la pizarra.
Sorina respiró hondo por la nariz.
Ayer, en el pasillo, me ignoró como si yo fuera una mancha de humedad*, pensó mientras apartaba la silla y se ponía de pie, *y hoy me exige que desfile frente a él.
Caminó hacia el frente del aula. Sentía la mirada de Lucian quemándole la espalda, el cuello, el cabello suelto. Una mirada pesada, eléctrica, que desmentía por completo el tono profesional que acababa de usar.
Tomó la tiza que él le extendió sin rozarle los dedos. Resolvió el problema matemático. Lo hizo con una precisión aplastante, porque Sorina podía estar furiosa, confundida y al borde del colapso nervioso, pero seguiría siendo brillante.
Dejó la tiza en la ranura. Se sacudió el polvo blanco de las manos y se giró.
Lucian estaba apoyado en el borde de su escritorio, a menos de un metro. Estudiaba los números en la pizarra verde, pero la tensión en el hueso de su mandíbula delataba que no estaba pensando en logaritmos.
—Correcto —dictaminó él, con voz neutra.
Y volvió a girarse hacia sus notas. Como si acabara de llamarla a la pizarra sin ninguna razón oculta y el asunto estuviera zanjado.
Sorina regresó a su pupitre con el pulso latiéndole en la sien.
Se sentó. Abrió su cuaderno, empapó la pluma en el tintero y, en el margen izquierdo de la hoja, con una caligrafía minúscula para que nadie la viera, escribió una sola palabra apretando el metal contra el papel:
Insufrible.
Pero eso fue solo el principio de su calvario.
Porque Lucian Varga, como si esa mañana hubiera decidido que su única misión en el plano terrenal era asegurarse de que ignorarlo fuera una tarea tortuosa, pasó el resto de la hora haciendo estallar los nervios de Sorina sin cruzar la línea de lo sancionable.
La llamó a la pizarra dos veces más.
Dos veces más en la misma clase. Algo que no había hecho con ningún estudiante, jamás, en todo su tiempo como profesor suplente. Y las dos veces, cuando ella terminaba de escribir y se giraba, la miró. Fue una mirada que duraba exactamente un segundo de más para ser considerada académica, y un segundo de menos para que ella pudiera acusarlo de nada. Era la mirada de un chico obsesionado, que usaba el escudo del escritorio para devorarla con los ojos.