Antes de que el mundo se apague

El universo tiene un pésimo sentido del humor

Iași, Rumanía — Invierno de 1938

Esa mañana, Sorina caminó hacia el colegio mucho más despacio de lo habitual.

No lo hizo porque se hubiera olvidado de su guerra. La guerra seguía completamente activa, con las trincheras cavadas, y tenía pensado llegar tarde por quinta vez consecutiva porque la consistencia era vital en cualquier estrategia que se respetara.

Lo hizo por otra cosa.

Una cosa diminuta, punzante e incómoda que llevaba dos días instalada en algún rincón del pecho que no quería examinar demasiado de cerca. Porque sabía que, cada vez que lo intentaba, la respuesta que encontraba decía cosas sobre sí misma que detestaba admitir.

El profesor Aldea podía volver cualquier día.

Ese era un hecho innegable. Un mes era un mes, y el plazo del sustituto estaba agonizando. Cualquier mañana de estas, Sorina empujaría la pesada puerta de roble y encontraría al viejo profesor Aldea de vuelta en su silla, con sus anteojos resbalándole por la nariz y su insoportable manera de soltar los exámenes sobre los pupitres de los gitanos como si fueran basura. Y eso significaba, matemáticamente, que Lucian Varga dejaría de tener excusas para poner un pie en ese salón. Y en su vida.

Bien*, se dijo Sorina, pisando la nieve sucia de la acera con fuerza. *Eso es exactamente lo que quieres. Se lo dijiste en la cara.

Siguió caminando.

*Es lo que quieres*, repitió, esta vez con un poco menos de convicción, mientras el viento cortante del invierno rumano le helaba la nariz y le revolvía el cabello suelto.

Pensó en la biblioteca. En la madera de la mesa. En ese "mañana" susurrado en voz baja. En cómo el gris hielo de sus ojos se derretía cuando bajaba la guardia. En la insoportable y adictiva tensión que estallaba cada vez que respiraban el mismo aire.

Pensó que, cuando el profesor Aldea volviera, todas esas cosas se quedarían así. Sin terminar. Sin nombre. Suspendidas para siempre en un limbo sin ningún lugar adonde ir.

*Para*, se ordenó, apretando los dientes.

Aceleró el paso, dejando que el frío apagara el calor traicionero de sus mejillas.

Vas a llegar tarde. Concéntrate en llegar tarde.

Llegó tarde.

Quince minutos, para ser exactos.

Abrió la puerta del salón con su calculada expresión de inocencia absoluta, la bolsa de cuero colgando del hombro y las mejillas arreboladas por el frío, y pronunció hacia la pizarra:

—Perdón por el retraso.

Y, cumpliendo su propio protocolo, echó a andar directo hacia su exilio voluntario en la penumbra del fondo del aula, sin mirar al frente.

Lucian no la interrumpió. No dijo nada.

Sorina se sentó, sacó sus cuadernos con ademanes mecánicos y los abrió en la página correcta.

Y entonces, al alzar la vista, lo notó.

El ambiente en el salón estaba raro.

No raro de manera escandalosa. Raro de esa forma en que la presión atmosférica cambia justo antes de que se desate una tormenta; cuando hay algo que todavía no se ha dicho, pero que todo el mundo sabe que es inminente. Varios estudiantes se miraban de reojo con esa expresión cómplice de quien comparte una información que el recién llegado todavía ignora.

Desde la segunda fila, Elena se giró. La miraba con los ojos redondos como platos y una expresión que Sorina no supo descifrar de inmediato. Era una mezcla de espanto, asombro y pura histeria contenida.

*¿Qué pasa?*, articuló Sorina con los labios, frunciendo el ceño.

Elena abrió la boca, no emitió sonido, la cerró y señaló discretamente hacia la tarima del profesor con un movimiento rápido de cabeza.

Sorina dirigió la mirada hacia el frente del salón.

Lucian estaba de pie junto a su escritorio. Tenía la misma postura erguida, inquebrantable y dominante de siempre, pero había algo fundamentalmente distinto en su apariencia.

Debajo de la intensa tormenta de sus ojos grises había unas sombras violáceas innegables. Marcas de un agotamiento feroz. El nudo de su corbata oscura no estaba milimétricamente ajustado como de costumbre, sino un poco suelto, como si le hubiera faltado el aire horas atrás. Su mandíbula estaba tan trabada que parecía a punto de fracturarse.

Parecía un hombre que no había dormido un solo segundo. Un muchacho que había pasado la noche entera, y la madrugada, librando una guerra a puerta cerrada contra su padre o contra la junta del colegio, estrellándose contra el mundo solo para conseguir algo.

Sus ojos inmensos y cansados atravesaron las cabezas de los demás alumnos y encontraron los de Sorina durante un segundo abrasador.

Luego, rompió el contacto visual y se dirigió al salón en general.

—Tengo una información académica que comunicarles —dijo Lucian. Su voz, grave y autoritaria, llenó el silencio del espacio sin esfuerzo—. El profesor titular, el señor Aldea, tiene asuntos personales que resolver que le tomarán muchísimo más tiempo del previsto.

Hizo una pausa táctica.

—Por lo tanto, la dirección ha decidido que seré yo quien ocupe su lugar... por tiempo indefinido.

El silencio absoluto se apoderó de la sala.

Varios estudiantes reaccionaron en susurros. Algunos con alivio evidente, porque Lucian era un genio explicando, aunque les aterrorizara; otros con genuina sorpresa. Elena ocultó rápidamente una sonrisa de oreja a oreja detrás de su libro de álgebra.

Pero Sorina no reaccionó.

No de inmediato.

Se quedó completamente paralizada en su escritorio del rincón. Tenía la pluma suspendida a milímetros del papel y la mirada clavada en Lucian. Su rostro era una máscara neutra, porque por dentro estaban estallando demasiadas cosas al mismo tiempo y ninguna lograba llegar a la superficie de manera ordenada.

Tiempo indefinido.

Esas dos palabras cayeron como yunques en el centro de su cerebro.




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