Antes de que el mundo se apague

El desprecio. La paraisis de lucian. Un dolor nuevo

Iași, Rumanía — Otoño de 1938

Había días en que el mundo te recordaba tu lugar.

No lo hacía con sutileza. No usaba la delicadeza. Lo hacía de esa manera frontal, brutal y desprovista de disculpas que tienen ciertas personas; aquellos que han vivido tanto tiempo creyendo que la tierra bajo sus pies les pertenece, que ya ni siquiera registran el daño que causan al respirar.

Ese martes, Sorina lo aprendió de una manera que se le quedaría tatuada en los huesos.

Salía del colegio. Era tarde, mucho más de lo habitual. Se había quedado en el aula repasando unos apuntes mientras Elena le contaba un drama interminable sobre su vecina. Sorina la había escuchado con medio oído, mientras la otra mitad de su atención estaba puesta en los ecos del pasillo, atenta al crujido de las suelas de cuero. Era un hábito nuevo, vergonzoso e irritante que había desarrollado esa semana: notar cada vez que alguien se acercaba, albergando la estúpida esperanza de que los pasos pertenecieran a una chaqueta de paño oscuro.

Pero no la tenían. Lucian ya debía haberse ido.

Salió finalmente hacia el pórtico principal del edificio, con la pesada bolsa de cuero colgada al hombro. El viento helado de noviembre la recibió de golpe, alborotándole el cabello suelto. Estaba repasando mentalmente la lista de compras que debía hacer para el abuelo Toma en el mercado, cuando ocurrió.

Casi choca de frente con él en lo alto de la escalinata.

Era un hombre alto. De esos que llenan el espacio no solo con el volumen de su cuerpo, sino con un aura de autoridad absoluta, forjada tras décadas de dar órdenes que jamás eran cuestionadas. Llevaba un abrigo de lana fina, cortado a medida, que olía ligeramente a colonia cara, tabaco y a ese inconfundible aroma metálico del yodo de los hospitales. Tenía el cabello oscuro, salpicado por gruesos hilos de plata en las sienes, y una postura rígida, implacable.

Sorina no necesitó preguntar su nombre. Lo supo de inmediato, porque la estructura de sus pómulos y la tormenta gris de sus ojos eran un reflejo exacto y envejecido de los del profesor sustituto.

El Doctor Varga.

Llevaba una carpeta de cuero bajo el brazo y venía saliendo de las oficinas de la dirección, con la expresión de alguien que tiene poco tiempo y menos paciencia para desperdiciarlo.

Sus ojos gélidos cayeron sobre Sorina.

Y la temperatura del aire descendió bajo cero.

No fue una mirada casual. No fue uno de esos vistazos que admiten distintas interpretaciones. Fue un escrutinio quirúrgico y despectivo. Los ojos del hombre recorrieron la piel pálida de Sorina, bajaron por su blusa sencilla, pasaron por las coloridas faldas gitanas que el viento agitaba, y se detuvieron en la cascada de pulseras metálicas de sus muñecas. La catalogó, la procesó y la condenó en menos de dos segundos.

—Apártate —ordenó el hombre.

Hizo una brevísima pausa. Sus labios se curvaron hacia abajo, en un gesto de repulsión tan sincero que cortaba la respiración. Luego añadió, con un tono de voz perfectamente normal, sin el menor esfuerzo por bajarlo:

—Asco.

Una sola palabra.

Pronunciada con la misma naturalidad con la que uno constata que está lloviendo. Sin rabia, sin alterarse, sin drama. Simplemente asco. Como si no tuviera a un ser humano delante, sino a una rata muerta en la alfombra de su casa que no merecía más consideración que la urgencia de ser barrida.

Sorina se apartó.

Lo hizo de manera automática, dando un paso torpe hacia atrás antes de que su mente consciente pudiera decidir si quería hacerlo o no.

Y eso, por encima del insulto, fue lo que más la destrozó por dentro. Que su cuerpo lo hizo solo. Por puro reflejo. Como si llevara siglos genéticamente entrenado para hacerse pequeña, para encogerse de hombros y ceder el paso cuando un hombre como aquel la miraba.

El Doctor Varga pasó por su lado sin rozarla, bajando el primer escalón.

Sorina se quedó paralizada en la entrada, con el viento helado golpeándole las mejillas enrojecidas y un bloque de plomo hundiéndole el pecho.

Fue entonces cuando lo vio.

Lucian estaba parado en el umbral de las pesadas puertas dobles del colegio.

Venía saliendo justo en ese instante. Se había quedado petrificado a dos metros de distancia, sosteniendo su maletín de cuero, habiendo presenciado y escuchado la escena completa. Sus ojos de tormenta chocaron con los de Sorina durante una fracción de segundo, llenos de un pánico sordo.

El Doctor Varga se detuvo en el escalón inferior y giró lentamente sobre sus talones. Miró a su hijo.

Lo hizo con esa pesadez que tienen los padres que no necesitan gritar para aplastar.

—¿Esta es la cloaca donde decidiste venir a jugar al maestro? —preguntó el hombre, con una calma que hería más que un latigazo—. ¿Con esta gente?

Lucian no respondió. La mandíbula se le trabó. Toda la fiereza, todo el poder aplastante que había utilizado ayer para humillar y exiliar a Emil dentro del aula, se esfumó en el aire, devorado por la sombra de su padre.

—Ensucias el apellido Varga —continuó el médico, ajustando la carpeta bajo su brazo—. No tienes absolutamente ninguna necesidad de estar aquí, perdiendo el tiempo de tus estudios de medicina, rodeado de gente sucia como esa.

Hizo un gesto con la barbilla hacia Sorina. No la miró. Era parte de la suciedad del paisaje. Como si ella fuera sorda. Como si no estuviera a un par de metros escuchando cada sílaba envenenada.

—Tienes un futuro que cumplir, Lucian. Una posición en la alta sociedad. Un imperio médico que heredar y proteger. Y te encuentro aquí, mezclándote con—

—Padre —interrumpió Lucian. Su voz salió bajísima, ronca, casi suplicante.

—No me interrumpas.

El silencio cayó sobre la escalinata, pesado como una losa.




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