Antes de que el mundo se apague

El sueño, las cenizas y dos personas insoportables

Iași, Rumanía — Otoño de 1938

Aquella noche, Sorina soñó que corría.

No sabía de qué huía, solo que si se detenía, moriría. Corría a ciegas entre árboles negros, por una pendiente afilada cubierta de barro helado y hojas podridas. El viento le cortaba la garganta como cuchillas invisibles y cada bocanada de aire le rasgaba los pulmones. No llevaba zapatos. Sentía las piedras perforándole las plantas de los pies; una rama le desgarró la piel del brazo, pero no se atrevió a frenar.

El terror galopaba detrás de ella. No podía verlo, pero sentía su aliento en la nuca, metálico y asesino.

Sorina miró por encima del hombro. Nada. Solo un bosque devorado por la oscuridad y una niebla baja y pálida que reptaba entre las raíces como serpientes de humo.

De pronto, escuchó la voz. Una voz de mujer, desgarrada por el pánico, gritando desde alguna parte más arriba en la montaña.

—¡Corre!

Sorina quiso responder, quiso gritar *«¿dónde estás?»*, pero la garganta no le dio más que un sonido ahogado.

—¡No te detengas!

Conocía esa voz. Sentía que llevaba esa voz grabada en el tuétano de los huesos, aunque no supiera a quién pertenecía. Siguió avanzando a trompicones, llevándose una mano a las costillas porque el dolor empezaba a ser insoportable. Tenía que llegar. Tenía que encontrarla.

—¡Mamá! —El grito le estalló finalmente en la garganta.

Despertó.

Sorina se incorporó de golpe en su cama, como si la hubieran arrancado del agua. Tenía el corazón desbocado, golpeándole las costillas como un pájaro atrapado. La camisa de dormir se le pegaba a la espalda empapada en sudor frío, y la respiración le salía en jadeos cortos.

Durante unos segundos de terror puro, no supo dónde estaba. Sus ojos buscaron anclajes en la oscuridad: la ventana, el pequeño espejo agrietado de la pared, la silueta de su armario. Su habitación. Iași.

Se llevó una mano trémula al pecho. Le dolía. Pero no era un dolor de impacto; era una presión profunda, ancestral, como si llevara un fantasma atrapado bajo el esternón. Al tocarse la cara, se dio cuenta de que estaba cubierta de lágrimas.

—¿Qué demonios...? —susurró, frotándose las mejillas con fiereza.

Miró por la ventana hacia el barrio silencioso. Intentó buscarle lógica al pánico. Había sido la historia. Sí, claro. Su madre acababa de relatarle el calvario de Zümrüt, de su huida por las montañas, y su cerebro había tejido una pesadilla con los hilos de aquel trauma familiar. Solo era eso.

Pero antes de volver a recostarse, una certeza minúscula, silenciosa y aterradora le heló la sangre: el olor de aquel bosque en el sueño... ella ya lo había olido antes. Aquellas piedras bajo sus pies desnudos, ella ya las había pisado.

No volvió a pegar ojo en toda la noche.

* * *

Durante los días siguientes, Sorina se obligó a observar aquello frente a lo que antes cerraba los ojos.

Las noches de su comunidad estaban muriendo.

No había sido una ejecución rápida; eso habría levantado protestas. Las habían estrangulado lentamente. Primero, algunas familias dejaron de encender las fogatas en los cruces de las calles. Después, los hombres dejaron de sacar los violines tras la cena. Las puertas de madera, antes abiertas de par en par hasta la madrugada, comenzaron a trancarse al atardecer, ahogando la luz en el interior de las casas.

En el pasado, Sorina habría agradecido ese silencio. Hubo madrugadas en las que, queriendo estudiar, había odiado las risas escandalosas, los cantos a pleno pulmón y las palmas que hacían temblar las ventanas. Había deseado una vida "normal", silenciosa y pulcra como la que imaginaba al otro lado de la ciudad.

Sin embargo, al caminar ahora por las calles desiertas en el crepúsculo, el silencio le resultaba asfixiante.

Extrañaba el estrépito. El caos de las mujeres cocinando calderos de estofado juntas, el ruido de los niños esquivando los caballos, las historias ridículas que contaban los viejos.

Se detuvo frente a uno de los claros de tierra donde solían reunirse. Solo quedaba un montículo de ceniza y trozos de leña carbonizada, fríos y muertos. Sorina los miró, con la brisa helada removiéndole el cabello. Recordó a su padre vivo, riendo con un violín bajo la barbilla. Y entonces, comprendió su propia hipocresía. Quizás nunca había odiado las fogatas. Había odiado sentirse vulnerable al exhibirlas frente al mundo.

Se sentó en una piedra lisa junto a las cenizas y suspiró al cielo de noviembre.

—¿Dónde se fueron todos? —preguntó al aire.

A lo lejos, como única respuesta, se escuchó el chirrido de un cerrojo pasando llave.

El vacío que sintió en el pecho le confirmó su nueva verdad. Aquellas fogatas nunca habían sido solo madera ardiendo; eran trincheras. Un lugar donde nadie te juzgaba por el sonido de tus pulseras. Donde un vecino sin comida encontraba siempre diez manos extendiéndole un plato caliente. Era su herencia.

Y Sorina no estaba dispuesta a dejar que el mundo la apagara.

* * *

A la mañana siguiente, Lucian Varga logró sacarla de sus casillas antes de que terminara la primera hora de clase.

Lo cual, considerando que era un simple profesor sustituto de veintitrés años, demostraba un talento para la irritación digno de estudio.

—Señorita Moldovan —la voz grave y precisa de Lucian cortó el sonido de las plumas rascando el papel.

Sorina levantó la cabeza, adoptando su mejor cara de neutralidad.

—¿Sí?

Lucian bajó el examen que estaba corrigiendo.

—Su respuesta en este ejercicio es correcta.

Ella parpadeó, incrédula.

—Gracias.

—Pero su método es un desastre —añadió él con una frialdad quirúrgica.




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