Antes de que el mundo se apague

Solo una alumna

Iași, Rumanía — Invierno de 1938

Fue un miércoles.

Sorina recordaría el día exacto de la semana mucho tiempo después, porque los miércoles siempre habían sido el ecuador aburrido y predecible de su vida. Días sin drama, de mercado tranquilo, de rutinas escolares y del olor al estofado de su madre recibiéndola al abrir la puerta de madera de su casa.

Pero después de aquel miércoles, Sorina Moldovan nunca volvió a pensar en ese día de la semana de la misma manera.

La hora de matemáticas había terminado como todas las clases de esa semana: con Sorina guardando sus cuadernos en el último pupitre de la penumbra, usando movimientos mecánicos y letales, y Lucian de pie al frente, borrando violentamente la pizarra sin atreverse a mirar hacia su rincón.

O fingiendo no mirar. Que con Lucian Varga, nunca se sabía realmente qué demonios estaba ocurriendo debajo de su coraza.

Sorina salió al pasillo en silencio, se mezcló con la multitud de estudiantes y abandonó el edificio. Se subió el cuello del abrigo gastado para protegerse del viento gélido de la tarde, se acomodó la bolsa de cuero al hombro y empezó a caminar hacia su barrio con ese paso firme de quien tiene un centenar de preocupaciones encima.

Llevaba apenas media cuadra de ventaja cuando los escuchó.

Eran unos pasos decididos a sus espaldas. Los reconoció mucho antes de girarse porque llevaba un mes entero entrenando sus oídos contra su propia voluntad para identificarlos. Era ese ritmo rudo, arrogante e inconfundible de alguien que camina creyendo que el empedrado entero le pertenece.

Sorina no se giró.

Apretó el paso.

Las suelas de cuero a su espalda aceleraron también.

*Otra vez*, pensó Sorina, sintiendo una mezcla traicionera de hartazgo y de ese fuego peligroso que solo él lograba encenderle.

—Moldovan.

Siguió caminando, pisando la nieve sucia.

—Sorina.

Frenó en seco. Sus faldas oscilaron alrededor de sus tobillos.

Se dio la vuelta despacio, componiendo en su rostro la expresión de paciencia más aburrida e infinita que pudo encontrar, aunque su corazón latiera como el galope de un caballo asustado.

Lucian estaba a menos de dos pasos de distancia. Llevaba su impecable abrigo oscuro desabrochado, el maletín apretado en una mano, y una expresión que Sorina no reconoció de inmediato.

No era la superioridad del profesor. No era la ira fría con la que se habían enfrentado en días anteriores.

Era incomodidad pura y dura.

El intocable Lucian Varga estaba físicamente incómodo.

Lo cual significaba una sola cosa: lo que estaba a punto de decirle no lo había filtrado por su riguroso escudo de control mental. Se había dejado llevar por el impulso.

—¿Qué pasa? —preguntó Sorina, alzando la barbilla.

—La asignación de mañana —empezó él, carraspeando sutilmente, la voz un poco más ronca de lo normal—. El ejercicio trigonométrico del final del capítulo. ¿Ya lo revisaste?

Sorina se quedó mirándolo.

Lo miró a los ojos, deteniéndose en el gris tormentoso de sus pupilas dilatadas y en el ligerísimo vaho blanco que salía de su boca por el frío. Pensó que si Lucian creía que ella se iba a tragar que había corrido media cuadra tras ella, llamándola por su nombre de pila en medio de la calle, solo para preguntarle por un ejercicio de matemáticas, entonces ambos tenían conceptos muy, muy diferentes sobre lo que significaba la inteligencia.

—Sí —respondió ella, tajante.

—¿Y?

—Y está resuelto, profesor. Sin un solo error.

Silencio.

Lucian desvió la vista hacia un punto por encima del hombro de ella, tensando el músculo de la mandíbula hasta hacerlo dolorosamente visible, y luego volvió a atraparla con la mirada.

—Te vi hablando con Jonas hoy, durante el receso del mediodía —dijo, con esa voz baja y peligrosamente plana que no expresaba nada, y al mismo tiempo lo gritaba todo.

Sorina arqueó una ceja, incrédula. —¿Y?

—Nada. Solo lo noté.

—Lo notaste —repitió ella despacio, arrastrando las sílabas.

—Sí.

—¿Por alguna razón médica en particular, o simple vocación de espía?

Los ojos de Lucian relampaguearon con una hostilidad mal disimulada.

—Es un alumno que se distrae demasiado en mis clases. Me preguntaba si esa falta de concentración... se estaba alimentando fuera del aula.

Sorina lo miró durante un segundo completo de estupefacción. Y entonces, incapaz de evitarlo, sonrió. No una sonrisa complaciente, sino una sonrisa afilada, ladina y absolutamente consciente del poder que acababa de descubrir.

*Lucian Varga estaba ahogado en celos*.

Estaba muerto de celos por una simple conversación de pasillo.

—Jonas es un compañero de colegio, Lucian —dijo Sorina, dando un minúsculo paso hacia él—. Me paró porque se le rompió la correa del reloj y quería saber la hora.

—Ah.

—Sí. Ah.

El aire entre ellos se volvió denso. Eléctrico. La tensión acumulada de semanas de silencios compartidos, miradas furiosas y dedos a punto de rozarse amenazaba con reventar ahí mismo, en medio del invierno de Iași. Sorina entreabrió los labios. Estaba a punto de soltarle otra frase venenosa y decirle lo insoportable que era lidiar con su ego herido, cuando una voz proveniente de sus espaldas cambió la temperatura de la ciudad entera.

—¡Lucian! ¡Sabía que te encontraría en esta calle!

Era la voz de una chica.

Pero no cualquier voz. Era un timbre agudo, melódico y saturado de esa confianza absoluta que solo poseen las personas que jamás han recibido un "no" por respuesta.




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