Antes de que el mundo se apague

El techo que todo lo escucha

Iași, Rumanía — Otoño de 1938

Llegó a casa cuando el sol ya se había rendido y la ciudad entera parecía haber contenido el aliento.

Se quitó los zapatos en la entrada, sin encender ninguna lámpara. Caminó de memoria por el pasillo que conocía desde siempre, rozando la pared de yeso con las yemas de los dedos, como hacía de niña cuando se levantaba a medianoche asustada por alguna pesadilla, y llegó a su cuarto sin hacer el más mínimo ruido.

Se sentó en el borde de la cama.

Se quedó allí, congelada en el tiempo, con los zapatos sucios en una mano y la correa de la bolsa todavía clavada en el hombro. Tenía la mirada vacía, perdida en las vetas de la madera del suelo, con la expresión rota de quien ha cargado con demasiadas tragedias en un solo día y ya no sabe cómo soltar el peso para poder respirar.

Soltó los zapatos. El golpe sordo contra el suelo resonó en la habitación.

Luego, la bolsa.

Y finalmente se dejó caer ella misma, desplomándose de espaldas sobre el colchón con los brazos abiertos y los ojos fijos en el techo sombrío. Como si el techo fuera lo único en el mundo entero que no le exigía respuestas, que no la odiaba, y que no estaba a punto de desaparecer.

El abuelo Toma estaba bien.

Eso era lo primero. Era lo único que debía importar. Se veía más pequeño de lo habitual, pero estaba bien. Sin embargo, Sorina no podía borrar la imagen de su abuelo, horas antes, con la cabeza envuelta en gasas y luciendo desorientado. El médico del mercado, un hombre de caridad, lo había revisado a medias y había dicho que solo necesitaba dormir y reposo por dos semanas. Pero Sorina sabía que los golpes en la cabeza eran traicioneros.

El recuerdo de la discusión en casa aún le martilleaba las sienes.

Cuando Sorina llegó con Andrei y anunció que iban a trasladar a Toma al hospital privado del centro para que lo viera un especialista de verdad, Mara se había opuesto rotundamente.

—¿Estás loca? ¡Ahí no atienden a los nuestros! —le había gritado su madre, aterrada, aferrándose al viejo—. ¡Nos escupirán en la puerta!

—No me importa lo que hagan —había replicado Sorina, fiera, apretando la hoja doblada en su puño—. Tengo el pase. El nombre que está aquí escrito vale más que sus prejuicios, mamá. La salud del abuelo es más importante que el orgullo.

El viaje hasta el hospital elitista había sido una pesadilla. Al entrar por las inmensas puertas dobles de cristal, el olor penetrante a éter, yodo y dinero los había golpeado. Sorina y Andrei sostenían a Toma de los brazos. Y tal como Mara había advertido, la enfermera jefe de la recepción les había cortado el paso con profundo desdén.

—El dispensario de caridad está al otro lado del río —había ordenado la mujer, con voz gélida, tapándose la nariz por instinto—. Esto es una clínica privada. Salgan por donde entraron.

Con las manos temblando de rabia e impotencia, Sorina había dado un paso al frente y había puesto la hoja doblada de Lucian sobre el inmaculado mostrador de mármol.

La enfermera abrió la nota con desgana. Pero al reconocer la firma de Lucian y el sello en relieve, palideció como si hubiera visto un fantasma. Llamó de inmediato a un médico joven de guardia. El hombre leyó el papel y miró a los gitanos como si fueran una anomalía incomprensible y peligrosa.

—Es el hijo del Doctor Varga. Nadie desobedece esa firma —había siseado el médico, ordenando de inmediato a unos camilleros que llevaran a Toma para los chequeos neurológicos completos.

Pero mientras el abuelo era atendido en una habitación impecable, el médico había acorralado a Sorina en el pasillo, bajando la voz.

—No sé cómo conseguiste esto, muchacha. Pero escúchame bien: si el Doctor Varga padre, el dueño de este hospital, llega a enterarse de que estamos desperdiciando el tiempo de sus especialistas en un gitano del mercado por culpa de un capricho de su hijo, nos despedirá a todos y el joven Lucian pagará consecuencias severas. Apenas termine el chequeo, se lo llevan. Desaparezcan rápido.

El corazón de Sorina dio un vuelco en la oscuridad de su cuarto al recordarlo.

Lucian había usado el inmenso y aterrador poder de su familia. Y al hacerlo, se había puesto directamente en la mira de un padre que, según todo Iași sabía, tenía un corazón de granito puro. Se había arriesgado por ella. Sin palabras dulces. Sin una disculpa de rodillas.

Y luego estaba Ileana.

Con el abuelo había habido miedo, sí, pero también certeza. Sorina lo había visto respirar. Con Ileana no había nada de eso. Solo un silencio espeso sin forma ni fondo.

¿Habrían llegado bien? ¿Estaría su amiga durmiendo en algún lugar con calefacción esta noche? ¿O estaría temblando de frío en la caja de una carreta, llorando mirando un techo desconocido?

Te voy a extrañar*, pensó Sorina, sintiendo un desgarro en la garganta. *Siempre vas a ser mi mejor amiga, Ileana. Aunque el mundo nos arranque la vida. Te lo prometo.

Una única lágrima caliente se escapó por el rabillo del ojo, perdiéndose en la almohada.

Sorina no la limpió.

La puerta de su cuarto crujió levemente. Su madre entró sin golpear, con esa capacidad suya de moverse por los espacios como un espectro que no necesitaba anunciarse.

Se sentó en el borde de la cama, hundiendo ligeramente el colchón. Estuvo un momento en absoluto silencio, observando a su hija mirar el techo.

—¿Comiste algo? —preguntó la mujer en voz baja.

—No tengo hambre, mamá.

—Eso no es lo que te pregunté.

Sorina soltó un suspiro trémulo. —No.

Mara asintió lentamente en la penumbra. No insistió con la comida. En cambio, se quedó allí sentada, con las manos apoyadas en el regazo. Su sola presencia irradiaba ese calor de fuego de invierno, un refugio que no necesitaba palabras para reconfortar.




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