Iași, Rumanía — Otoño de 1938
La clase llevaba veinte minutos sumida en un silencio sepulcral cuando unos nudillos golpearon la puerta.
Lucian estaba de espaldas, trazando un esquema anatómico en la pizarra verde con trazos rápidos y duros. Sorina, que llevaba esos mismos veinte minutos batallando inútilmente por concentrarse en la lección y no en la amplitud de los hombros de su profesor sustituto, levantó la vista de sus apuntes.
Y se quedó quieta.
Andrei llenaba el marco de la puerta. Era su primo mayor y, como todos los hombres de su familia, poseía una presencia que consumía el aire de cualquier habitación. Tenía dieciocho años, medía más de un metro ochenta, era de piel morena, y tenía esa forma de pararse que reclamaba el suelo que pisaba por derecho propio. Se había quitado la gorra y la sostenía entre sus manos grandes, pero en su rostro había una tensión oscura que Sorina aprendió a descifrar desde la infancia.
Andrei no venía a hacer una visita de cortesía.
—Perdón por la interrupción —dijo el muchacho, dirigiéndose al frente del aula con una educación parca, exenta de cualquier servilismo—. Busco a Sorina Moldovan. Es urgente.
Lucian detuvo la tiza.
Se giró lentamente. Sus ojos grises barrieron la distancia desde la pizarra hasta la puerta, evaluando al intruso. Luego viajaron hacia Sorina, y de regreso a Andrei. Lo hizo con una rapidez que no tenía absolutamente nada de académica.
—Esto es una clase en curso —dictaminó Lucian.
Su voz no se elevó ni medio tono, pero la temperatura del salón cayó en picado. No había rastro de amabilidad. Los alumnos en las primeras filas encogieron los hombros, aterrorizados por el tono helado e inclemente que empleaba el hijo de la élite de Iași.
—Lo sé —replicó Andrei. No bajó la cabeza. Sostuvo la mirada del chico rico con un orgullo fiero y oscuro—. Por eso dije que era urgente.
La mandíbula de Lucian se tensó hasta marcarse bajo la piel pálida. Que alguien de "esa clase" le sostuviera la mirada frente a todo el salón era intolerable. Pero lo que realmente le hirvió en la sangre fue la familiaridad con la que el intruso miraba a *su* alumna.
—Urgente o no, las interrupciones no están permitidas bajo ningún concepto —cortó Lucian, con una precisión quirúrgica e implacable—. Puede esperar afuera.
Sorina ya estaba recogiendo sus cuadernos de un manotazo para levantarse, pero Lucian se adelantó, fulminando a Andrei.
—Afuera. Ahora mismo.
Andrei lo miró un segundo más, calibrando si valía la pena iniciar una guerra allí mismo. Luego desvió la vista hacia Sorina. Ella le hizo un levísimo gesto afirmativo con la barbilla: *espérame*.
Su primo asintió, ignorando a Lucian por completo, y desapareció en el pasillo.
—Permiso —dijo Sorina, poniéndose de pie y empujando la silla hacia atrás. El chirrido metálico sonó como un disparo en el aula enmudecida.
—La clase no ha terminado, señorita Moldovan —advirtió Lucian.
—Volveré en un momento.
Y, desafiando su orden directa, Sorina cruzó el salón y salió al pasillo, cerrando la puerta tras de sí.
El corredor estaba vacío y congelado. Andrei la esperaba apoyado contra la pared, con los brazos cruzados y el ceño fruncido.
—¿Qué pasó? —susurró ella, acercándose a toda prisa, con el corazón martilleándole la garganta.
—Es el abuelo Toma —dijo Andrei en voz baja, soltando el peso de la noticia—. Se cayó esta mañana en el mercado, Sorina. Resbaló y se golpeó la cabeza contra los adoquines. Tu madre está con él, pero me pidió que viniera a avisarte.
El estómago de Sorina se hundió hasta el subsuelo. Sintió que las rodillas se le volvían de agua.
—¿Está bien? ¿Está consciente?
—El médico de la caridad dice que hay que mantenerlo en reposo absoluto. Dice que no es grave, pero es viejo, Sorina, y el golpe fue fuerte. Tu madre dijo que termines las clases, que no hace falta que—
—Me voy al hospital. Ahora mismo.
—Sorina, espera a que...
—Me voy al hospital, Andrei —repitió, con los ojos anegados en lágrimas de pánico—. No voy a dejarlo solo.
Andrei la miró un instante y asintió, rindiéndose. La conocía demasiado bien.
—Está bien. Pero tranquila, ¿sí? Va a estar bien. Ya sabes que el viejo Toma es más duro que las piedras de la plaza.
Sorina soltó el aire que llevaba reteniendo en los pulmones. Abrumada por el terror y el efímero consuelo de las palabras de su primo, dejó caer la frente contra el pecho de Andrei y cerró los ojos, buscando refugio. Él, con la torpeza inmensa y tierna de los hombres de su familia, le rodeó los hombros con un brazo protector y apoyó la barbilla en su cabeza.
—Ya está, pequeña —murmuró Andrei—. Ya está.
Por eso ninguno de los dos escuchó la pesada puerta del aula abrirse.
Sorina levantó el rostro al oír el crujido de una suela de cuero sobre las baldosas.
A dos metros de ellos, Lucian Varga estaba plantado en medio del pasillo. Tenía el pedazo de tiza blanca todavía sujeto en el puño. Su expresión no era la de un profesor autoritario. No era la de un aristócrata ofendido por la insubordinación.
Era algo infinitamente más primitivo, caliente y destructivo.
Sus ojos grises bajaron desde el rostro humedecido de Sorina, hasta el brazo oscuro de Andrei que todavía rodeaba sus hombros. La mente de Lucian —acostumbrada a diagnósticos impecables y deducciones perfectas— hizo cortocircuito. Una llamarada de celos irracionales, oscuros y venenosos le subió por el cuello.
Crack.