Iași, Rumanía — Invierno de 1938
Sorina amaneció con fiebre.
No fue una sorpresa. Su cuerpo llevaba demasiadas semanas operando por encima de su límite, cargando tensiones imposibles para un solo par de hombros, y esa mañana simplemente decidió pasarle la factura, apagándole el sistema sin pedir permiso. La temperatura no era peligrosamente alta, pero fue suficiente para que Mara se acercara a su cama al alba, le pusiera la mano fresca en la frente perlada de sudor y dictaminara, con esa voz suya que no admitía ningún tipo de apelación:
—Hoy no vas a ningún lado.
Sorina no protestó. Y esa fue la primera señal de que su espíritu estaba verdaderamente roto.
Se quedó acostada, envuelta en las mantas gastadas, mirando el techo con una clase de agotamiento que no se cura durmiendo. Era un cansancio pesado, espeso. El tipo de fatiga que se acumula en los huesos cuando descubres que el mundo es un lugar aterrador y tú tienes que salvarte sola.
Pensó en la abuela Nadya.
En el susurro profético de la noche anterior, esas palabras que ahora ardían en el rincón más oscuro de su memoria, donde se guardan las verdades que son demasiado monumentales para decirlas en voz alta.
Pensó en su madre, llenando bolsas de lona en la madrugada.
Pensó en Ileana, y en la mancha de tierra vacía donde solía estar la maceta de geranios.
Pensó en su barrio, que antes olía a música, a buñuelos fritos y a conversaciones entrelazadas de ventana a ventana, y que hoy apestaba al silencio del miedo y a puertas atrancadas con cerrojos pesados.
Sorina cerró los ojos febriles, intentando bloquear el mundo.
Y entonces, sin quererlo, colándose por las fisuras de su delirio, apareció él.
Una alumna.
Lo había dicho con esa voz plana y profesional delante de aquella chica del abrigo color crema, la misma que lo tomaba del brazo como quien reclama una propiedad que siempre le ha pertenecido. Sin dudarlo. Sin parpadear. Como si el mes entero que habían compartido, los choques en el aula, la tarde en la biblioteca, el salvoconducto médico arriesgando el castigo de su padre, el "mañana" dicho en voz baja y la electricidad de sus dedos a milímetros sobre la mesa... no hubieran existido nunca.
Solo una alumna.
Sorina se incorporó a medias en el colchón, encogiéndose, y se abrazó las rodillas contra el pecho, tiritando.
¿Me lo inventé todo?
La pregunta llegó con esa crueldad salvaje que tienen las dudas cuando atacan en medio de la enfermedad y la soledad, cuando el cuerpo no tiene energía suficiente para construir escudos de dignidad.
Pensó en la furia de Lucian por Jonas. En la manera en que la devoraba con los ojos desde el primer pupitre cuando creía que ella miraba sus apuntes. En aquel *«¿Sigues contando los días?»* susurrado contra su nuca cuando salía por la puerta.
¿O simplemente así es él con todo el mundo?*, se atormentó. *¿Fue un juego? ¿Una distracción antropológica? ¿Una manera sádica de hacer más llevadera una suplencia que no pidió tener?
Se recostó de nuevo, hundiendo la cara en la almohada.
Fui tonta*, pensó. Las palabras le rasgaron la garganta con esa honestidad brutal que solo aparece cuando no hay nadie mirando. *Completamente estúpida. Es obvio que el heredero del imperio Varga nunca pondría sus ojos de verdad en alguien como yo. Soy solo una alumna. Solo eso. Él mismo lo escupió delante de todo el mundo para marcar su territorio, y yo seguí ahí, quieta, esperando que significara algo diferente.
Miró la madera del techo a través de sus lágrimas secas.
Quizás ni siquiera me detesta,* razonó con una amargura que tenía el sabor exacto del metal oxidado. *Quizás, simplemente, ni siquiera existo para él. Soy exactamente lo que dijo. Una alumna más. Una gitana más en una calle de tierra que su padre ansía limpiar. Quizás por eso hace lo que hace; para que me canse de su juego, para que deje de ir a clases, para que desaparezca sola sin que nadie de su mundo tenga que ensuciarse las manos.
Afuera, el barrio amaneció inmerso en la niebla. Ese silencio opresivo que ya no la sorprendía, pero que esa mañana, febril y acorralada por sus propios pensamientos, la aplastó más que nunca.
Sorina cerró los ojos y se quedó dormida por puro agotamiento, huyendo en sueños de una chica que olía a perfume francés y que tomaba brazos como quien recoge sus abrigos.
* * *
En el colegio, Lucian Varga dio su clase.
O, al menos, fingió darla.
El problema era el escritorio de la esquina del fondo.
Estaba irremediablemente vacío.
Faltaba su postura desafiante, su mirada oscura y el tintineo rebelde de sus pulseras. Lucian lo sabía con milimétrica precisión, porque sus propios ojos habían volado hacia esa esquina oscura, sin consultarle, exactamente cuatro veces en los primeros diez minutos de la lección. No es que quisiera mirar. Era, simplemente, que el escritorio estaba en su campo visual y su cerebro notaba su dolorosa ausencia de un modo casi físico.
Siguió explicando teoría médica en la pizarra.
Sus ojos regresaron al asiento vacío por quinta vez.
Está enferma*, razonó Lucian, con un nudo formándosele en la boca del estómago. *O no quiso venir después de lo de ayer. Después de lo que pasó en la calle y de mi cobardía imperdonable.
Esa última idea, la posibilidad de que Sorina Moldovan hubiera decidido no volver a cruzar jamás la puerta de su vida, hizo que algo en su pecho se contrajera con tanta violencia que prefirió no examinarlo demasiado de cerca.
Al terminar la hora, dictó el final de la lección, esperó a que la horda de estudiantes iniciara su éxodo y alzó la voz antes de que la segunda fila se vaciara.