Iași, Rumanía — Otoño de 1938
El lunes empezó como todos los lunes.
Gris, lento y con ese olor denso a madera vieja, tinta y polvo de tiza que parecía haberse quedado atrapado para siempre entre las paredes del colegio. Sorina, en el fondo, amaba aquel olor. Nunca lo admitiría en voz alta porque sabía que Elena se burlaría sin piedad, pero le gustaba; significaba que estaba allí, que tenía un cuaderno en blanco delante y una pluma entre los dedos. Significaba una oportunidad.
Se sentó en su lugar de siempre, al fondo, junto a la ventana. Ese cristal era lo más parecido a la libertad que se podía encontrar dentro del aula. Sacó sus libros, formó una pila perfectamente alineada y abrió el cuaderno por la página correcta.
A su lado, Elena dejó caer su bolsa sobre el pupitre con el dramatismo característico de los lunes por la mañana.
—¿Sabías que el profesor Aldea no va a estar este mes? —susurró, inclinándose hacia ella.
Sorina levantó los ojos. —¿Qué pasó?
—Ni idea. Mi madre dice que tuvo un asunto familiar urgente. Va a venir alguien a sustituirlo. Espero que sea joven —añadió, con una sonrisa pícara—. Los profesores viejos me dan sueño.
—Tú te duermes hasta cuando estás comiendo, Elena.
—Eso es diferente y lo sabes.
Sorina sacudió la cabeza, divertida, y volvió la vista a sus apuntes, sin darle más vueltas al asunto.
Diez minutos después, la pesada puerta de madera del aula se abrió.
El crujido de las bisagras fue seguido por el sonido de unos pasos firmes y pausados. Las conversaciones se fueron apagando como velas al viento, una tras otra, contagiadas por el cambio brusco en la presión del aire. Sorina continuó escribiendo un segundo más, hasta que el silencio —ese silencio pesado, tenso y expectante que surge cuando un depredador entra en la habitación— la obligó a levantar la vista.
La pluma se detuvo en seco a mitad de una letra. Se quedó completamente paralizada.
Lucian Varga estaba de pie frente a la pizarra.
Durante un instante febril, Sorina pensó que estaba alucinando. El mismo cabello oscuro y rebelde. La misma mirada del color de los cielos antes de la tormenta. La misma expresión implacable que parecía anunciarle al mundo entero que no tenía tiempo ni tolerancia para tonterías. Llevaba una chaqueta de paño oscura, más formal de lo habitual, y varios libros gruesos bajo el brazo. Esa mañana parecía mayor. Intimidante. Parecía exactamente la clase de hombre de cuna de oro que dictaba el destino de la gente desde un despacho, no el muchacho con el que casi había chocado en la calle.
Lucian recorrió el aula con aquellos ojos grises y calculadores.
Y entonces, la encontró.
Fue un milisegundo. Una pausa casi imperceptible en el recorrido de su mirada. Pero Sorina vio cómo la sorpresa le tensó la línea de los hombros, como si él tampoco hubiera estado preparado para encontrarla allí, en una escuela de rumanos, sentada en la última fila.
Lucian fue el primero en endurecer el rostro y apartar la vista.
Sorina parpadeó, aturdida. Se pellizcó el brazo discretamente por debajo de la madera del pupitre. Dolió. Definitivamente no estaba soñando. *Estoy perdiendo la cabeza*, pensó, sintiendo que un calor traicionero le trepaba por el cuello.
Elena le clavó el codo en las costillas.
—¿Lo conoces? —siseó.
—No —mintió Sorina rápidamente, clavando los ojos en su cuaderno.
—Pues él te estaba mirando.
—No.
—Sorina, te estaba mirando fijamente.
—Cállate.
Lucian dejó los libros sobre la mesa del profesor con un golpe sordo.
—Buenos días —dijo. Su voz baja y envolvente barrió el aula, sin necesidad de elevar el volumen para exigir absoluta atención.
Los murmullos murieron de inmediato.
—Buenos días —respondió la clase al unísono, algo intimidada.
—El profesor Aldea estará ausente durante las próximas semanas. Soy Lucian Varga. Mientras él regresa, estaré a cargo de ustedes.
Tomó una tiza y trazó su nombre en la pizarra. Una letra firme, rápida e impecable: *Lucian Varga*.
Sorina apretó la pluma. *No pienses en él*, se ordenó, copiando la fecha. *No lo mires.*
Pero la clase comenzó, y fue imposible ignorarlo. Lucian enseñaba de una manera radicalmente distinta a la monotonía de Aldea. No llenaba los silencios con palabras inútiles, no caminaba de un lado a otro como un león enjaulado. Explicaba. Esperaba. Y observaba. Parecía no tener ninguna intención de demostrar que sabía más que ellos; simplemente daba por hecho que todos eran lo bastante inteligentes como para seguirle el ritmo. Si no lo hacían, era su problema.
A Sorina le molestó profundamente descubrir que era un profesor excelente. Brillante. Detestaba encontrar cosas que admirar en él, mucho menos después de la humillación que le había hecho tragar en la calle.
—Si memorizan únicamente la fórmula, solo podrán resolver este ejercicio —dijo Lucian, apoyándose en el borde del escritorio y barriendo a los alumnos con la mirada—. Pero si entienden por qué funciona, podrán resolver cualquier cosa que les pongan delante.
Esa frase le caló hondo. *Entender el porqué*. Era su propia filosofía.
Lucian anotó un problema complejo en el pizarrón.
—Veamos. Tienen cinco minutos.
Sorina bajó la cabeza y comenzó a trabajar. Sus números eran precisos. Lo terminó mucho antes que la mayoría, pero se quedó muy quieta, ocultándose tras la espalda de un compañero. No levantó la mano. No quería llamar la atención. No quería que sus ojos de tormenta volvieran a posarse sobre ella.
Por supuesto, el universo tenía un sentido del humor retorcido.