Antes de que el mundo se apague

El mundo empieza a quedarse en silencio

Iași, Rumanía — Otoño de 1938

Hay días que te aplastan el pecho como si estuvieran hechos de plomo. Días tan largos, tan asfixiantes y tan imposibles de procesar que, cuando por fin cae la noche, la oscuridad no trae ningún tipo de consuelo.

Acostada en su cama, Sorina miraba fijamente las sombras del techo.

Afuera, el barrio gitano estaba sumido en un silencio cadavérico. Era un silencio mutante, un parásito que había devorado la música y la alegría sin que nadie diera la orden en voz alta. Las fogatas en las esquinas se habían extinguido. Las guitarras estaban guardadas. Las puertas, que antes invitaban a los vecinos a entrar, ahora estaban atrancadas con cerrojos pesados. Incluso los niños parecían haber olvidado cómo gritar.

Sorina intentaba concentrarse en el olor a lavanda y a guiso de pimentón de su propia casa, buscando un anclaje, pero su mente era un caos.

Y en medio de esa tormenta, apareció él.

Lucian Varga.

El nombre le pinchó el cerebro sin pedir permiso. Cerró los ojos con fuerza, ordenándose a sí misma no pensar en ese chico arrogante de ojos de tormenta. Pero entonces recordó el aula. Recordó la forma en que él la había desafiado, y, sobre todo, recordó esa sonrisa minúscula, brillante y traicionera que él había intentado ocultar tras su máscara de hielo.

Se cubrió la cara con ambas manos, soltando un gemido ahogado.

Era el chico más guapo e insoportable que había pisado la tierra. Pero también era el heredero del doctor Varga. Pertenecía a la élite. A la gente que los despreciaba. A los de los despachos impecables. Estar fascinada por él era un juego mortal, una crueldad del universo.

Se incorporó de golpe en la cama, incapaz de soportar el peso de su propia cabeza.

*Necesito hablar con Ileana*, pensó.

La idea fue un salvavidas. Pero en cuanto intentó aferrarse a él, una punzada de pánico le atravesó el estómago. No la había visto en todo el día.

Se echó un chal de lana gruesa sobre los hombros y salió a la calle.

La noche de noviembre era helada y olía a escarcha. Caminó las tres calles que la separaban de la casa de Ileana con pasos rápidos. Conocía ese trayecto de memoria desde los seis años, pero esa madrugada, las calles parecían un cementerio.

Al llegar, el corazón se le encogió.

No había luz. La casa estaba sumida en una oscuridad total.

A esa hora, la madre de Ileana y su abuela solían estar cosiendo o cocinando; siempre se colaba un rayo de luz amarilla por debajo de la puerta o se escuchaba el tintineo de una olla. Pero no había nada.

Sorina avanzó, subió el pequeño escalón de piedra y entonces lo vio. La enorme maceta de geranios, la misma que había sobrevivido a las heladas más crueles, ya no estaba. En su lugar solo quedaba un círculo de tierra húmeda.

El pánico se apoderó de sus manos. Golpeó la puerta.

—¿Ileana? —Llamó en un susurro áspero. Golpeó más fuerte—. ¡Ileana!

A su espalda, una puerta chirrió. La señora Petrescu asomó medio rostro a través de la rendija. Sus ojos estaban inyectados de un miedo animal.

—Buenas noches, señora Petrescu —se acercó Sorina—. ¿Sabe si Ileana está...?

—No están —la interrumpió la mujer, con voz temblorosa, aferrando el borde de su puerta como si la presencia de Sorina fuera a contagiarla de alguna enfermedad—. Y harías bien en volver a tu casa, niña.

—Pero, ¿a dónde fueron?

—¡No preguntes lo que no quieres saber! —siseó la mujer, aterrada, mirando a ambos lados de la calle oscura—. Aléjate de mi puerta. No quiero problemas.

Y cerró de golpe, pasando el pestillo.

Sorina se quedó helada. Sintiendo que el aire le faltaba, se acercó a la ventana de su amiga. Pegó el rostro al cristal frío, forzando la vista en la penumbra.

Pudo distinguir una silla volcada en el suelo del salón. El chal rojo favorito de Ileana, abandonado sobre la alfombra, pisoteado. La puerta de un armario abierta de par en par.

No se habían ido de viaje. Habían huido.

Las piernas le flaquearon. Sorina corrió de vuelta a su casa, con el viento helado secando las lágrimas que habían empezado a brotar de sus ojos sin que pudiera evitarlo.

Cuando entró, se encontró con Mara en la cocina, pero no estaba cocinando.

A la luz de una única vela, su madre estaba sentada a la mesa, abriendo los dobladillos de las faldas de Sorina con un cuchillo afilado, deslizando monedas de plata en el interior de la tela y cosiendo la abertura con puntadas rápidas.

La imagen era devastadora. Era la preparación para el destierro.

—Se fueron —sollozó Sorina, dejándose caer de rodillas frente a su madre.

Mara detuvo la aguja. Suspiró, con un cansancio que parecía pesarle mil años, y bajó las manos, que por primera vez estaban completamente pálidas y heladas.

—Sí. Huyeron al norte.

—¿Por qué no me dijo nada? —la voz de Sorina se quebró en un llanto infantil, desgarrador—. ¡Era mi mejor amiga, mamá! Desde los seis años... ¡Me abandonó!

—No te abandonó —le riñó Mara con suavidad, acariciándole el cabello revuelto—. Su madre se lo prohibió. Si te lo decía, correrías peligro tú, y correrían peligro ellos. Los despidos, las amenazas... ya no se puede respirar, hija. Era el momento de desaparecer.

Sorina se aferró a la falda de su madre.

—¿Nosotros también vamos a huir? —rogó.

Mara le tomó el rostro entre las manos, obligándola a mirarla.

—Todavía no. Pero escucha bien, Sorina: el mundo que conocías se acabó. Ya no hay espacio para sueños de niñas. Tienes que ser lista. Tienes que sobrevivir. Cuando llegue el momento de correr, lo haremos. Hasta entonces, sé invisible.

* * *




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