Iași, Rumanía — Otoño de 1938
Esa mañana, Sorina llegó al colegio con un plan.
Un plan simple, blindado y perfectamente razonable que había estado repitiéndose como un mantra durante el desayuno. Lo había repasado mentalmente mientras observaba a su madre colar el té en silencio, y mientras echaba un vistazo a la habitación contigua, donde el abuelo Toma dormía un sueño denso, con la cabeza envuelta en las gruesas gasas blancas del hospital.
El plan era el siguiente: entrar al aula, sentarse en su pupitre de la última fila, clavar la vista en la madera, y no mirar hacia el frente bajo ninguna circunstancia.
Así de simple.
Y, como descubrió en el instante exacto en que la pesada puerta de madera crujió sobre sus bisagras, así de humanamente imposible.
Lucian Varga entró al salón cuando la campana aún estaba vibrando en el aire.
Llevaba el cabello impecable, su pesada chaqueta de lana oscura abotonada con pulcritud, y esa manera particular de caminar que reclamaba el oxígeno de la habitación sin pedirle permiso a nadie. Traía los gruesos libros de medicina y matemáticas bajo el brazo y la mandíbula tan tensa que parecía tallada en granito.
No la miró.
Sorina lo notó de inmediato, precisamente porque ella estaba mirando su cuaderno en blanco con una intensidad casi ridícula, con los músculos del cuello ardiéndole por el esfuerzo de no levantar la barbilla. Pero sentía su mirada. O, mejor dicho, sentía la dolorosa ausencia de ella.
Lucian dejó sus cosas sobre el escritorio del profesor con un golpe sordo. Se giró hacia la pizarra verde, tomó una tiza, y empezó a trazar ecuaciones con esa caligrafía suya, rápida y agresiva. Como si el día anterior no hubiera existido. Como si la asfixia compartida en el pasillo hubiera sido un espejismo. Como si el salvoconducto firmado por el jamas hubiera existido..
Bien*, pensó Sorina, tragando el nudo que amenazaba con cerrarle la garganta. *Perfecto. Yo tampoco te veo.
La clase avanzó con la lentitud de la miel fría.
Lucian enseñó. Hizo pasar a la pizarra a Gheorghe, que tartamudeó y resolvió el problema a medias. Luego llamó a Mirela, que lo hizo completo pero temblando de miedo. En ningún momento sus ojos tormentosos se desviaron hacia la esquina junto a la ventana. El autocontrol del muchacho era una obra maestra de la represión aristocrática.
Sorina tomó apuntes con una devoción feroz. Su pluma rasgaba el papel con tanta fuerza que la tinta estuvo a punto de atravesar las hojas. Cada número, cada variable. Sus apuntes de ese día iban a ser los más completos de su vida académica, y al mismo tiempo, los más inútiles, porque no estaba procesando absolutamente nada. Su mente era un ruido blanco devorado por el olor a jabón caro de afeitar, a tiza y a tensión no resuelta.
Elena deslizó un papelito doblado por encima del escritorio.
Sorina lo abrió debajo de la mesa, ocultándolo con la falda.
¿Estás bien? Te ves pálida.
Sorina sacó su lápiz y trazó dos letras furiosas y rápidas: *Sí.*
Le devolvió el papel. Elena lo leyó, resopló silenciosamente por la nariz y le clavó una mirada de soslayo que dejaba clarísimo que no le creía ni una sola sílaba, pero que estaba dispuesta a dejarlo pasar.
Faltaban quince minutos para que terminara la clase.
Lucian había bajado la tiza. Apoyado contra el borde de su escritorio, con los brazos cruzados sobre el pecho, explicaba la teoría de límites con una frialdad anestésica.
Fue entonces cuando Emil —el muchacho rumano de la tercera fila, de familia acomodada y cabello engominado— habló.
No lo gritó. Fue uno de esos murmullos arrastrados, diseñados para ser escuchados solo por los cómplices más cercanos, pero que, por un macabro fallo de cálculo, encontró un bache de silencio en la explicación del profesor.
—No entiendo para qué nos obligan a compartir el aire —murmuró Emil, soltando una risa corta y nasal hacia su compañero de asiento, mirando de reojo a Sorina—. Es una pérdida de tiempo educar a una gitana. Total, si este invierno hacen por fin la limpieza, todas esas ratas terminarán pidiendo limosna o muertas en las cunetas. Es genética.
El silencio que aplastó el salón no se pareció a nada que Sorina hubiera experimentado antes.
No era la quietud del respeto. Era el vacío repentino que precede a una detonación.
Sorina dejó de escribir.
El plumín de su estilográfica se quedó clavado en el papel. Una gota de tinta negra se acumuló en la punta, engordó y cayó, manchando la ecuación perfecta como una lágrima negra y enferma.
No levantó los ojos. Sintió el calor violento y asqueroso de la humillación trepándole por el cuello, incendiándole las mejillas, perforándole las costillas justo donde el dolor fantasma de su pasado solía latir. Quiso encogerse. Quiso desaparecer. Quiso volver al olor a humo y a especias de su casa, donde las miradas no apuñalaban.
Elena se quedó petrificada a su lado, conteniendo el aliento. Toda la clase parecía haber dejado de respirar, girando lentamente los ojos hacia el frente, hacia la figura oscura del profesor sustituto.
Lucian Varga se separó del escritorio.
No se movió rápido. No alzó la voz. Y eso, precisamente, fue lo más aterrador.
Quien se separó del escritorio ya no era el joven profesor suplente. En un solo respiro, se revistió con toda la autoridad intocable, aplastante y gélida de los Varga. Comenzó a caminar por el pasillo central; cada paso de sus zapatos de cuero cortaba el aire denso del salón como un latigazo sordo contra la madera.
Se detuvo frente al pupitre de Emil.
El alumno palideció de golpe, tragando saliva al verse eclipsado por la altura y la presencia letal de Lucian.
—Profesor, yo... solo comentaba con—
—Repítelo.