Iași, Rumanía — Otoño de 1938
El mercado de Iași tenía la milagrosa particularidad de hacer que el fin del mundo pareciera un problema lejano.
Mientras el resto de Europa contenía el aliento, allí la vida seguía latiendo a gritos. Las mujeres continuaban discutiendo acaloradamente por unos cuantos lei, los carros de madera crujían sobre los adoquines, los niños zigzagueaban entre los puestos robando nueces, y el abuelo Toma seguía firmemente convencido de que cada cliente que se acercaba tenía la única misión de llevarlo a la ruina.
—Tres lei.
El señor Gheorghe sostenía una cebolla entre el índice y el pulgar, elevándola a la altura de los ojos como si examinara una joya robada.
—Dos y medio —replicó el hombre.
—Tres.
—El año pasado costaban dos.
Sorina, que llevaba diez minutos apoyada en el mostrador de madera escuchando aquel duelo, dejó escapar un suspiro disimulado.
—Señor Gheorghe —intervino, intentando aplastar una sonrisa—. El año pasado usted también decía que eran un robo a mano armada.
—Porque lo eran.
—Y aun así las compró.
—Porque necesitaba cebollas, muchacha.
—Entonces necesitaba cebollas caras.
El abuelo Toma soltó una carcajada ronca desde su silla de mimbre al fondo del puesto. El señor Gheorghe le lanzó una mirada fulminante por encima del hombro.
—No se meta, Toma.
—No me estoy metiendo —se defendió el viejo, acomodándose la gorra—. Solo estoy disfrutando del espectáculo.
Sorina se mordió el interior de la mejilla. El señor Gheorghe volvió a clavar la vista en la cebolla, olfateándola con teatralidad.
—En el puesto de la esquina están más baratas.
—En el puesto de la esquina llevan tres días al sol —contraatacó Sorina, implacable—. Las nuestras llegaron esta madrugada, todavía tienen escarcha. Puede morderla ahora mismo si no me cree.
El hombre arqueó una ceja espesa.
—Sigue siendo cara. Dos y medio.
—Dos y tres cuartos, y le regalo un manojo de perejil para que su esposa no lo regañe por tardar tanto.
El señor Gheorghe la observó, calibrando su firmeza. Finalmente, bufó y extendió una mano huesuda.
—Trato hecho. Sabía que era usted un hombre razonable —dijo Sorina, envolviendo ágilmente las verduras en papel de estraza.
—No soy razonable, soy un hombre que sabe negociar —gruñó él, tomando el paquete. Antes de darse la vuelta, la miró de reojo—. Tienes buena mano para vender, niña. Deberías cobrar más.
Sorina abrió los ojos, atónita.
—¿Acaba de decirme que le cobre más?
—No te acostumbres.
Se marchó refunfuñando hacia el callejón de los panaderos. Toma resopló desde las sombras.
—Eres demasiado blanda con él, Sorina. Si llega a los noventa años, te seguirá recordando que en 1934 le cobramos un cuarto de lei de más por unos tomates.
Sorina soltó una carcajada limpia que se mezcló con el bullicio del lugar.
El olor a pan caliente, a tierra húmeda y a especias crudas lo inundaba todo. Por un par de horas, el trajín del mercado había logrado que Sorina olvidara la opresión de las calles vacías en su barrio, las maletas en su sala... y a él. Había logrado anestesiar el eco de la frase elitista y cruel que Lucian le había escupido la mañana anterior.
Dispuestas a mantenerse ocupada, se concentró en la canasta de las manzanas. Comenzó a acomodarlas en filas meticulosas, puliendo las más rojas contra su delantal para colocarlas al frente.
—¿Cuánto cuestan las manzanas?
La voz llegó un segundo antes que la persona.
El cuerpo entero de Sorina se tensó. Esa gravedad magnética, ese tono bajo y preciso. No. No podía ser. Levantó lentamente la cabeza, casi rogando que el universo no tuviera un sentido del humor tan perverso.
Y allí estaba. Lucian Varga.
Incrustado en medio del caótico y polvoriento mercado gitano, parecía una criatura de otro planeta. Llevaba una chaqueta oscura e impecable, los hombros rígidos, el cabello oscuro algo despeinado por el viento otoñal. Sostenía una manzana roja en la mano, evaluando el puesto con la expresión solemne de quien está allí por un motivo puramente accidental.
Pero cuando sus ojos grises como el cielo de tormenta chocaron con los de Sorina, la respiración de ambos se enganchó.
Fue un microsegundo. Un parpadeo en el que la mandíbula de Lucian se tensó hasta marcar el hueso, delatando que él tampoco esperaba encontrarla allí. Ella era la última persona que quería ver, o tal vez la única.
Sorina lo sostuvo con la mirada. Dejó caer la manzana que estaba puliendo y, recordando la humillación del día anterior, arqueó una ceja cargada de sarcasmo.
—Otra vez tú.
Lucian entrecerró ligeramente los ojos, recuperando su máscara de hielo.
—Eso iba a decir yo.
—Pues llegaste tarde. —Sorina apoyó ambas manos en la madera del mostrador, alzando el mentón—. ¿Me estabas siguiendo?
Él parpadeó, escandalizado ante la acusación. Miró a su alrededor, al puesto de verduras, a la chica de las pulseras, y luego a ella otra vez. Y de pronto, Sorina no pudo evitarlo. La imagen de este chico aristocrático, persiguiéndola por un mercado que su padre detestaría, era tan absurdamente ridícula que se echó a reír. Una risa corta, limpia, incontrolable.
—Este puesto es de mi abuelo —dijo, señalando con el pulgar hacia atrás—. Llevo aquí desde las siete de la mañana. Así que, si alguien está siguiendo a alguien, la lógica sugiere que eres tú el que no puede mantenerse lejos de "esta gente".