Antes de que el mundo se apague

Lo que el alma recuerda

Iași, Rumanía — Invierno de 1938

Empezó con olor a humo.

Siempre con olor a humo.

Sorina lo supo después, cuando ya llevaba varias noches despertándose con ese tufo asfixiante pegado en las fosas nasales y arañándole la garganta. Era una mezcla espesa de madera quemada, tela chamuscada y algo metálico que no sabía nombrar, pero que le producía una angustia física tan brutal que el cuerpo reconocía el peligro mortal antes de que la mente terminara de despertar.

Pero esa primera noche no lo sabía todavía.

Esa primera noche simplemente cayó dentro del sueño como se cae en un lago helado: de golpe, sin aviso y perdiendo la respiración. Cuando quiso darse cuenta, ya estaba ahí.

Había fuego.

No era una hoguera pequeña. No era una lámpara de aceite volcada. Era fuego de verdad, del que no pide permiso ni espera a que nadie lo invite; del que ruge, crece solo, lo devora todo a su paso y tiñe el cielo nocturno de un naranja sucio y rabioso.

Ardían los campamentos.

Ardían las pesadas lonas de las carpas, los techos tallados de los viejos carros de madera y las pertenencias que la gente había tardado años en tejer y reunir. Todo se convertía en ceniza y brasas volátiles en cuestión de minutos. El calor era tan real, tan sofocante, que Sorina sentía la piel de las mejillas a punto de ampollarse. La ceniza negra caía sobre ella como una nevada sucia e infernal.

Y había gritos.

Voces que Sorina no reconocía, pero que le desgarraban el pecho de una manera contradictoria e inexplicable, como solo ocurre en la lógica de las pesadillas. Voces de mujeres gritando nombres hacia la oscuridad. El llanto agudo y sordo de los niños. El relincho aterrorizado de los caballos tirando de sus correas hasta sangrar. Y, sobre todo, la espantosa ausencia de los hombres. Faltaban padres, hermanos y esposos en ese caos de faldas corriendo, manos desesperadas y ojos inyectados en un terror tan primitivo que parecía tallado directamente en el hueso.

Sorina corría.

El lodo resbaladizo bajo sus pies desnudos estaba helado. No sabía hacia dónde huía. Solo sabía que buscaba a alguien con una certeza que no necesitaba explicación. Había alguien a quien tenía que encontrar, pero el tiempo se acababa, las llamas le cerraban el paso y el repiqueteo atronador de los cascos de unos jinetes armados se acercaba desde la negrura del bosque.

¿Dónde estás?

Lo pensó o lo gritó; su garganta seca no supo distinguirlo.

De pronto, un dolor fulminante, agónico y eléctrico le atravesó el costado derecho, justo debajo de las costillas.

Fue una punzada tan salvaje que le cortó la respiración de tajo, obligándola a caer de rodillas sobre el barro helado. Sorina soltó un alarido mudo, llevándose las manos a la costilla rota. El sabor a sangre oxidada y a tierra le llenó la boca.

A través del crepitar de la madera estallando, la escuchó.

Una mujer gritaba desde la pendiente oscura, buscándola a ciegas entre la humareda. Era una voz rota por el pánico, una voz que a Sorina le encogió el alma.

—¡Prasta! ¡Prasta, Zümrüt!

¡Corre!

El humo le inundó los pulmones. Las llamas saltaron hacia ella. Y justo cuando iba a levantar la cabeza, justo cuando la figura que la llamaba iba a materializarse entre la cortina de ceniza...

Se despertó.

Sorina se incorporó de un salto en su cama, ahogándose, buscando aire con la boca abierta. El corazón le martilleaba contra el esternón con tanta violencia que temió que se le fracturaran los huesos. Con un acto reflejo y desesperado, se llevó ambas manos al costado derecho, clavándose las uñas a través del camisón de dormir, buscando la fractura, gimiendo de dolor.

Le tomó varios segundos parpadear en la penumbra.

No había sangre. No había barro. Estaba sentada en su colchón. Su habitación olía a madera fría de invierno y a las flores secas de lavanda que su madre ponía en el armario.

Se soltó las costillas lentamente. El dolor fantasma latía como un eco moribundo bajo la piel, latiendo al compás de su pánico. Miró sus manos en la oscuridad; le temblaban de forma incontrolable.

*Solo fue un sueño*, se dijo, abrazándose a sí misma, empapada en sudor frío.

Pero el asfixiante olor a humo tardó horas en abandonar su garganta.

Y el sueño no desapareció.

Volvió tres veces esa misma semana.

Nunca era exactamente igual. A veces el humo era más espeso; a veces, el repique de los sables desenvainados de los soldados sonaba mucho más cerca. Pero el núcleo era el mismo: el calor abrasador, la ceniza, el dolor paralizante en la costilla, y aquella voz de mujer en la distancia, gritando en la lengua antigua de su pueblo para que huyera. Y siempre, justo antes de verle el rostro a quien la llamaba, la vigilia la arrastraba de vuelta a su habitación.

La cuarta noche, Sorina ya no pudo dormir.

El terror a cerrar los ojos le pasó una factura brutal. La falta de sueño le hundió los ojos, dibujándole unas ojeras violetas que contrastaban enfermizamente con su piel pálida. El mínimo ruido en la casa la hacía sobresaltarse; sentía un frío interno, un temblor en las manos que no conseguía calmar ni siquiera pegándose a la estufa de la cocina.

Se quedó mirando el techo hasta que el sol gris del domingo empezó a filtrarse por las grietas de la ventana, con la mente convertida en un laberinto en llamas.

¿Por qué las formas de los viejos carros le resultaban conocidas, si ella jamás había vivido en un campamento nómada? ¿Por qué la angustia que le dejaba el sueño no era el miedo pasajero de una pesadilla común, sino una desolación viejísima, específica y pesada, como si estuviera llorando una pérdida que ocurrió mucho antes de que ella naciera?

Pensó en Zümrüt.

Pensó en la historia que Mara le había contado.




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