Antes de que el mundo se apague

La primera grieta

Iași, Rumanía — Otoño de 1938

Esa mañana, Sorina despertó diferente.

No fue algo que pudiera explicar con una palabra exacta, ni el resultado de una decisión consciente. Fue una transformación silenciosa, parecida a lo que ocurre en el bosque tras una tormenta: los árboles siguen en su sitio, el cielo es el mismo, pero el aire huele más limpio, como si el mundo entero acabara de sacudirse el polvo.

Se quedó unos segundos quieta bajo las sábanas, mirando el techo.

Pensó en Zümrüt. En una mujer joven despertando sola en el fondo de un barranco, envuelta en oscuridad, con una costilla rota y el cuerpo magullado. Pensó en cómo, en medio de la nada, había tomado la decisión de ponerse en pie. Pensó en la semilla de aquel sueño insatisfecho que había viajado a través de la sangre y el tiempo hasta anidar en su propio pecho.

*Esa sangre es mi sangre*, se dijo.

Y, de repente, algo que llevaba años torcido y encogido dentro de Sorina se enderezó.

Se bañó cantando. No lo hizo en el susurro temeroso que a veces usaba por miedo a llamar la atención de los vecinos, sino a viva voz, dejando que la melodía rebotara en los azulejos. Era *Sa o rat, sa o zor*, la misma melodía romaní que la noche anterior le había provocado vergüenza. Cantó mientras el vapor llenaba el cuarto y, sin darse cuenta, dejó que sus pies desnudos marcaran el ritmo sobre el suelo mojado. Una vuelta. Después otra. Se echó a reír sola, con el cabello empapado cayéndole sobre los hombros. Hacía muchísimo tiempo que no sentía esa ligereza.

Allí, bajo el agua caliente, lo entendió. Pensó en los siglos de esclavitud, en las huidas en mitad de la noche, en el miedo y en la supervivencia. Y comprendió que cantar, para su gente, no era un acto de ingenuidad ni un intento de olvidar.

Era pura resistencia.

Salió del baño y se arregló con una devoción casi sagrada. Dejó su cabello suelto, sin pañoleta, permitiendo que la cascada de ondas oscuras y rebeldes cayera libremente por su espalda. Fue hasta su baúl y sacó su falda favorita: blanca, de tela ligera, con un ruedo bordado de minúsculas flores amarillas. Casi nunca la usaba, convenciéndose siempre de que era demasiado bonita para un día cualquiera. Pero aquella mañana, atándose la blusa blanca de mangas largas, se preguntó quién había inventado la ridícula regla de que los días normales no merecían belleza.

Por último, fue a por sus pulseras.

Se las puso absolutamente todas. Las doradas, las de cuentas de colores, las que le había regalado su abuela y las que había rescatado del mercado dos veranos atrás. Cuando terminó, sacudió las muñecas. El tintineo metálico y musical llenó la habitación. Durante años, Sorina había intentado silenciar ese sonido pegando los brazos al cuerpo cuando caminaba por ciertas calles. Hoy, ese mismo sonido era un grito de guerra. Su propia música.

Se paró frente al pequeño espejo agrietado de la pared. Una muchacha de diecisiete años, de piel pálida constelada de pecas, con faldas de flores, una melena indomable y una cascada de pulseras le devolvió la mirada. Había un fuego nuevo en sus ojos grandes y oscuros.

—Buenos días —le susurró a su propio reflejo. Y salió.

La calle la recibió con una bofetada de aire fresco. Iași olía a otoño: a pan recién horneado en las tahonas, a hojas mojadas, a tierra y a humo de leña. Sorina caminaba con las manos sueltas, dejando que la brisa jugara con su cabello y que las pulseras cantaran con cada paso. Iba tan sumida en su alegría, tan concentrada en la cara que pondría el abuelo Toma cuando le contara lo de su examen de diez, que no miró hacia adelante.

El choque fue brutal y repentino.

Sorina golpeó contra algo tan sólido como un muro de piedra. Un muro forrado de paño oscuro que olía a frío, a tinta y a jabón caro. El tintineo de sus pulseras chocó contra un pecho rígido, seguido de inmediato por el sonido seco y desordenado de tres libros pesados cayendo al suelo de adoquines.

Ella trastabilló hacia atrás, perdiendo el equilibrio por un segundo, pero logró afirmarse sobre sus pies.

—¡Lo siento! —exclamó, agachándose instintivamente.

Al levantar la mirada, el corazón se le paralizó.

Era él. Lucian.

El chico al que había visto de lejos el martes. El mismo del porte arrogante y la chaqueta impecable. Ahora lo tenía a menos de un metro de distancia. De cerca, se dio cuenta de que sus ojos no eran solo grises; tenían la intensidad eléctrica de un cielo a punto de reventar en tormenta.

Sorina se quedó paralizada, de rodillas sobre los adoquines, con las manos suspendidas en el aire. Había imaginado mil veces qué pasaría si alguna vez lo tenía tan cerca.

La realidad le partió la cara.

Lucian la miró desde arriba. No había sorpresa ni curiosidad en su rostro. Lo que había era una tensión en la mandíbula tan fiera que parecía a punto de romperse los dientes, y una profunda, gélida y cortante irritación.

Se agachó de un tirón, rozando casi sus rodillas con las de ella, y arrancó uno de los libros del suelo.

—No me extraña —murmuró.

Sorina frunció el ceño, confundida. —¿Qué?

Lucian levantó aquellos ojos de tormenta y se los clavó como dagas.

—Mi padre tiene razón. Hay que mantenerse lejos de esta gente.

Lo dijo sin gritar. Con una naturalidad pavorosa, arrastrando las palabras no como una furia momentánea, sino como una ley inquebrantable de la naturaleza. Como si no acabara de decir algo capaz de destripar a una persona.

Sorina sintió que el bullicio de Iași desaparecía, tragado por un zumbido ensordecedor.

Esta gente.

No dijo "tú". No dijo "una chica distraída". Dijo *esta gente*. Como si su cabello oscuro, sus pulseras y sus flores amarillas la rebajaran inmediatamente a una subcategoría de ser humano. La sangre, que hasta hacía un minuto le hervía de alegría, se congeló de golpe. Algo crujió en su pecho, silencioso y letal, como el hielo de un lago cuando pisas donde no debes.




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