Iași, Rumanía — Invierno de 1938
El lunes por la mañana, Sorina tomó otra decisión.
Una infinitamente mejor que la anterior.
La táctica de fingir que Lucian Varga no existía había fracasado de una forma miserable. Ignorar a ese muchacho en un aula cerrada resultó ser tan absurdo como intentar ignorar una tormenta eléctrica dentro de un armario; técnicamente podías cerrar los ojos, pero el trueno te iba a sacudir los huesos de todas formas. Especialmente después de que él pasara el lunes buscándola con la mirada y el martes pasara por su lado en el pasillo como si ella fuera de cristal.
Así que esa semana, la estrategia cambió radicalmente.
Sorina Moldovan, heredera de una sangre forjada en el fuego y descendiente directa de una mujer que había cruzado media Europa con una costilla rota, decidió que, si iba a perder la cordura, se aseguraría de arrastrar a Lucian Varga al manicomio con ella. Iba a hacerle la vida imposible.
No iba a recurrir a los gritos, ni a la violencia física dramática. No le daría el gusto de parecer una adolescente histérica. Lo iba a hacer a su manera: con esa insolencia tranquila, letal y perfectamente calculada que asomaba en ella cuando decidía que las reglas del juego tenían que cambiar.
Había consultado la lista de su cuaderno.
Había tachado el número cuatro, confirmando su inutilidad. Y decidió empezar por el número dos, con una pequeña licencia poética que no estaba en los planes originales, pero que le parecía un acto de justicia divina dadas las circunstancias.
Pisarle el pie.
No con fuerza bruta. Solo lo suficiente para abolir su espacio personal y recordarle que ella estaba allí.
El plan comenzó el mismo lunes. Sorina llegó tarde a clase.
No mucho. Apenas los cinco minutos exactos y necesarios para que Lucian ya estuviera de pie en la tarima frente a la pizarra, para que el silencio ya se hubiera instalado en el aula y para que todos los ojos —incluyendo un par de inmensos ojos grises que se afilaron al instante— se clavaran en ella cuando empujó la pesada puerta de roble.
Sorina sostuvo la mirada del profesor con la expresión más angelical y desprovista de culpa que el mundo hubiera visto.
—Perdón por el retraso —dijo, con voz suave.
Y en lugar de caminar hacia su pupitre habitual junto a la ventana, siguió de largo. Cruzó todo el salón con el tintineo rebelde de sus pulseras y se fue directo al rincón más oscuro, lejano y polvoriento de la última fila. Un escritorio vacío que nunca nadie usaba porque estaba casi en la penumbra. Esa mañana, a Sorina le pareció el trono perfecto.
Se sentó. Sacó sus cuadernos con parsimonia. Y clavó la vista en la pizarra con una expresión de estudiante fascinada por la matemática.
Lucian había seguido cada uno de sus movimientos, desde el umbral de la puerta hasta el fondo del aula. La mandíbula se le tensó, marcando la sombra del hueso bajo la piel.
No dijo nada. Se giró de vuelta a la pizarra.
Sorina bajó la vista a su cuaderno, mojó la pluma y escribió en el margen: Punto para mí.
Desde la segunda fila, Elena se giró a medias, lanzándole una mirada de terrorífico desconcierto. Sorina le respondió con una sonrisa minúscula y serena, casi un destello felino. Elena entrecerró los ojos, tragó saliva y volvió a girarse al frente.
La oportunidad del pie llegó incluso antes de lo que Sorina había calculado.
Fue al terminar la hora. Cuando la campana sonó, el salón estalló en el caos habitual de sillas arrastrándose, libros cayendo en las bolsas y murmullos en alto volumen. Sorina recogió sus cosas con exasperante lentitud. Esperó a que la multitud se filtrara y empezó a caminar hacia la puerta.
Lucian estaba de pie junto al borde de su escritorio, organizando sus impecables notas de anatomía, bloqueando parcialmente el pasillo principal. Para llegar a la salida, había que rozarlo.
Sorina no se desvió. Avanzó hacia él.
Y en el momento exacto en que sus caminos se cruzaron, invadiendo su aire impregnado de colonia cara, con la precisión quirúrgica de una francotiradora, la bota de Sorina aterrizó directamente sobre la inmaculada punta del costoso zapato de cuero italiano de Lucian.
No fue un pisotón salvaje. Pero el peso fue inequívoco.
—Perdona —murmuró Sorina, sin detener su marcha y sin siquiera dignarse a mirarlo a la cara. Sonó como un suspiro inocente.
Y siguió caminando hacia la puerta.
Detrás de ella, el tiempo se congeló. Hubo un silencio eléctrico de exactamente dos segundos.
—Moldovan.
La voz de Lucian fue un látigo bajo.
Ella siguió caminando.
—Moldovan.
Empujó la puerta de madera y salió al corredor helado.
Una vez allí, completamente sola, con el eco de la puerta cerrándose a sus espaldas, Sorina se permitió exactamente tres segundos de una sonrisa radiante y perversa antes de volver a componer su rostro.
Punto dos para mí.
El martes llegó tarde otra vez.
El miércoles también. Y el jueves.
Cada día cruzaba el umbral con una excusa diferente, trivial y ridícula, acompañada de la misma expresión de inocencia absoluta que Lucian, evidentemente, ya no se estaba tragando. Para la mañana del miércoles, el heredero de los Varga había desarrollado un tic en la sien y esa tensión articular en el cuello que Sorina saboreaba como el mejor de los triunfos: la señal inequívoca de que lo estaba sacando a patadas de su sagrada zona de control.
Ese mismo miércoles, Sorina llevó la guerra intelectual al siguiente nivel. Respondió su primera exigencia con otra pregunta.
—Moldovan —llamó Lucian desde la pizarra, apretando la tiza—. ¿Cuál es el resultado?
Sorina ladeó la cabeza en el fondo de la penumbra.
—¿El resultado de qué operación específicamente, profesor?