Iași, Rumanía — Otoño de 1938
La biblioteca del colegio era uno de los pocos lugares en el mundo donde Sorina sentía que podía respirar con los pulmones llenos.
Allí dentro, rodeada por el olor a pegamento viejo, a polvo y a cuero desgastado, a nadie le importaba de dónde venía. Entre los altos estantes de madera de roble, nadie le miraba las faldas de colores antes de mirarle a los ojos, ni parecía recordar su apellido. En la biblioteca, el único peso que importaba era el de las páginas.
Iba casi todos los jueves después de clases. El edificio ya se vaciaba, el bullicio de los estudiantes se apagaba, y la señora Ionescu, la vieja bibliotecaria, le permitía quedarse sentada en los rincones hasta que la luz del atardecer amenazaba con desaparecer.
Aquella tarde, cruzó las pesadas puertas dobles de cristal como siempre.
—Buenas tardes, señora Ionescu.
—Buenas tardes, niña.
Sorina sonrió y caminó hacia su sección favorita, al fondo de la sala, donde la luz dorada del otoño entraba en ángulo por los ventanales. Solo quería un libro. Una hora de absoluta tranquilidad para olvidar el rostro del Doctor Varga y el silencio mortuorio de su barrio. Nada más.
Hasta que levantó la mirada.
Y lo vio.
Lucian.
Estaba sentado en la última mesa del rincón, completamente solo. Tenía un grueso tomo de anatomía abierto frente a él y su chaqueta de paño oscuro colgaba del respaldo de la silla. Llevaba las mangas de la camisa blanca ligeramente remangadas, mostrando los antebrazos tensos; una de sus manos descansaba junto a los bordes del libro, mientras la otra sostenía una pluma estilográfica que giraba con destreza.
Parecía inmerso en su propio mundo. Tan concentrado, que no había notado el sutil crujido del suelo de madera anunciando la entrada de ella.
Sorina se quedó inmóvil. Tres segundos completos.
Podía marcharse. Era sencillo. Bastaba con darse la vuelta, salir al pasillo del colegio y regresar al día siguiente. Era, desde cualquier punto de vista lógico, la decisión más inteligente.
Pero en ese exacto instante, Lucian levantó ligeramente la cabeza.
Sorina giró el rostro hacia el estante con la velocidad del rayo, fingiendo leer los lomos de los libros, maldiciendo en silencio a su corazón, que parecía tener muy poco interés en facilitarle la existencia.
Sacó un volumen al azar. Lo apretó contra su pecho y caminó hasta la mesa más alejada del salón, dándole la espalda en diagonal.
Se sentó. Abrió el libro. Leyó la primera línea.
No entendió una sola palabra.
La leyó otra vez. Nada. Las letras parecían hormigas marchando sin sentido.
Suspiró de forma inaudible. *Concéntrate.*
Pasaron cinco minutos. Luego diez. El reloj de pared marcaba el ritmo con un tictac hipnótico. Sorina seguía sin saber qué demonios decía el primer párrafo. Y, aunque jamás lo admitiría bajo tortura, llevaba diecisiete miradas furtivas lanzadas hacia el rincón de Lucian.
Diecisiete. Lo sabía perfectamente porque, ante la falta de lectura, había empezado a contarlas.
En la número dieciocho, se prometió a sí misma que sería la última.
Pero no llegó a la diecinueve.
El áspero sonido de una silla arrastrándose contra el parqué rompió el silencio.
La columna de Sorina se tensó. Escuchó pasos firmes, lentos y deliberados. Uno. Dos. Tres. Se detuvieron exactamente al otro lado de su mesa.
Ella mantuvo los ojos clavados con ferocidad en la página.
—¿Puedo sentarme?
La voz de Lucian. Tan cerca que pudo percibir su aroma a jabón limpio y tinta fresca.
Sorina levantó la mirada despacio.
Él estaba de pie frente a ella. Y, por primera vez desde que se habían cruzado por las calles de Iași, no parecía estar exigiéndole algo. No llevaba puesta su máscara de intocable. Parecía... terriblemente incómodo.
Aquella vulnerabilidad era tan extraña en él que Sorina casi sintió ganas de sonreír. Miró la silla vacía, luego volvió a mirarlo a él.
—Es la biblioteca del colegio —respondió ella, con calma—. Las sillas son de uso público.
Lucian sostuvo su mirada durante un segundo.
—Eso no ha sido exactamente un sí.
—Tampoco ha sido un no.
Una minúscula pausa suspendió el polvo en el aire.
Y entonces ocurrió. La comisura de los labios de Lucian tembló, cediendo hacia arriba un milímetro. Fue tan leve que Sorina estuvo a punto de convencerse de que lo había imaginado.
Él sacó la silla y se sentó frente a ella. Abrió su cuaderno. Ella volvió la vista a su libro.
Silencio.
Pero ya no era el mismo silencio. Ahora estaban sentados frente a frente, compartiendo el mismo metro cuadrado de madera, rodeados por estantes interminables. Sorina intentó leer. Lucian también. A juzgar por la falta de páginas pasadas, ninguno de los dos estaba teniendo demasiado éxito.
Fue Lucian quien cerró su cuaderno de golpe.
—Lo de ayer... —empezó, con la voz un poco ronca.
Sorina levantó lentamente los ojos. Lucian parecía estar buscando las palabras en su propia cabeza. Aquel esfuerzo, por sí solo, era sorprendente en alguien acostumbrado a tener siempre la respuesta perfecta.
—Lo que ocurrió en la escalinata —continuó él, bajando el tono—. Lo que dijo mi padre.
El pulso de Sorina dio un salto doloroso. No esperaba que él abriera esa herida.
Lucian miró sus propias manos apoyadas sobre la mesa.
—No debió decirlo. Jamás.
Sorina permaneció callada, evaluándolo con cautela.
—Y yo debí intervenir —añadió él, clavando sus ojos grises en ella.
Ella arqueó ligeramente una ceja, sin facilitarle las cosas.
—Pero no lo hiciste.