Iași, Rumanía — Invierno de 1938
Llegó a su barrio cuando el sol ya se había desangrado por completo en el horizonte, tiñendo el cielo de un rojo sucio y oxidado.
Giró la llave en la cerradura y empujó la pesada puerta de madera de su casa. De inmediato, con el primer paso que dio en el recibidor, supo que algo no estaba bien.
No se trató de algo físico que pudiera nombrar de buenas a primeras. No hubo gritos, ni ruidos de muebles rotos. Fue una atmósfera densa, pesada; una opresión asfixiante flotando en el interior de la casa. Era una vibración antinatural, muy distinta al miedo silencioso al que el barrio se había acostumbrado en las últimas semanas. El oxígeno de su propio hogar estaba cargado de augurios oscuros.
Sorina olfateó el aire.
Olor a leña quemada. A resina de pino dulce. Y a otra cosa: hierbas amargas trituradas y quemadas al fuego. Era un olor místico, muchísimo más antiguo que la propia casa, un aroma que removía instintos que ella ni siquiera sabía que tenía.
Caminó lentamente por el pasillo hasta llegar a la pequeña sala.
La abuela Nadya estaba sentada en el suelo, directamente sobre la alfombra raída, frente al fuego que crepitaba en la estufa de hierro. Tenía las piernas cruzadas y las palmas huesudas apoyadas sobre las rodillas. Estaba arrojando un puñado de sal gruesa y romero seco a las brasas. El fuego reaccionaba a sus movimientos con un siseo violento, escupiendo llamas de un azul verdoso que le iluminaban el rostro lleno de surcos.
Sus ojos, nublados por las cataratas, estaban fijos y perdidos entre las lenguas naranjas que devoraban la madera. No era una postura de descanso en absoluto; era la concentración feroz y chamánica de un trance profundo. Estaba leyendo el fuego.
Al fondo, cobijada por el marco de la puerta de la cocina, estaba Mara. Estaba de pie, con los brazos fuertemente apretados alrededor de sí misma, observando a la anciana con una expresión de pánico absoluto y contenido que a Sorina le dio un vuelco letal en el corazón.
—¿Qué pasa? —susurró Sorina, quedándose clavada en el umbral.
Mara levantó una mano temblorosa, ordenándole con un gesto mudo y tajante que no avanzara un centímetro más: *Espera*.
Sorina obedeció, sin atreverse apenas a respirar.
La abuela Nadya no se movió durante lo que parecieron horas. El fuego escupió más chispas, devorando las hierbas. Las sombras de la anciana y las llamas bailaron proyectando siluetas retorcidas y monstruosas contra el yeso agrietado de las paredes. El silencio era casi sacro; poseía el terrible espesor que antecede a las sentencias de muerte y a las desgracias que ya no tienen vuelta atrás.
—La cacería se acerca —dictaminó la abuela Nadya.
Su voz ronca resonó en el cuarto como si viniera del fondo de un túnel oscuro, raspando el silencio. No giró la cabeza. Siguió mirando las brasas.
—¿Qué se acerca, madre? —inquirió Mara, con la voz rota y un hilo de llanto amenazando con ahogarle la garganta.
—Lo que la sangre de nuestro pueblo sabía que iba a llegar tarde o temprano —respondió la anciana, implacable—. La oscuridad ha dado la orden. Han soltado a los perros. El invierno de este año no terminará de la misma forma en que empezó. Lo perderemos todo antes del primer deshielo.
El frío de la calle, que Sorina todavía llevaba pegado en la ropa, le trepó por la columna vertebral hasta helarle el tuétano.
Lentamente, la abuela Nadya giró su rostro arrugado como la corteza de un roble centenario. Sus pupilas grises, nubladas por los años y el humo, no podían enfocar, pero en ese instante pareció ver mil veces mejor, y más lejos, que cualquiera en esa sala. Su rostro era un mapa geológico del dolor gitano.
—Sorina. Acércate.
Sorina caminó, sintiendo que las rodillas le fallaban, y se dejó caer sobre la alfombra, junto al calor abrasador de la estufa, frente a su abuela.
Las manos frías y venosas de la anciana emergieron de las faldas y tomaron las suyas. El agarre fue sorprendentemente fuerte, de un acero férreo. Nadya sostuvo las manos juveniles de Sorina, apretándolas, con los ojos cerrados durante un momento larguísimo. Sus pulgares acariciaron los callos dejados por la pluma del colegio, repasaron el frío metal de sus pulseras y palparon la fuerza latente, dormida, debajo de su piel.
Cuando la anciana abrió los ojos, los tenía húmedos, brillando con el reflejo anaranjado y letal del fuego.
Tiró bruscamente de las manos de Sorina, obligándola a inclinarse hacia adelante. Se acercó a su oído.
Y le susurró.
Fue un murmullo raspado y arcano, completamente imperceptible para Mara, que las observaba aterrada desde la cocina.
Las palabras se derramaron en el oído de Sorina como plomo hirviendo. Fueron dictadas directamente desde el útero de sus ancestros, secretos del alma que solo se transmiten la noche anterior a los grandes exterminios. Un nombre. Una confirmación absoluta de la herencia maldita y milagrosa que corría por sus venas, atándola irremediablemente a un fantasma con una costilla rota.
Eran palabras monumentales que Sorina escuchó con los ojos desorbitados, tragándolas en el acto para sepultarlas en el rincón más oscuro e inaccesible de su propia mente; allí donde se esconden las verdades que son demasiado inmensas como para atreverse a decirlas en voz alta sin perder la razón.
Cuando la abuela se apartó de su rostro y la soltó, Sorina estaba pálida como un lienzo mortuorio. Sus pupilas temblaban de manera espasmódica, y las lágrimas del impacto cristalizaban sus enormes ojos oscuros, negándose a caer.
Desde la cocina, Mara apretó los labios hasta volvérselos blancos, respetando el peso de un misterio ancestral que no le pertenecía a ella y que, en el fondo, agradecía no tener que cargar.