El aire en la mansión de Kensington se volvió asfixiante. Kimberly entendió que confrontar a Paolo directamente era una sentencia de muerte. Copió una porción de los archivos en un disco físico aislado y contactó a un inspector jefe de Scotland Yard a través de un canal anónimo.
Quedaron de encontrarse en un café discreto en Paddington. Kimberly, paralizada por el miedo, le entregó la unidad USB con las pruebas de las muertes y el encubrimiento del incidente de Leeds.
—Esto es gravísimo, Sra. Sanguinetti —dijo el inspector, revisando los archivos en una tableta segura—. Quédese tranquila. La llevaremos a un lugar seguro mientras emitimos las órdenes de captura.
Pero la salvación era una ilusión. Dos horas después, mientras Kimberly esperaba en una estación de policía secundaria, vio entrar al inspector junto a dos hombres maduros con trajes oscuros. Uno de ellos era un alto funcionario del Ministerio del Interior británico; el otro, el jefe de seguridad de Aetheria.
—La tecnología del Sr. Sanguinetti representa el futuro de la defensa nacional, inspector —escuchó decir al político con fría indiferencia desde el pasillo—. Esta joven está atravesando un episodio severo de paranoia postraumática. Devuélvanla a su esposo.
La corrupción policial y la protección política sobre Paolo eran absolutas. Las implicaciones militares de la nanotecnología hacían que los gobiernos cerraran los ojos ante los cadáveres.