Seis meses después.
La luz cálida del atardecer caía sobre las montañas de la sierra nevada en un rincón apartado del norte de Colombia. Lejos de las frías aulas de Cambridge, de las torres de cristal de Londres y de la sombra de la aristocracia europea, el silencio del campo solo era interrumpido por el murmullo del viento sobre los árboles.
Kimberly permanecía sentada en el corredor de una casa de madera, sosteniendo una taza de café caliente. Vistía ropa sencilla de lino. En su muñeca izquierda llevaba un brazalete médico de monitoreo magnético constante, diseñado por la Dra. Elena Vance.
El escándalo de Aetheria Technologies había sacudido los cimientos de la política europea. La difusión masiva de los archivos de Leeds y los registros del Proyecto Crisálida provocó la caída de dos ministros en el Reino Unido, la disolución inmediata del conglomerado financiero Sanguinetti y el arresto de decenas de científicos e intermediarios políticos en todo el continente.
Sin embargo, para Kimberly, la guerra no había terminado por completo.
La Dra. Elena Vance, quien ahora vivía bajo protección de testigos en un paradero desconocido en Sudamérica, realizaba análisis semanales de su sangre. El choque térmico en el mar del Norte y la destrucción del servidor central habían neutralizado la replicación masiva de la nanotecnología en su cuerpo, pero no la habían eliminado por completo.
Los nanobots permanecían latentes en su médula, inactivos, como un ejército dormido en sus células. Kimberly ya no era del todo humana, ni tampoco la marioneta que Paolo había soñado. Era una superviviente, un testigo viviente del límite al que la ambición humana podía llegar cuando la ciencia perdía la conciencia.
Se llevó la mano al cuello, sintiendo el latido lento y constante de su corazón.
En la mesa del corredor, un periódico local mostraba en primera plana la noticia de la subasta de los bienes embargados a la familia Sanguinetti. Pero entre las páginas interiores, un pequeño artículo de investigación llamaba su atención: un servidor cuántico secundario, perteneciente a una filial desconocida de Aetheria en Ginebra, había sido encendido de forma anónima durante tres segundos la noche anterior antes de volver a desaparecer de la red.
Kimberly miró hacia las montañas mientras el sol se ocultaba en el horizonte.
Bajo la piel de su mano derecha, justo donde el diamante del anillo de compromiso de Paolo solía descansar, una microscópica chispa de luz azul parpadeó por un milisegundo antes de extinguirse en la penumbra.
El veneno del amor de Paolo estaba dormido, pero el código... el código nunca moriría del todo.