CÓdigo CrisÁlida: El Veneno De TÚ Amor

CAPÍTULO X: LA ESTACIÓN BIOLÓGICA

Para cuando el sol ascendió tras una bruma de esmog sobre el puerto de Tilbury, al este de Londres, Kimberly había logrado camuflarse entre los trabajadores nocturnos de la zona de carga gracias a una chaqueta robada de un almacén. La unidad USB que le dio Mateo quemaba en su bolsillo.

​Siguiendo las coordenadas escritas a mano por el profesor antes de ser capturado, se dirigió a una nave industrial aparentemente abandonada en los márgenes de los astilleros: un laboratorio de análisis independiente que operaba fuera del registro sanitario británico.

​Allí la esperaba la Dra. Elena Vance, hermana distanciada del director científico de Aetheria. A diferencia de su hermano Klaus, Elena había huido de la corporación dos años atrás tras presenciar los primeros ensayos con humanos.

​—Siéntate y no te muevas —ordenó Elena, cerrando con tres cerrojos la puerta de acero reforzado del laboratorio subterráneo.

​La habitación estaba abarrotada de monitores antiguos, centrífugas y jaulas de contención vacías. Elena conectó un escáner óptico de grado médico al brazo de Kimberly. En cuanto el haz de luz roja cruzó la piel de la joven, los monitores comenzaron a emitir un pitido frenético y agudo.

​—Dios mío... Klaus lo logró —murmuró Elena, llevándose las manos a la boca. La pantalla mostraba la estructura espinal de Kimberly completamente envuelta en un capullo de filamentos sintéticos que se ramificaban hacia la base de su cráneo—. No solo están replicándose; están reescribiendo tu código genético. Los nanobots están sustituyendo las cadenas de ADN de tu médula ósea por polímeros autorreplicantes.

​—¿Cuánto tiempo me queda antes de perder el control? —preguntó Kimberly, luchando por mantener la voz firme.

​—Menos de cuarenta y ocho horas —respondió Elena, mostrando en pantalla las autopsias de los primeros sujetos de prueba de Aetheria—. Mira esto.

​Las imágenes en el monitor eran escenas sacadas de un infierno biológico. Los voluntarios que sufrieron rechazo a la nanotecnología no simplemente murieron: sus cuerpos se convirtieron en esculturas de carne petrificada y silicio. Los nanobots, al no recibir la secuencia de contención adecuada, consumieron el calcio de los huesos y el agua de los tejidos, convirtiendo a los sujetos en estatuas de metal orgánico con rostros congelados en agonía.

​—Esta fue la razón por la que Paolo incendió la planta de Leeds —explicó Elena con amargura—. El prototipo se descontroló en el aire. Catorce ingenieros se convirtieron en masa sintética en menos de veinte minutos. Paolo no quemó la fábrica para salvar a la ciudad de una infección ambiental; la quemó para que el Ministerio de Defensa no viera que su "soldado perfecto" se transforma en una masa monstruosa cuando el servidor cuántico sufre una interferencia.

​—Paolo me dijo que la señal de control está en Suiza —dijo Kimberly.

​—No en Suiza. Eso era una trampa de distracción —corrigió Elena, señalando una coordenada en el mapa de cobertura de red de Aetheria—. El servidor cuántico primario, el transmisor que sostiene el pulso maestro de activación de tu sangre, está montado en el yate privado de Paolo, el Aetheria IV, anclado actualmente en aguas internacionales frente a la costa de Newcastle. Desde allí, mediante enlace satelital, está conectado directamente con los servidores del Ministerio del Interior.

​El rostro de Elena se volvió sumamente grave.

​—Si Paolo activa el servidor cuántico a máxima potencia, todos los nanobots en tu cuerpo se encenderán simultáneamente. Dejarás de ser dueña de tus músculos, de tus ojos y de tu voz. Serás una marioneta biológica atrapada dentro de tu propia mente.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.