CÓdigo CrisÁlida: El Veneno De TÚ Amor

CAPÍTULO XIII: NOCHE DE FUEGO Y SAL

El agua del océano estaba tan fría que cortaba la respiración como un filo de acero. Al sumergirse en la oscuridad salada, el impacto térmico causó un fenómeno inesperado dentro de la sangre de Kimberly.

​Los nanobots, diseñados para reaccionar ante los cambios de temperatura extremos para proteger las funciones vitales del huésped, entraron en un estado de hibernación inducida por la hipotermia. La sensación de fuego ardiendo en sus venas se apagó de golpe, reemplazada por un entumecimiento helado.

​Salió a la superficie tomando una gran bocanada de aire salado. A unos cincuenta metros de distancia, la mole silueta del Aetheria IV se hundía lentamente. Desde la cubierta superior, las hélices del helicóptero de la nave comenzaron a girar entre chispas.

​Kimberly nadó con todas sus fuerzas alejándose de la corriente de succión que generaba el yate al hundirse. La tormenta sacudía las olas, elevándola y hundiéndola en la penumbra.

​A lo lejos, las luces del helicóptero de Paolo se elevaron en la noche. Pero antes de que la aeronave pudiera ganar altura para perderse en las nubes, el cielo nocturno se iluminó con el resplandor de potentes reflectores. Dos helicópteros de combate de las fuerzas especiales de la Marina Real británica surgieron entre la niebla, interceptando la vía de escape del helicóptero de Aetheria.

​—Aeronave privada Aetheria-One, está volando en espacio aéreo restringido bajo orden de captura internacional. Aterrice de inmediato o será interceptado —resonó una voz magnificada por megáfonos desde el cielo.

​Kimberly observó desde el agua cómo el helicóptero de Paolo intentó una maniobra evasiva desesperada hacia el este. Sin embargo, no hubo disparos. Desde la sombra de las nubes, un pulso de luz invisible —un ataque electromagnético táctico emitido por una fragata militar que se aproximaba a la zona— apagó de golpe los motores del helicóptero de Paolo. La aeronave perdió sustentación, cayó en barrena y se estrelló de lleno contra el océano, estallando en una bola de fuego que iluminó las olas oscuras.

​La explosión retumbó en los oídos de Kimberly mientras el calor de la onda expansiva rozaba la superficie del mar.

​Flotando sobre un resto de madera del yate que flotaba a su lado, Kimberly miró las llamas extinguirse bajo la lluvia. Paolo, su imperio, su visión enfermiza del futuro y la aterradora pasión que los había unido se disolvían en la inmensidad del mar del Norte.

​Minutos después, la luz de un reflector de rescate enfocó directamente su rostro desde una lancha rápida de la Guardia Costera.




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