CÓdigo CrisÁlida: El Veneno De TÚ Amor

CAPÍTULO V: LA FUGA

Sabiéndose atrapada en una telaraña de poder, Kimberly logró escapar por la salida de incendios de la comisaría antes de que la interceptaran. Corrió bajo la lluvia helada de Londres, sabiendo que su teléfono, sus tarjetas y su identidad estaban comprometidos.

​Llegó a la residencia de Kensington pasada la medianoche para recuperar su pasaporte real y dinero en efectivo escondido. Sin embargo, al cruzar la puerta del salón principal, las luces se encendieron.

​Paolo estaba sentado en el sofá de cuero, sosteniendo una copa de vino. En la mesa, el disco USB que ella le había entregado al policía. Su rostro no reflejaba ira, sino una tristeza aterradora y profunda.

​—Kimberly... ¿por qué fuiste a buscar donde no debías? —preguntó Paolo, su voz vibrando con una mezcla de amor y amenaza—. Todo lo que he construido, cada sacrificio... es para asegurar el próximo paso de la humanidad. Y yo quería compartir ese nuevo mundo contigo.

​—¡Esos experimentos son monstruosos, Paolo! —gritó Kimberly, retrocediendo hacia la puerta—. ¡Asesinaste a esa gente en Leeds! ¡Financias a monstruos!

​—No eran monstruos, eran pioneros —dijo Paolo, poniéndose de pie lentamente—. Los primeros intentos siempre tienen margen de error. Pero ahora la fórmula es estable, mi amor. La nanotecnología en tus venas te hará inmune a las enfermedades, al envejecimiento... te hará perfecta.

​Un escalofrío helado recorrió la espalda de Kimberly.

​—¿De qué estás hablando? —murmuró, horrorizada.

​—Las vitaminas que te daba cada mañana... los suplementos en nuestros viajes —Paolo sonrió con una ternura escalofriante, avanzando hacia ella—. Ya está en ti. Los nanobots están latentes, esperando la frecuencia de activación. No tienes a dónde ir, Kimberly. Tu cuerpo me pertenece tanto como tu corazón.

​El pánico se convirtió en adrenalina pura. Kimberly tomó un pesado jarrón de bronce de la consola lateral y lo estrelló con toda su fuerza contra el ventanal del jardín, rompiendo el cristal blindado. Corrió hacia la penumbra de la noche, mientras las sirenas de los servicios de seguridad privada de Aetheria comenzaban a aullar a lo lejos. La cacería por el secreto más oscuro de la ciencia acababa de comenzar.




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