En la sierra, la tormenta eléctrica finalmente se desató a medianoche. Rayos cegadores iluminaban el bosque de niebla mientras los truenos hacían retumbar las paredes de la cabaña.
Elena intentaba descifrar el código de la señal fantasma cuando las luces del lugar parpadearon y se apagaron por completo. El generador diésel del exterior dejó de funcionar de golpe.
—Cortaron la energía —dijo Elena, alcanzando su linterna.
—No fue un corte de luz —dijo Kimberly, mirando su brazalete de monitoreo.
La pantalla del dispositivo, que antes marcaba cero, ahora parpadeaba descontroladamente en color rojo. La cifra de concentración electromagnética en sus venas se estaba multiplicando exponencialmente.
ADVERTENCIA: CAMPO ELECTROMAGNÉTICO EXTERNO DETECTADO.
FRECUENCIA DE ENLACE: 433.92 MHz [SINCRO-CUÁNTICA]
Fuera de la cabaña, el sonido de las gotas de lluvia al golpear las hojas fue reemplazado por un zumbido agudo y persistente. No eran vehículos ni helicópteros; eran drones de sigilo de tamaño reducido que sobrevolaban el perímetro, proyectando un campo de resonancia electromagnética diseñado para excitar los nanobots inactivos en el cuerpo de Kimberly.
—Nos encontraron —dijo Kimberly, sintiendo cómo el calor sofocante volvía a encenderse bajo la piel de su pecho—. Elena, tienes que irte por el paso del río.
—No te voy a dejar aquí sola —protestó la científica, sacando una inyección de emergencia con una solución bloqueadora de campos magnéticos.
—Si te atrapan a ti, nadie sabrá cómo destruir la red orbital de Aetheria —dijo Kimberly, sujetando a Elena por las manos—. Toma la computadora con los datos de las frecuencias y vete. ¡Ahora!
Un estallido ensordecedor reventó la puerta principal de la cabaña. Una granada aturdidora rodó por el suelo de madera, liberando un destello blanco y una onda de choque sónica que derribó a Elena al suelo.
Hombres vestidos con trajes tácticos negros y visores nocturnos irrumpieron en la estancia. No llevaban armas de fuego convencionales, sino rifles de emisión de pulsos electromagnéticos de baja frecuencia, diseñados para paralizar el sistema nervioso sin causar daño físico.
Kimberly cayó de rodillas mientras la frecuencia en el aire afectaba directamente su sistema motor. Pero esta vez, el dolor no la paralizó por completo.
Meses de convivencia con la nanotecnología en su cuerpo habían alterado su neuroquímica. Cuando uno de los mercenarios se acercó para colocarle los grilletes biométricos, Kimberly sintió cómo una oleada de energía recorría sus brazos. Sin pensarlo, sujetó el cañón del rifle del soldado.
Los nanobots en sus manos, estimulados por el campo del arma, reaccionaron como un conductor biológico. Una descarga de corriente estática atravesó el rifle, cortocircuitando los sistemas electrónicos del traje del mercenario y arrojándolo hacia atrás con violencia.
El líder del equipo táctico dio un paso atrás, sorprendido.
—¡Aumenten la frecuencia del emisor a la fase cinco! —ordenó el comandante por la radio de su casco—. ¡Sujétenla antes de que la carga se descontrole!
Desde la penumbra de la entrada destruida, una figura alta emergió lentamente entre el humo de la granada y la bruma de la lluvia.
Vistiendo un abrigo oscuro y sosteniendo un transmisor portátil de pulso cuántico, Paolo caminó hacia el centro de la habitación. Su presencia silenció el caos de los soldados.
—Déjenos solos —ordenó Paolo con voz serena.
Los mercenarios retrocedieron inmediatamente, guardando posición en el perímetro exterior de la cabaña destruida.
Elena, aturdida en el suelo, intentó alcanzar el maletín, pero Paolo pisó la correa de cuero sin siquiera mirarla.
—Doctora Vance... qué decepción verte colaborando con la prensa y la inteligencia enemiga —dijo Paolo, manteniendo la vista fija en Kimberly—. Deberías saber mejor que nadie que la ciencia no se detiene por escrúpulos morales.
Kimberly se levantó despacio, apoyándose en la mesa. Las venas de sus brazos brillaban con un tono azul Intenso, pero sus ojos reflejaban una determinación helada.
—Volviste por mí... —dijo Kimberly, con la voz firme.
—Nunca me fui, Kimberly —respondió Paolo, dando un paso hacia ella y extendiendo su mano limpia—. El yate, la explosión, los juicios en Europa... solo fueron el ruido de fondo. El nuevo laboratorio en las instalaciones orbitales está listo. Esta noche cerraremos el ciclo. Vendrás conmigo y juntos seremos los arquitectos de la nueva era.
Kimberly miró la mano extendida de Paolo, la misma mano con la que le había sostenido el rostro en las noches de Italia, la misma mano que había firmado la orden para quemar vivos a doce seres humanos en Leeds.
—No hay un 'nosotros', Paolo —dijo ella, cerrando el puño mientras la energía electromagnética en su cuerpo alcanzaba el punto crítico—. Solo quedamos la máquina que creaste... y la mujer que te va a destruir.