CÓdigo CrisÁlida: El Veneno De TÚ Amor

CAPÍTULO XV: LA SEÑAL FANTASMA

La bruma de la sierra se espesaba al caer la noche sobre el valle. En la pequeña cabaña de madera, el silencio solo era interrumpido por el leve zumbido del monitor magnético que Kimberly llevaba en la muñeca. La pequeña pantalla de tinta electrónica mostraba un gráfico estable: cero actividad electromagnética detectada en su torrente sanguíneo.

​Sin embargo, Kimberly sabía que los datos biométricos no contaban la historia completa.

​Al tocar la mesa de madera, sintió una vibración minúscula, una micro-frecuencia que no provenía de la superficie, sino del interior de sus propios yemas de los dedos. Se levantó de la mesa y caminó hacia la pequeña computadora portátil conectada a una antena satelital privada que Elena Vance le había proporcionado.

​En la pantalla, el programa de rastreo de nodos no registrados parpadeaba en color ámbar.

​El servidor cuántico secundario detectado en Ginebra no había sido una anomalía aislada. En las últimas cuatro horas, tres servidores espejo más se habían activado de forma coordinada durante fracciones de segundo en Zúrich, Singapur y un centro de datos no rastreable en el desierto de Nevada. La secuencia de activación no buscaba tomar el control de infraestructuras globales; era un protocolo de búsqueda. Un "ping" cuántico diseñado específicamente para localizar la frecuencia única de los nanobots que corrían por sus venas.

​Un golpe suave en la puerta trasera de la cabaña hizo que Kimberly se sobresaltara. Instintivamente, su mano fue hacia el cajón de la mesa, donde guardaba un arma corta con silenciador.

​—Soy yo, Kimberly —la voz de Elena Vance llegó ahogada desde el exterior.

​Kimberly abrió la puerta rápidamente. Elena entró tiritando, cubierta con un poncho impermeable empapado por la llovizna. Llevaba bajo el armazón un maletín de aluminio reforzado con sellado criogénico.

​—Tenemos un problema grave —dijo Elena, dejando el maletín sobre la mesa sin quitarse el abrigo—. La orden de embargo sobre los laboratorios de Aetheria en Europa fue una farsa.

​—¿De qué hablas? —preguntó Kimberly, cerrando con doble cerrojo—. Los periódicos confirmaron la disolución de la empresa y la incautación de todos los activos por orden de la Interpol.

​—Se incautaron los inmuebles y las patentes comerciales, pero los prototipos biológicos de la fase cuatro desaparecieron antes de que la policía cruzara la puerta del complejo en Ginebra —Elena abrió el maletín, revelando un lector espectrográfico de última generación—. Los hombres que interceptaron el barco de Paolo no eran de la Marina Real británica.

​Kimberly sintió cómo un balde de agua helada caía sobre su espalda.

​—Las luces de los helicópteros... la orden de captura por megáfono... —murmuró Kimberly, recordando la noche en el mar del Norte.

​—Fue una escenificación militar para fingir la muerte de Paolo y la destrucción del yate ante la opinión pública y los medios internacionales —reveló Elena con amargura—. Sir Richard Croft y la cúpula del Ministerio de Defensa británico organizaron la extracción. Paolo no murió en la explosión del helicóptero; fue evacuado en un sumergible privado segundos antes de que la nave vacía fuera derribada.

​Kimberly se apoyó contra la pared. El rostro de Paolo, su mirada de devoción absoluta y enfermiza, volvió a su mente con la fuerza de un impacto.

​—Está vivo... —susurró ella.

​—Está vivo, y la fuga de información que provocaste solo lo obligó a acelerar el proyecto —dijo Elena, ajustando el sensor espectrográfico en el brazo de Kimberly—. Las señales fantasma que estás viendo en la red no son para reactivar tus nanobots de forma destructiva, Kimberly. Está usando la red para rastrear tu posición exacta a través de la firma cuántica de tu médula.




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