Aprovechando la ceguera tecnológica y el caos de los mercenarios, cuyos visores nocturnos habían quedado inutilizados y quemados por la sobrecarga, Kimberly reaccionó. El dolor en sus articulaciones era insoportable, pero la libertad de su movimiento había regresado.
Se abalanzó sobre el soldado que custodiaba a Elena, derribándolo con un golpe certero impulsado por la fuerza residual de sus músculos. Tomó a Elena por el brazo y la levantó del suelo.
—¡Al vehículo! —gritó Kimberly, apuntando hacia la camioneta todo terreno de los mercenarios aparcada en el sendero, cuyos sistemas analógicos de motor mecánico aún podían responder al encendido manual.
Elena, sangrando por un corte en el pómulo pero sosteniendo firme el disco duro con los datos de las frecuencias, corrió hacia el vehículo. Kimberly cubrió la retirada.
Desde la penumbra de la cabaña en ruinas, Paolo se puso de pie. Tenía la mano izquierda gravemente ampollada por la explosión del transmisor, pero su figura se recortaba contra la luz de un relámpago con una determinación implacable.
—¡No puedes huir de lo que llevas en la sangre, Kimberly! —gritó Paolo sobre el estruendo del trueno. Su voz resonaba con una mezcla de furia y desesperación—. ¡La frecuencia de la estación orbital se activará en cuarenta y ocho horas! ¡A donde vayas en este planeta, la red te encontrará!
Kimberly no respondió. Subió al asiento del conductor de la camioneta, acopló los cables de encendido de emergencia bajo el tablero y pisó el acelerador a fondo. Las ruedas rugieron sobre el barro de la sierra, lanzando una estela de lodo mientras el vehículo se hundía en la oscuridad del bosque de niebla.
A través del espejo retrovisor, Kimberly vio la silueta de Paolo de pie en medio de la carretera destruida, inmóvil bajo la lluvia, observando cómo la mujer a la que había jurado dominar se perdía una vez más en la noche.