El sótano bajo la vieja imprenta de Camden olía a tinta rancia, ozono y humedad. Mateo Alarcón ajustó una lámpara industrial sobre la mesa de operaciones improvisada mientras Kimberly se sentaba, exhausta y pálida.
Mateo colocó un microscopio digital de alta definición sobre la piel del antebrazo de Kimberly. Con una aguja esterilizada, extrajo una pequeña gota de sangre y la colocó en un portaobjetos. La imagen se proyectó en un monitor CRT antiguo, desconectado de cualquier red.
Lo que vieron en la pantalla hizo que Mateo retrocediera un paso.
En lugar de los glóbulos rojos flotando de forma natural, miles de estructuras geométricas microscópicas, de forma microscópica y brillante, se ensamblaban entre sí formando cadenas hexagonales. Al acercar la aguja de un imán a la muestra, las partículas reaccionaron al instante, reorganizándose en un patrón defensivo.
—Esto no es medicina, Kimberly... —dijo Mateo, con la voz temblorosa—. Es un ejército microscópico. Se alimentan de la glucosa de tu organismo para replicarse.
—Paolo dijo que la frecuencia de activación ya estaba lista —dijo Kimberly, conteniendo las lágrimas—. ¿Hay alguna forma de destruirlos? ¿Con antibióticos, con diálisis?
—No. Cualquier alteración química drástica en tu sangre podría hacer que los nanobots interpreten la amenaza como un ataque y liberen toxinas para neutralizar al huésped. Es decir, te matarán en minutos —explicó Mateo, examinando los esquemas que Kimberly había logrado descargar antes de huir—. La única forma de desactivarlos es obteniendo la clave del pulso electromagnético maestro que Paolo guarda en el servidor central de la planta subterránea en Suiza.
Un golpe seco resonó en la puerta de madera del piso superior.
Ambos se congelaron. El sonido de pasos pesados rompió el silencio de la imprenta abandonada.
—Sé que estás aquí, Kimberly —la voz de Paolo resonó a través del sistema de altavoces del edificio, distorsionada pero inconfundible—. No compliques más las cosas. El profesor Alarcón es un simple economista; no entiende la magnitud de lo que llevas dentro.
Mateo agarró un maletín duro con suministros médicos y le hizo una señal a Kimberly hacia el túnel de carga posterior.
—Vete por el pasaje de las alcantarillas —susurró Mateo—. Te conseguí una identificación falsa y un pasaje de barco hacia Holanda.
—No te voy a dejar solo, profesor —protestó Kimberly.
—Si nos atrapan a los dos, la verdad muere aquí —replicó Mateo, entregándole una unidad de memoria cifrada—. Aquí están las identidades de las familias de las víctimas de la fábrica de Leeds. Haz que el mundo lo sepa.
La puerta del sótano cayó derribada por una explosión controlada. Polvo y humo llenaron la habitación mientras hombres armados con trajes tácticos sin insignias irrumpían en el recinto.
Kimberly corrió hacia la escotilla del túnel subterráneo justo cuando los primeros disparos resonaron a sus espaldas. Al cerrar la puerta de hierro, escuchó la voz de Paolo resonar con una calma aterradora desde el piso de arriba:
—Búsquenla. Y asegúrense de que no sufra ningún daño... su cuerpo es el activo más valioso de esta compañía.
Sola en las tinieblas de los subterráneos de Londres, sintiendo cómo el calor de la nanotecnología quemaba levemente sus venas, Kimberly comprendió que la fuga ya no era una opción. Para sobrevivir, tendría que destruir el imperio de Paolo desde su corazón mismo.