El aire de los túneles victorianos de drenaje bajo Camden era un aliento denso de moho, agua estancada y óxido. Kimberly avanzaba a tropezones, usando la linterna del teléfono secundario de Mateo como un débil faro. Detrás de ella, las vibraciones de las botas tácticas sobre las rejillas de hierro se amortiguaban con la distancia, pero el auténtico terror no venía de los cazadores de Paolo: venía de su propio organismo.
Bajo la piel de su cuello, una red de filamentos azulados comenzó a pulsar al ritmo de su taquicardia. El dolor no era agudo; era una sensación invasiva, fría y mecánica, como si miles de agujas invisibles estuvieran tejiendo una segunda estructura ósea dentro de sus clavículas. Kimberly se apoyó contra la pared de ladrillo húmedo, ahogando un grito. Al mirar sus manos, vio cómo la luz de la linterna revelaba microscópicas geometrías que se desplazaban bajo su epidermis, contorsionando los capilares en formas fractales.
El Proyecto Crisálida no pretendía mejorar al ser humano; lo estaba devorando para construir algo sintético sobre sus restos.
Un susurro estático rompió el silencio del túnel. No venía de la linterna ni de ningún canal externo: la voz resonó directamente dentro de sus tímpanos, transmitida por conducción ósea a través de los nanobots acoplados a sus huesos auditivos.
—Es inútil correr, Kimberly —la voz de Paolo sonaba cristalina, íntima, como cuando le susurraba al oído en las noches de Kensington—. El proceso de gestación ha entrado en la fase tres. Tu cerebro está empezando a traducir nuestras frecuencias cuánticas. Pronto dejarás de sentir miedo.
—¡Sálte de mi cabeza! —gritó Kimberly, golpeándose el lateral de la sien contra la pared en un acto de desesperación instintiva.
—¿No lo entiendes, mi amor? —prosiguió la voz, con una cadencia pálida y suave que resultaba escalofriante—. Las bajas en Leeds, los sujetos de prueba en los asilos de Europa del Este... no eran crueldad. Eran el abono necesario. La materia orgánica es débil, corruptible, propensa al cáncer y a la muerte. Te estoy regalando la eternidad. Tu mente mantendrá tu belleza, pero tu cuerpo será indestructible.
Kimberly apretó los dientes, sintiendo un sabor metálico e intenso a hierro y azufre en la boca. Vomitó una sustancia oscura y viscosa sobre el agua negra del canal. Al iluminar el suelo, vio que el fluido no era sangre: era una masa densa de nanobots defectuosos expulsa por la reacción defensiva de su estómago. La masa en el suelo se movió por sí sola antes de disolverse en el agua fluida.
Con la visión borrosa y el pulso alterado, Kimberly continuó arrastrándose hacia la salida que daba a los muelles del canal de Regent.