El silencio que siguió a las palabras de Kimberly fue más denso que la propia tormenta. Entre las paredes destruidas de la cabaña, el viento de la sierra arrastraba la llovizna helada, haciendo chispear los cables rotos del techo. Paolo no retrocedió. Su rostro, iluminado por la luz azul que emanaba de la piel de Kimberly, mantuvo esa compostura aristocrática que alguna vez la fascinó, pero sus ojos delataban una mezcla de fijación maniática y tristeza.
—La mujer que me va a destruir... —repitió Paolo en un susurro, dibujando una sonrisa amarga—. Qué trágica e insostenible ilusión, Kimberly. La mujer de la que me enamoré en Cambridge buscaba la verdad detrás de las cifras. La mujer que está de pie frente a mí hoy es el resultado más puro de mi propia ciencia. Tu rabia, tu fuerza, esa descarga bioeléctrica que estás conteniendo... no son tuyas. Son la manifestación del Proyecto Crisálida.
—Mis emociones no son tu código, Paolo —respondió ella, dando un paso al frente. El suelo de madera crujió bajo su bota.
—¿Estás segura? —Paolo alzó el dispositivo táctil de su mano izquierda. Con un toque sutil de su pulgar, alteró la frecuencia del campo electromagnético de la habitación.
De inmediato, una ola de choque invisible atravesó el cuerpo de Kimberly. No fue parálisis, sino una interferencia directa en su sistema nervioso simpático. Su ritmo cardíaco se disparó a 180 pulsaciones por minuto sin que ella pudiera frenarlo. La luz azul de sus arterias comenzó a pulsar en un patrón rítmico, sintonizado exactamente con el parpadeo del dispositivo de Paolo.
—Cada pico de adrenalina que sientes, cada impulso de luchar o huir, está calibrado por la densidad de los polímeros en tu médula —explicó Paolo, avanzando lentamente mientras los mercenarios observaban desde la bruma exterior—. Te di la capacidad de sobrevivir a la violencia del mundo. Sin mí, esa misma carga te consumirá en cuestión de semanas. Tu cuerpo está rechazando la materia orgánica; necesitas la calibración diaria desde un nodo cuántico maestro para no degenerar como los sujetos de Leeds.
En el suelo, Elena Vance intentó arrastrarse hacia el maletín de aluminio. Paolo, sin siquiera mirarla, hizo una breve seña con la cabeza. Uno de los hombres de negro avanzó y presionó la bota contra la espalda de la científica, inmovilizándolos en el acto.
—¡Déjala ir! —gritó Kimberly.
—Elena es un eslabón obsoleto —dijo Paolo con frialdad—. Pero tú... tú eres el centro de todo. Vendrás conmigo a la plataforma orbital Aetheria Prime. Allí no hay gobiernos, no hay jueces, no hay prensa. Solo la frontera final de la evolución.
Kimberly sintió que la vista se le nublaba. El calor en sus venas estaba alcanzando una temperatura crítica; la piel de sus brazos comenzaba a enrojecerse y el aire alrededor de sus manos distorsionaba la luz como el asfalto bajo el sol de mediodía. Comprendió que si intentaba un ataque físico directo, el campo de distención del dispositivo de Paolo neutralizaría su impulso antes de que pudiera tocarlo.
Tenía que usar la única variable que Paolo jamás pudo calcular en sus simulaciones: la autodestrucción.
—¿Querías una creación perfecta, Paolo? —dijo Kimberly, forzando a su corazón a mantener el ritmo acelerado, canalizando todo el cortisol de su organismo hacia los nódulos sintéticos de su caja torácica—. Entonces mira lo que pasa cuando el sistema sobrepasa su límite de tolerancia.
En lugar de luchar contra la frecuencia del dispositivo, Kimberly dejó de resistirse. Abrió su mente al enlace cuántico. Permitió que la red de nanobots en sus arterias absorbiera toda la energía del campo electromagnético de la habitación, convirtiendo su propio cuerpo en un condensador biológico fuera de control.
Los monitores de los soldados comenzaron a emitir pitidos de pánico.
—¡Señor! —gritó el comandante de los mercenarios desde el umbral—. ¡La densidad de carga en el sujeto está superando los 120 kilovoltios por metro cuadrado! ¡Va a sufrir una ruptura celular masiva!
El rostro de Paolo perdió por completo el color. La seguridad mesiánica se disolvió instantáneamente en un terror primario.
—¡Kimberly, detente! —rugió Paolo, intentando ajustar el dispositivo para reducir la frecuencia—. ¡Si fuerzas el bucle térmico, te quemarás desde el interior! ¡Destruirás tu cerebro!
—No es mi cerebro lo que voy a destruir —dijo ella con una serenidad aterradora.
La piel de Kimberly brilló con un blanco incandescente. La onda de descarga bioeléctrica no se proyectó hacia afuera como un rayo; se expandió como una onda electromagnética pura en trescientos sesenta grados.
El impacto desactivó al instante todos los dispositivos electrónicos en un radio de cincuenta metros. Las luces tácticas de los mercenarios se apagaron; los emisores de pulso de sus armas estallaron en chispas; el dispositivo de Paolo enloqueció y se quemó en su propia mano, obligándolo a arrojarlo al suelo con un grito de dolor.
Los tres drones que sobrevolaban la cabaña cayeron del cielo como piedras pesadas, estrellándose contra el barro del patio.
La oscuridad regresó de golpe, interrumpida solo por el resplandor intermitente de los rayos de la tormenta.