El paisaje cambió drásticamente a medida que la camioneta dejaba atrás los bosques húmedos para adentrarse en la inmensidad árida de la península de la Guajira. Bajo un cielo estrellado y libre de nubes, el desierto parecía un mar de arena cenicienta. A lo lejos, rompiendo la línea plana del horizonte, se alzaba la silueta de la antigua instalación militar: una fortaleza de concreto rodeada por torres de comunicación de alta frecuencia y protegida por un domo geodésico que albergaba la antena de uplink satelital de Aetheria.
Dentro del vehículo, Kimberly sentía cómo la vibración en sus venas aumentaba a medida que se acercaban al complejo. Ya no era un dolor difuso, sino una resonancia continua, como si su propio esqueleto estuviera actuando como una antena receptora del satélite Aetheria Prime, que cruzaba la órbita baja exactamente sobre el Caribe.
—El campo electromagnético del transmisor central está a un 90 % de su capacidad de emisión —advirtió Elena, monitoreando la pantalla de la computadora—. La cuenta regresiva para la sincronización global ha comenzado. Quedan menos de dos horas para que la frecuencia de control alcance la potencia necesaria para activar los nanobots en todos los sujetos inoculados en el mundo.
Kimberly detuvo la camioneta a un kilómetro de la entrada principal, ocultando el vehículo entre las dunas. Descendieron a pie bajo la brisa cálida y salada del desierto.
—Toma esto —dijo Elena, entregándole un dispositivo del tamaño de un bolígrafo con una pequeña pantalla digital—. Es un inyector de sobrecarga EMP de contacto directo. Si logras conectarlo al módulo maestro del servidor dentro del domo, generará un cortocircuito en el canal cuántico antes de que la señal suba al satélite. Pero tienes que insertarlo manualmente en la consola central.
—¿Y tú? —preguntó Kimberly, ajustándose el cinturón táctico.
—Yo me quedaré en la torre de comunicaciones secundaria para sabotear las frecuencias de apoyo y evitar que llamen a refuerzos aéreos —respondió Elena con firmeza—. Kimberly... si el proceso de sincronización llega al 100 % antes de que destruyas la consola, no habrá vuelta atrás. Te convertirás en el nodo emisor principal y tu mente se borrará para siempre.
Kimberly asintió con la mirada. Se despidieron con un abrazo tenso y lleno de complicidad. Sin pronunciar una palabra más, Kimberly se deslizó en la penumbra del desierto hacia el perímetro fortificado.