El chasquido del núcleo cuántico al estallar resonó como un trueno dentro del casco del Aetheria IV. Un destello de luz violeta cegó la sala antes de que la penumbra completa se apoderara del superyate. Solo las luces de emergencia rojas, alimentadas por la batería de reserva, comenzaron a girar lentas sobre las paredes de acero y cristal.
El helio líquido, derramándose a presión desde el conducto fracturado, convirtió el suelo en una pista de hielo crujiente. El aire se volvió frío de inmediato, tanto que el aliento de Kimberly salía en densas nubes blancas. Sin la señal continua del servidor central para orquestar la masa sintética en su cuerpo, los nanobots dentro de sus arterias colapsaron en un bucle de desincronización.
El dolor que siguió no fue mecánico; fue abrasador. Kimberly sintió como si miles de finos hilos de cobre al rojo vivo se retorcieran bajo la piel de su cuello, su tórax y sus piernas. Cayó sobre sus rodillas, apoyando las manos en el suelo helado. Vio con horror cómo sus venas, antes marcadas por un tenue azul eléctrico, parpadeaban sin orden, amenazando con romper los capilares de sus brazos.
A pocos metros, Paolo se levantó entre la bruma del gas. Su rostro, habitualmente sereno y pulcro, era una máscara de desesperación y orgullo herido. Tenía la mejilla cortada por un fragmento de cristal congelado y un hilo de sangre corría por su barbilla.
—¡Eres una insensata! —gritó Paolo, avanzando con pasos pesados sobre el piso helado—. ¡Has interrumpido el ciclo de estabilización! Sin la señal de guía del núcleo, la entropía molecular de las unidades destruirá tu propio tejido celular en menos de una hora. ¡Te estás suicidando, Kimberly!
Kimberly apretó los dientes, manteniendo la mirada fija en él a pesar de la visión borrosa que la azotaba. La transmisión del archivo de Leeds a la red internacional seguía completándose en la pantalla del terminal de emergencia: 78 %, 82 %, 89 %...
—Prefiero... consumirme aquí —susurró ella, con la voz ahogada por el dolor— que permitir que uses mi cuerpo como el primer trofeo de tu nuevo imperio.
—¡No entiendes nada! —Paolo la sujetó por los hombros con una fuerza desesperada, levantándola del suelo. Su mirada estaba extraviada, atrapada entre el amor obsesivo y el pánico de perder la obra de su vida—. Te di la perfección. Te salvé de la mediocridad de un mundo que se cae a pedazos. ¿Crees que les importas a esos políticos o a los periodistas a los que les envías esos archivos? ¡Ellos me pidieron esto! ¡El Ministerio de Defensa financió cada fase porque querían soldados que no sintieran miedo, que no desangraran, que no murieran!
—Pero tú... tú fuiste quien decidió probarlo en seres humanos... en mí —respondió Kimberly, reuniendo la poca energía que le quedaba para escupir las palabras.
En la pantalla, un pitido verde interrumpió la discusión: TRANSMISIÓN COMPLETADA. ARCHIVOS DISTRIBUIDOS A 1,400 NODOS DE PRENSA Y ENTIDADES DE INTELIGENCIA GLOBAL.
Paolo miró la pantalla y su rostro cambió. Por primera vez desde que se conocieron en las aulas de Cambridge, la seguridad del magnate se desmoronó por completo. Las alarmas de inundación del barco comenzaron a bramar con mayor intensidad; la explosión del sistema de refrigeración había abierto una brecha en la sala de máquinas del yate, y la nave comenzaba a inclinarse peligrosamente hacia babor.
Un disparo retumbó desde la puerta del laboratorio. La bala impactó en la consola justo al lado de Paolo.
El Dr. Klaus Vance irrumpió en la sala con una linterna táctica y un arma en la mano, seguido por dos mercenarios del equipo de seguridad privada de Aetheria.
—¡Señor Sanguinetti, el barco se está hundiendo! —gritó Vance con pánico—. El agua inundó la sala de generadores principales. Las patrullas de la guardia costera británica y helicópteros no identificados han cambiado de rumbo hacia nuestra posición. La señal de emergencia emitida desde este barco activó todas las alertas de la aviación naval. ¡Tenemos que evacuar en el helicóptero de cubierta ahora mismo!
Paolo miró a Vance y luego a Kimberly. Se negó a soltarla.
—Tráiganla con nosotros —ordenó Paolo—. Traigan el maletín de contingencia con el antídoto de estabilización electromagnética. La curaremos en la instalación de Suiza.
—¡No hay tiempo! —protestó Vance, aterrado—. ¡Si traemos a la chica, el peso de las pruebas y los rastreadores en su organismo nos delatarán ante la aviación radar! ¡Está contaminada, Paolo! ¡El experimento fracasó!
—¡Dije que viene con nosotros! —rugió Paolo, desenfundando una pistola de su saco y apuntando directamente al pecho de su científico jefe.
Ese segundo de distracción fue la única oportunidad de Kimberly. Con el impacto de la marea haciendo escorar el barco bruscamente, el piso congelado hizo perder el equilibrio a los mercenarios. Kimberly inclinó su peso hacia atrás y se dejó caer contra el ventanal del laboratorio que daba a la cubierta inferior.
El cristal, ya debilitado por el impacto térmico del helio helado, se fracturó por completo. Kimberly cayó al vacío en medio de la tormenta nocturna, impactando contra las gélidas aguas del mar del Norte.