La lluvia torrencial sobre los adoquines de Kensington apenas lograba amortiguar el sonido de las sirenas que resonaban a lo lejos. Kimberly corría con los pulmones ardiendo, sintiendo cada pisada retumbar en sus sienes. No era solo la adrenalina del escape; una extraña vibración, sutil pero incesante, recorría su brazo izquierdo, justo donde las venas comenzaban a dibujarse bajo la piel con un leve tono azulado y luminiscente.
El veneno ya estaba en ella. Las palabras de Paolo resonaban en su mente como una condena: «Los nanobots están latentes... Tu cuerpo me pertenece».
Se refugió temporalmente en una cabina telefónica fuera de servicio cerca de Earl's Court. Con los dedos temblorosos, extrajo una segunda tarjeta SIM prepagada que guardaba en el forro de su abrigo y la insertó en un dispositivo móvil secundario, no vinculado a su cuenta personal. Necesitaba un aliado fuera de la red de corrupción que rodeaba a Aetheria.
Marcó el número de Mateo Alarcón, su antiguo profesor de Microeconomía en Cambridge y uno de los pocos académicos que se había atrevido a publicar artículos críticos sobre la concentración de patentes biotecnológicas en manos de corporaciones privadas.
—¿Hola? —la voz de Mateo sonaba distorsionada por el viento.
—Profesor... soy Kimberly —susurró, con la voz entrecortada—. No use mi nombre. Paolo... Aetheria... no es lo que parece. Tienen a la policía, tienen al gobierno. Necesito ayuda.
Hubo un silencio tenso al otro lado de la línea. Se escuchó el chasquido de un encendedor.
—Kimberly, escucha con atención —dijo Mateo, bajando la voz—. Hace tres días, un periodista de The Guardian que investigaba la cadena de suministro de Aetheria en Europa del Este apareció muerto en su apartamento en Praga. Dijeron que fue un paro cardíaco, pero sus análisis toxicológicos desaparecieron del sistema judicial. Si descubriste algo sobre el Proyecto Crisálida, estás en una lista de eliminación.
—Tengo las pruebas —respondió ella, apretando el auricular contra su oreja—. Pero Paolo... me inoculó los nanobots. Siento una pulsación en mi sangre.
—Dios mío... —Mateo respiró hondo—. No vayas a ningún hospital. Todos los laboratorios de análisis clínico en el Reino Unido usan software de diagnóstico licenciado por Aetheria. Si escanean tu sangre, el sistema enviará un aviso automático a los servidores centrales de Paolo. Ven a la estación de trenes de St. Pancras. Hay un taller clandestino en el sótano de una imprenta abandonada en Camden. Te enviaré la ubicación por un canal cifrado.
Antes de que Kimberly pudiera responder, la pantalla del teléfono secundario se volvió negra. Segundos después, la interfaz cambió a un fondo blanco con un único mensaje en texto rojo:
SANGRE DETECTADA. FRECUENCIA DE RASTREO ACTIVADA. PAOLO TE ESPERA EN CASA.
Kimberly arrojó el teléfono al suelo y lo pisoteó hasta destruirlo. Miró hacia la calle: dos camionetas negras con cristales tintados doblaban lentamente la esquina.