Llegó la tarde y Pria comenzó a prepararse.
Incluso eligió ponerse el vestido azul.
Estaba terminando de arreglarse cuando escuchó que alguien llegaba al pasillo.
Abrió la puerta y se encontró con Dante.
Venía de su paseo con Tomás.
Pria lo miró.
Quería hablarle.
Decirle algo.
Pero no se animaba.
Miró su reloj.
19:30.
Cerró la puerta detrás de ella y comenzó a caminar hacia el ascensor.
Entonces escuchó la voz de Dante.
-¿Irás a verlo, no?
Pria quedó inmóvil.
Se dio vuelta lentamente.
-Sí... debo hacerlo. ¿Por qué?
Quizás, en el fondo, estaba buscando una excusa.
Algo que Dante dijera para que ella se quedara.
Una palabra.
Una pregunta.
Cualquier cosa.
Pero Dante volvió a ser distante.
-Nada -dijo simplemente-. Buenas noches.
Y entró a su departamento.
Pria se quedó unos segundos mirando la puerta cerrada.
Después respiró profundamente y continuó su camino.
Tomó un taxi hasta el restaurante.
Antes de entrar tuvo que reunir fuerzas.
Respiró una vez.
Luego otra.
Su corazón latía con fuerza.
¿Debo entrar?
Por un instante dudó.
Pero sus pies comenzaron a caminar solos, como si una fuerza invisible la llevara hacia adentro.
Y ahí estaba.
Lucio.
Sentado en una mesa, sonriendo.
La misma de siempre.
La del fondo.
Todo el lugar parecía igual a aquella época en la que ella trabajaba allí.
El dueño y la otra camarera la reconocieron enseguida y la saludaron felices de verla nuevamente.
Pria sonrió apenas y caminó hasta la mesa.
Se sentó frente a él.
-Hola, Lucio.
-¡Hola, Pria! Gracias por venir. Me pone feliz que estés acá.
Ella lo miró fijamente.
-Es solo una cena.
-Sí, claro...
Lucio esbozó una media sonrisa.
La comida ya estaba servida. Él había pedido todo de antemano.
Mientras comían, Lucio comenzó a hablar del pasado.
Recordó momentos que habían vivido juntos en aquel lugar.
Historias.
Anécdotas.
Pequeños detalles que alguna vez los habían hecho felices.
Pria lo escuchaba y, de vez en cuando, asentía.
Pero su cabeza estaba en otro lugar.
En Dante.
¿Estará enojado?
Miró su plato.
¿Beberá esta noche también?
-Pria... ¿Pria? ¿Estás acá?
La voz de Lucio la hizo volver.
Él movía una mano frente a su rostro.
-Sí, sí... -respondió rápidamente-. Estaba pensando en lo que decías y me perdí. Disculpá.
Hizo una pequeña pausa.
-Sabés... ¿cómo está tu familia? Noté que nunca te pregunté por ellos.
-Muy bien -respondió Lucio-. Te mandan saludos. Se pusieron muy felices cuando les dije que íbamos a cenar esta noche.
Pria no preguntó nada más.
Quería que fuera él quien hablara.
Quería escuchar de sus propias palabras todo aquello que Roma le había contado.
Entonces cambió de tema.
-¿Y cómo te ha ido en tu trabajo?
-Excelente -contestó él-. Ahora decidí trabajar en proyectos propios.
Lucio sonrió.
-Pero no estamos acá para hablar de mi trabajo. Hablemos de vos. Quiero saber todo. Sos una gran artista y me pone muy feliz verte así.
Pria bajó la mirada.
-Sí... me va bien. Ha sido duro al principio, pero el trabajo en equipo valió la pena.
Sonrió levemente.
-Y las obras se venden bien. No me quejo.
-Vas a tener una gran exposición el mes que viene, ¿no? -preguntó Lucio, interesado.
-Sí. Por eso estamos trabajando mucho últimamente.
-Sabés que contás conmigo -dijo Lucio, señalándose a sí mismo-. Puedo ayudarte con los números, conseguir más compradores para tus obras y...
-Pará.
Lucio se detuvo.
-No necesito ayuda para eso. Estamos bien así.
-Roma es excelente y...
-Roma, por favor -dijo Lucio con cierta ironía-. No digo que sea mala. Digo que no tiene tanta experiencia. Y, seamos sinceros, nunca fue buena con los números.
Pria lo miró.
Y de repente lo vio todo claro.
-¿Sinceros?
Lucio frunció el ceño.
-¿Qué?
-Dijiste "seamos sinceros", ¿no?
Su voz había cambiado.
-Aparecés después de meses diciendo que me buscaste, que me extrañabas, que me amabas...
Lucio quedó inmóvil.
-¿Qué estás diciendo, Pria?
-Pero no es así, ¿verdad?
-¿Es por lo que dije de Roma? Perdón. Solo estaba dando una opinión. No quise ofenderte. Si vos decís que están bien, están bien.
Pria negó lentamente con la cabeza.
-No estoy hablando de Roma.
Lucio la miró confundido.
-Estoy hablando de por qué volviste.
Silencio.
Pria tomó su cartera.
Se levantó.
-¿A dónde vas? -preguntó Lucio.
-A casa.
-Pria...
-Esto fue inútil.
Salió del restaurante.
Lucio se levantó rápidamente y fue detrás de ella.
-¡Esperá, Pria!
Ella siguió caminando mientras buscaba un auto.
-¿Qué pasó? Estábamos bien. Podemos ir a tomar un helado y conversar.
Pria se detuvo.
Lo miró.
Y esta vez no había dolor en sus ojos.
Solo certeza.
-Lucio, pará.
Él guardó silencio.
-Vos y yo vivimos algo muy especial. Y vos me apartaste.
Pria respiró profundamente.
-Ahora querés volver a vivir el pasado...
Negó con la cabeza.
-Pero eso es solo eso.
El pasado.
-Yo ya avancé, Lucio. Y vos deberías hacer lo mismo.
Un auto se acercó.
Pria lo miró por última vez.
-Seamos sinceros. No volviste porque me amabas, Lucio.
Él quedó inmóvil.
-Volviste porque no soportaste descubrir que aprendí a vivir sin vos.
Pria sintió que, por primera vez, podía decirlo sin que le doliera.
-Me va bien. Tengo mi trabajo, mis proyectos, mi vida...
Hizo una pausa.
-Y vos perdiste todo lo bueno que tenías en tu vida porque no supiste verlo.