Del otro lado del pasillo

La cena

El sol que entraba por la ventana despertó a Pria.

Abrió los ojos lentamente.

Durante unos segundos no recordó dónde estaba.

Hasta que levantó la cabeza.

No había sido un sueño.

Ahí estaba.

Acurrucada junto a Dante.

Cerró los ojos nuevamente durante un instante, simplemente para disfrutar y atesorar aquel momento. Sintió el calor de su cuerpo, el ritmo tranquilo de su respiración ....

Después levantó la cabeza y lo besó suavemente.

Dante respondió al beso y acarició el cabello de Pria, que estaba completamente enmarañado.

-Buen día -dijo ella sonriendo.

Dante apenas murmuró algo, todavía dormido.

-Mmm...

Pria soltó una pequeña risa.

-Debo ir a trabajar. Vos seguí durmiendo un rato más.

Se levantó, tomó su ropa y sus zapatos y salió silenciosamente del departamento.

Fue hasta el suyo, se duchó y se cambió.

Cuando llegó al atelier, Roma la miró completamente sorprendida.

-¡A ver! ¿Qué te pasó?

Pria la miró confundida.

-¿Qué?

-¡Estás radiante! Y no parás de sonreír.

Roma entrecerró los ojos.

-Decime que esto no tiene nada que ver con Lucio, por favor.

-¿Lucio? -Pria abrió los ojos-. ¡No!

Roma soltó un enorme suspiro de alivio.

-¡Ahhh! Menos mal.

Entonces sonrió.

-Es Dante, ¿no?

Pria se quedó callada.

Roma abrió la boca, sorprendida.

-¡Lo sabía! ¡Contame todo! Con lujo de detalles... pero mientras tomamos café.

Pria no pudo evitar sonreír.

Y terminó contándole todo.

Roma la escuchó fascinada.

Cuando terminó, tomó su mano.

-Estoy muy feliz por vos, amiga. Al fin te merecés ser feliz con alguien.

Pria sonrió.

Por primera vez en mucho tiempo sentía que algo bueno estaba comenzando.

El día pasó tranquilo y rápido.

Demasiado rápido para algunos.

Pria solo podía pensar en una cosa.

Volver a casa.

Volver a verlo.

Esta vez ni siquiera quiso caminar.

Pidió un auto y bajó cerca del edificio.

Antes de subir, pasó por un supermercado y compró todo lo necesario para preparar una gran cena.

Subió.

Tocó la puerta de Dante.

Él abrió.

Pria ni siquiera le dio tiempo a hablar.

Lo besó.

-Voy a preparar la cena. Venite en un rato a mi casa.

Dante sonrió, sorprendido.

-¿Ah, sí?

-Sí. Espero que tengas mucha hambre.

Dante soltó una pequeña risa.

-Bien. Entonces me cambiaré.

Pria volvió a su departamento.

Sacó todos los ingredientes y comenzó a cocinar.

Mientras la comida se terminaba de preparar, se duchó y se cambió.

Puso la mesa.

Encendió algunas luces , puso musica tenue

Y esperó.

Dante se duchó.

Se afeitó.

Se perfumó.

Quería estar elegante.

Quería impresionarla.

Fue hasta el placard y sacó una camisa.

Después buscó un pantalón de vestir y un saco.

Se lo puso ...

La idea de volver a estar con pria le producía algo que hacía mucho tiempo no sentía.

Ilusión.

Metió la mano en uno de los bolsillos del saco para comprobar que tenía todo lo necesario.

Y entonces sus dedos tocaron algo.

Se quedó inmóvil.

No necesitó sacarlo para saber qué era.

El anillo.

Dante cerró los ojos.

Durante unos segundos no se movió.

Después lo sacó lentamente.

Lo sostuvo entre sus dedos.

Era pequeño, con una piedra azul brillante

Frío.

Pesado.

Demasiado pesado para algo tan pequeño.

Pasó el pulgar por su superficie.

Y entonces regresó.

No el recuerdo completo.

Primero fue apenas una sensación.

Una risa.

Una voz.

El sonido de alguien sentado a su lado.

Una mano buscando la suya.

Dante abrió los ojos.

-No...

Volvió a mirar el anillo.

Y otro recuerdo apareció.

Una mano femenina.

Una voz que reía.

-¿Por qué me mirás así?

Él había sonreído.

-Porque puedo.

La risa de ella.

Después otra imagen.

Un automóvil.

La luz entrando por el parabrisas.

Una canción sonando.

El sonido de su propia risa.

Y una voz a su lado.

-Dante, mirá...

Él giró la cabeza.

Solo un instante.

Solo uno.

Después...

Un ruido.

Un golpe.

Un grito.

Y oscuridad.

Dante volvió bruscamente al presente.

Respiraba con dificultad.

El anillo temblaba entre sus dedos.

-No...

Se sentó sobre la cama.

Intentó respirar.

Pero el recuerdo seguía allí.

La misma pregunta.

La misma culpa.

La misma noche que jamás había podido dejar atrás.

Cerró el puño con tanta fuerza alrededor del anillo que sus nudillos se pusieron blancos.

-Yo la mate !!!!

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

-Yo la mate !!!

El anillo cayó al suelo.

Y algo dentro de él se quebró.

-¡No!

Lo tomó y, en un impulso de rabia, lo lanzó lejos.

-¡NO!

El sonido de su propia voz lo hizo quedarse inmóvil.

Entonces comprendió lo que había hecho.

El anillo.

No podía perderlo.

No ese anillo.

Nunca.

Se arrodilló inmediatamente y comenzó a buscarlo con desesperación.

Pasó las manos por el piso una y otra vez.

-¿Dónde estás...? ¿Dónde estás...?

Las lágrimas comenzaron a caer.

-Por favor...

Tomás ladró.

Dante siguió buscando.

Hasta que sus dedos encontraron algo frío.

El anillo.

Lo tomó.

Lo apretó contra su pecho.

Y se quedó sentado en el suelo.

Llorando.

Tomás se acercó y apoyó la cabeza sobre su pierna.

Dante acarició al perro con una mano temblorosa.

-No puedo, muchacho...

Su voz se quebró.

-No puedo hacerle esto a ella

Miró el anillo.

Lo llevó hasta sus labios y lo besó.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.