Pria se despertó cuando escuchó a Dante levantarse.
Venía del dormitorio, caminando lentamente y tomándose la cabeza con una mano.
Pria se incorporó del sillón.
Dante se quedó tieso al escucharla.
-¿Pria? -preguntó sorprendido.
-Sí. Buen día.
Dante frunció el ceño, todavía confundido.
-¿Qué... qué hacés acá?
Pria lo miró de arriba abajo.
-Y claro... si anoche decidiste tomar todo lo que tenías en tu casa, ¿qué esperabas?
Dante no respondió.
-Te voy a preparar un café mientras vos te das un buen baño... porque ya apestás.
Dante soltó una pequeña respiración, casi una risa, pero no dijo nada.
Simplemente obedeció.
Pria fue hasta la cocina y puso la cafetera.
Mientras esperaba, sacó el teléfono y le escribió a Roma.
"Hoy no me esperes. Voy a quedarme cuidando a Dante."
Roma respondió casi inmediatamente:
"Después me contás TODO."
Pria sonrió.
-Curiosa...
Cuando Dante salió del baño, parecía otra persona.
Se había afeitado, cambiado de ropa y acomodado el cabello.
Ya volvía a parecer aquel hombre que Pria había conocido.
O al menos, intentaba hacerlo.
Se sentó en el sillón.
Pria le acercó una taza grande de café negro.
-Tomá. Te va a hacer bien.
Dante la recibió.
Durante unos minutos ninguno dijo nada.
Solo bebieron el café en silencio.
Cuando terminó, Dante apoyó la taza sobre la mesa.
-Gracias.
Pria lo miró.
-No tenés por qué agradecerme.
Se levantó y tomó las tazas.
-Voy a comprar. Acá no hay prácticamente nada y necesitás comer.
-Pria...
-¿Qué?
Dante dudó unos segundos.
-Nada.
Ella sonrió apenas.
-Eso pensé.
Se llevó las tazas a la cocina.
Pria volvió a su departamento para cambiarse.
Cuando salió, encontró a Dante y a Tomás esperándola en el pasillo.
-Si vas a comprarme comida, lo menos que podemos hacer es acompañarte -dijo Dante.
Pria sonrió.
-Me parece bien. Andando.
Y los tres salieron.
Terminaron comiendo en un pequeño bar con mesas en la vereda.
Después caminaron un rato, tomaron un helado y finalmente pasaron por el almacén para comprar todo lo que necesitaban.
Durante todo el día, Pria no mencionó la fotografía.
Tampoco habló de Lara.
Ni del anillo.
Hizo como si nada hubiera pasado.
Y Dante pareció agradecer ese silencio.
Por momentos volvía a ser el hombre que ella conocía.
El que la hacía reír.
El que podía ser dulce y tierno.
El Dante que la había besado aquella noche.
Pero de vez en cuando algo cambiaba.
Una palabra.
Un silencio demasiado largo.
Una sonrisa que desaparecía durante apenas unos segundos.
Una vez, mientras Pria se reía de algo que había dicho, Dante se quedó completamente quieto.
-¿Qué pasa? -preguntó ella.
-Nada.
-¿Seguro?
Dante sonrió.
-Sí. Solo estaba pensando.
Pria lo observó unos segundos, pero decidió no insistir.
No quería volver a verlo apagarse.
Esa noche, Pria cocinó.
Cenaron juntos como si estuvieran retomando exactamente el momento anterior a aquella noche en que Dante había caído en la oscuridad.
Por unas horas, todo pareció estar bien.
Cuando terminaron de cenar, Dante se levantó.
-Debería irme.
Pria también se puso de pie.
Se acercó a él y acarició suavemente su rostro.
Después tomó su mano y la llevó hasta su mejilla.
Dante recorrió su rostro con los dedos.
Suavemente.
Como aquella primera vez.
Pria cerró los ojos.
-¿Y si te pido que te quedes conmigo hoy? -preguntó en voz baja.
Dante apoyó su frente contra la de ella.
-No, Pria...
Ella no respondió.
-No me lo hagas más difícil.
Pria abrió los ojos.
Sabía que no era porque no quisiera quedarse.
Era precisamente porque quería.
Se acercó y le dio un beso suave en los labios.
Dante respondió.
Solo unos segundos.
Después se separó.
Pria tomó su mano una última vez.
-Yo voy a estar acá. Al otro lado del pasillo. No importa cuánto tiempo necesites... pero no me alejes.
Dante se quedó en silencio.
Parecía querer decir algo.
Pero no encontró las palabras.
Finalmente volvió a besarla.
Después se apartó.
-Buenas noches, Pria.
-Buenas noches, Dante.
Tomás se acercó y movió la cola.
Dante tomó la correa.
Y se marchó con él.
Pria cerró lentamente la puerta.
Del otro lado del pasillo, Dante también entró a su departamento.
Se quedó unos segundos inmóvil.
Con una mano todavía sobre la puerta.
Y aunque Pria no podía verlo...
Dante estaba sonriendo.
Pero esa sonrisa duró muy poco.
Porque cuando se quedó solo, llevó una mano al pecho.
Y, en algún lugar de su memoria, volvió a escuchar aquella voz.
-Dante...
Él cerró los ojos.
-No...
Y se obligó a apartar el recuerdo.
Todavía no estaba listo para enfrentarlo.