Pria no entendía.
Después que Dante la echara, intentó seguir con su vida.
Durante varios días esperó verlo salir. Esperó escuchar los ladridos de Tomás, cruzárselo en el pasillo, encontrárselo aunque fuera por unos segundos.
Pero nada.
Dante tampoco salía prácticamente de su departamento.
Pria estaba dolida. Enojada.
Le dolía su ausencia y, al mismo tiempo, le enojaba no poder ayudarlo.
¿Cómo podía ayudar a alguien que no quería dejarse ayudar?
Mientras tanto, en el departamento de al lado, Dante tampoco encontraba paz.
Las pesadillas habían vuelto.
Una y otra vez.
Apenas dormía. Y cuando conseguía hacerlo, despertaba sobresaltado, empapado en sudor, con los recuerdos golpeándole la cabeza.
Por las mañanas, Tomás se quedaba junto a la puerta cada vez que escuchaba pasos en el pasillo.
A veces lloraba.
Dante lo escuchaba y sabía perfectamente lo que esperaba.
-No... Vení acá -le decía.
Tomás no se movía.
-Ya te dije que no puedo...
Pero el perro seguía mirando hacia la puerta.
Pasaron las primeras semanas sin verse. Sin cruzarse.
Hasta que una mañana, Pria bajó como de costumbre.
Cuando llegó a planta baja, escuchó unos ladridos.
Los reconoció inmediatamente.
-¿Tomás?
Miró hacia las escaleras.
Unos segundos después, el perro apareció bajando a toda velocidad.
Cuando la vio, pegó un salto de alegría y comenzó a llenarla de besos.
Pria soltó una pequeña risa y se agachó para abrazarlo.
-¿Qué hacés acá, Tomás? -dijo acariciándolo-. ¿Y tu dueño?
Levantó la mirada buscando a Dante.
No lo vio.
-¿Te escapaste, pequeño travieso?
En ese momento, las puertas del ascensor volvieron a abrirse.
Dante apareció.
A Pria le brillaron los ojos al verlo.
Después de tantos días...
Por un instante, olvidó todo.
Abrió la boca para saludarlo.
Pero Dante ni siquiera dijo su nombre.
-Tomás, vamos.
El perro no se movió.
Seguía al lado de Pria.
-Tomás, vamos -repitió Dante.
Pria miró al perro.
Sintió una tristeza profunda.
-Ve, Tomás... Te están llamando.
El perro finalmente obedeció y caminó hacia su dueño.
Dante entró al ascensor con él.
Las puertas se cerraron.
Y Dante desapareció otra vez.
Pria se quedó mirando las puertas cerradas unos segundos.
Había esperado tanto verlo...
Y cuando finalmente lo tuvo delante, ni siquiera había podido decirle hola.
Esa noche, las pesadillas volvieron a invadir a Dante.
Una y otra vez.
Se despertó agitado, respirando con dificultad.
Intentó calmarse.
Pero los recuerdos no desaparecían.
Entonces buscó una botella.
Un vaso.
Después otro.
Y otro.
El dolor era insoportable y quería ahogarlo en alcohol.
Tomás comenzó a ladrar.
Una vez.
Dos.
Cada vez con más insistencia.
Como si intentara decirle que parara.
Pero Dante parecía no escucharlo.
Del otro lado del pasillo, alguien sí lo escuchó.
Pria se despertó sobresaltada.
Se quedó unos segundos sentada en la cama.
Los ladridos continuaban.
Algo no estaba bien.
Se levantó y fue hasta el departamento vecino.
Golpeó la puerta.
-¡Dante!
Nada.
Volvió a golpear.
-¡Dante, abrime!
Los ladridos de Tomás se hicieron más fuertes.
-¡Dante!
Finalmente, la puerta se abrió.
Pria se quedó helada.
Frente a ella había un hombre completamente deshecho.
Desaliñado, con el cabello revuelto, la ropa desordenada y el rostro agotado.
Y completamente ebrio.
-¿Qué querés?
Apenas pudo entenderle las palabras.
Las pronunciaba arrastrándolas.
Dante se tambaleó.
Todavía tenía una botella en la mano.
Pria se la quitó con furia.
-¡Basta, Dante! ¡Te estás matando!
Entró al departamento sin esperar permiso.
Dante caminó tambaleándose hasta el sillón.
-Dejame en paz... -murmuró-. Te dije que te fueras. ¿Por qué no me escuchás?
Pria no respondió.
Fue hasta el baño, tomó una toalla y la empapó con agua tibia.
Volvió junto a él y comenzó a limpiarle suavemente la cara.
-Vamos. Tenés que acostarte. Necesitás descansar.
-No quiero dormir...
Su voz se quebró.
-No quiero dormir... Los recuerdos vuelven.
Pria lo miró.
Por primera vez entendió que detrás de aquella oscuridad había algo mucho más profundo de lo que imaginaba.
-Yo te cuido -susurró.
Con dificultad, Dante se dejó llevar hasta la cama.
Pria lo acomodó, lo tapó y apartó suavemente el cabello de su frente.
Después se inclinó y le dio un beso.
Dante buscó su mano.
La tomó con fuerza.
-Perdón, Lara...
Pria quedó completamente inmóvil.
¿Lara?
Dante volvió a murmurar:
-Perdón...
Pria se acercó a su oído.
-Te perdono... Dormí tranquilo.
Dante cerró los ojos.
Poco a poco, su respiración comenzó a tranquilizarse.
Pria se quedó sentada a su lado.
¿Quién era Lara?
¿Era por ella que Dante estaba así?
¿Qué había pasado entre ellos?
Entonces, algo llamó su atención.
Sobre la mesa de noche, junto a la cama, había una fotografía doblada.
Pria la tomó con cuidado.
La abrió.
Y se quedó sin palabras.
Era Dante.
Pero era un Dante que ella nunca había conocido.
Vestía un traje blanco.
No llevaba sus lentes oscuros.
Y estaba abrazando a una mujer hermosa que llevaba un vestido de novia.
Los dos sonreían.
Parecían felices.
Pria dio vuelta la fotografía.
Detrás había una fecha.
13 de Noviembre
Volvió a mirar la fotografía.
Después miró a Dante.
¿Quién era esa mujer?
Y entonces vio algo más.