A la mañana siguiente, los ojos de Braulio se abrieron antes de que el despertador ajeno pudiera sonar. Él llevaba algunos minutos observando el techo blanco de la habitación cuando eso sucedió. Casi como si quisiera saber en qué momento el sol terminaba de iluminarlo todo, incluso si la cortina del ventanal seguía cerrada.
Suspiró antes de prepararse y salir del cuarto. En la planta baja todavía no había nadie, pero cuando recorría el pasillo de arriba, había escuchado ruidos en el cuarto de sus padres. Braulio ya podía estar seguro de que no pasaría mucho hasta que, al menos, Renata estuviera cerca de él.
Braulio estaba parado bajo el umbral de la sala cuando escuchó que alguien bajaba detrás de él. No volteó, en él la mente se concentró en la sensación de que los hombros se volvían más pesados. De que la tensión tomaba cada vez más terreno en la espalda, pero pronto comprendió que sin razones reales para eso, todo volvería a la normalidad.
Manuel apoyó la mano en la espalda baja de su hijo cuando se paró a un lado y le señaló el televisor, enfrentado al sofá.
—No soy un experto, pero creo que la gente primero se pone cómoda en el sofá y después lo enciende para verlo —bromeó.
Braulio rio y lo miró.
—¿Será, papá, que así funciona eso?
Esta vez fue Manuel quien rio. Él subió la mano para llegar a la cabeza de Braulio y con suave presión lo convenció de bajarla un poco, luego le dio un beso a un lado de la frente y se dirigió a la cocina.
—En un minuto baja tu madre. Haría el desayuno para nosotros dos yo mismo, pero, como dice ella: no queremos que queme la casa entera en el intento. Supongo que tendremos que esperar algunos minutos, Braulio.
Braulio escuchó a su padre y luego de sonreír para él, se internó en la sala para sentarse en el sofá cuando nuevos pasos en la escalera se sucedieron. Otra vez, Braulio eligió no reclamar la visión que le permitiría anticipar la nueva presencia. Un plan sólido hasta que aquellos pasos se detuvieron a su espalda, bajo el umbral. Él no necesitaba ver para saber: Renata estaba ahí.
A metros de distancia, en el interior de la cocina, Manuel se aclaró la garganta. Después, Braulio también escuchó cómo el movimiento de la persona a su esposa era retomado en aquella dirección. Pronto llegaron los sonidos de cacerolas moviéndose, cubiertos y demás, así como una conversación que le llegó entrecortada. Mitad susurros, mitad voces contenidas en la ocultación de nitidez y claridad.
«¿Qué vamos a hacer con Braulio?» pensó como una de esas frases que se estaban pronunciando sin que él las pudiera oír bien. Y, además, también pensó en que solo necesitaba levantarse y moverse unos metros para entender lo que decían o para ponerle fin. Cualquiera fuera la reacción que él causaría en ellos al verlo llegar; pero no quería.
Entonces escuchó que alguien venía hacia él de nuevo. Braulio siguió sin querer enterarse de quién se trataba, pero al final y como quedó demostrado, él ya sabía que no tendría que esperar mucho para saberlo.
—Hijo, tu madre quiere saber qué te gustaría desayunar.
Braulio lo pensó un momento.
—¿Está bien si no quiero comer nada todavía, papá?
Manuel no le respondió, solo volvió a la cocina. Braulio entendió que él había comunicado la noticia y que eso no había caído nada bien. Como nubes listas para dejar caer su torrente, los tacones impusieron el ritmo de la urgencia, sin permanecer solos en su arribo a la sala.
Renata no dudó en pararse justo delante de Braulio y cruzar sus brazos, mientras lo miraba con notable severidad.
—¿Qué es eso de que no quieres comer, Braulio? ¿Te sientes mal, algo te duele?
Ella intentó tomarle la temperatura tocándole la frente, pero Braulio la esquivó moviendo la cabeza a un lado. Luego estiró el brazo sobre el respaldo del sofá, subiéndolo un poco más y apoyó la espalda hasta el punto de hundirse.
La preocupación de Renata era real y justificada. Más de una vez ella le había llamado la atención a Braulio por las cantidades que comía y le había recordado que él debía reconocer como una bendición la buena genética. Tomar tal hecho como la única razón digna de agradecimiento: caminar en vez de rodar.
«Hay personas que no pueden beber un vaso de agua sin que al día siguiente toda la ropa les quede chica», recordó que le había dicho Renata como justificación. Eliminando así el posible pensamiento que la hubiera hecho verse como alguien con algo en contra de la gente obesa. «¿Empatía selectiva, mamá?», pensó y de inmediato escuchó dentro de la cabeza la posible respuesta de su madre: «¡Braulio!»
Sin embargo, Braulio nunca se había quedado en la superficie. De algún modo, entendía que el problema real de Renata no era con los cuerpos que se salían de la norma, sino que ese era con todo lo que, desde su perspectiva, parecía estar fuera de control.
—Renata, ya dijo que no quiere comer.
Manuel, desde su papel de observador hasta ese momento, decidió intervenir. Tal vez, pendiente de una escalada inminente en el conflicto que él consideraba innecesaria.
—¿Te parece normal que él, justo él, no tenga apetito, Manuel? ¿Nos cambiamos a un universo paralelo y yo no me enteré?
El reclamo de Renata hacia su marido se negó a abandonar la intención severa, limitante.
—No, lo que no me parece normal es que estés montando este terrible drama porque nuestro hijo despertó sin apetito.
Braulio no quiso observar la discusión que se estaba desatando frente a él; la pared de la sala fue útil durante algunos segundos, pero la mirada terminó por caer. Él solo se sintió agradecido de que Manuel estuviera ahí. Dispuesto a marcar un límite.
—Tengo dieciocho años, Renata. ¿No te parece que si tengo hambre puedo buscar qué comer? La cocina está a explotar de comida, ¿qué te hace pensar que yo no podría freír un huevo si así lo quisiera?
Renata se indignó de inmediato. Todo la hizo sentir que ellos estaban en su contra y cargando la rabia emprendió el camino de regreso a la cocina. Manuel asintió para Braulio con una sonrisa en mueca difícil de sostener y luego siguió a su esposa. El conflicto, como quedaría demostrado poco después, tampoco tenía pensado quedarse como habitante exclusivo de la sala.