A la mañana siguiente, el despertador de la habitación contigua no sonó. Braulio no entendió por qué. Afuera, el sol ya lo abrazaba todo.
Toc, toc…
Él no respondió. No necesitaba confirmación alguna para saber quién estaba al otro lado de la puerta, pero tampoco se había guardado la respuesta por elección. La frase que siempre la alejaba —ese mantra infalible— eligió no aparecer.
Braulio sintió la tensión en la garganta. Su cerebro organizó las palabras repetidas, pero en cuanto intentó abrir la boca, estas volvieron al interior, igual que si hubieran chocado contra un muro justo entre la intención y el sonido.
Renata, en la espera al otro lado, apoyó la palma de la mano en la puerta y también la frente.
—Hijo, soy yo. Sé que estás despierto y también sé que me vas a decir que no necesitas nada para que me vaya, pero no puedo.
Braulio siguió sin responder, perdido en el luminoso celeste del cielo a través del ventanal. Las gaviotas habían abandonado los círculos para volar en horizontal.
—Braulio, tú jamás le pones seguro a la puerta. No tienes que decirlo. Solo necesito girar la perilla para entrar, pero no lo haré.
Renata alejó la frente de la puerta y respiró con frustración contenida mientras la miraba. Como si creyera que la fría madera pintada de blanco podría ofrecerle algo más que un límite físico.
—No quiero pelear, mamá. Te lo dije ayer y nada ha cambiado. Solo quiero estar solo.
Ella se cubrió la boca con la mano derecha y luego la subió para sostenerse la frente.
—¿Qué sentido tiene? —Braulio no se movió un centímetro, solo siguió acostado de lado con el brazo izquierdo contra el pecho y la mano tomando el hombro derecho—. No importa si te digo que no entres. En un segundo volverás a ser tú y lo harás de todas formas. No creo que debamos jugar a engañarnos.
—Está bien, Braulio. —Renata se interrumpió para limpiarse una lágrima con el dorso de la mano y aclararse la garganta—. Si no quieres hablar ahora, no lo haremos. Solo quiero que sepas que yo puedo ser la madre que tú necesitas, pero solo si me das la oportunidad de aprender a serlo.
Ella volvió a concentrarse en la fría, dura y artificial puerta; ningún sonido la alcanzó desde el interior y luego de asentir, solo se retiró para ir escaleras abajo.
Braulio suspiró cuando oyó los pasos de su madre alejarse. Él siguió sin moverse. Sentía el cuerpo pesado, demasiado. Igual que una roca que ningún grupo de músculos podría levantar.
—¿Qué sentido tiene? —repitió para sí mismo.
La mente fue clara al decir que no era válido el cambio que solo se producía ante la amenaza. Si todo volvía a sentirse normal, ya no quedarían razones para permanecer diferentes.
«¿Tú también sigues sin poder dejar de pensar en mí?».
La mente entonces se oyó como la peor traición. Lo mismo que lo había llevado a sentirse despojado de toda voluntad, volvía a reclamar más de él.
—Solo fue una puerta cerrada que no tuvo nadie detrás para abrirla. No debería darle tanta importancia.
Braulio sentía que merecía decírselo, pero no podía, no sin considerar cualquier excusa que Martín pudiera darle como la justificación perfecta para que él decidiera dar un paso más en su dirección.
—Hace semanas ni siquiera sabía de tu existencia…
Él pensó en las palabras que no terminó de pronunciar: «Tal vez lo mejor hubiera sido seguir así».
Aquella ironía lo tenía hundido y la superficie solo parecía alejarse más. El espacio por el que se filtraba el sol se volvía cada vez más pequeño, y el alrededor, más frío.
Ahora parecía cobrar sentido que más temprano las palabras no quisieran salir de su boca.
Braulio cerró los ojos un momento. El sol entrando por el ventanal era tan intenso que descubrió cómo aquello que él esperaba —fuera negro— se volvió rojo.
Entonces, como si hubiera entendido que no existía un medio de transporte capaz de ser más rápido que todo aquello que llevaba dentro y jamás podría dejar atrás, Braulio se quitó el brazo del pecho.
El cuerpo giró y la visión buscó posicionarse en el techo. Algo que no duró. El televisor apagado, la consola y esos juegos de deportes para los que nunca sería bueno en la vida real seguían ahí, como su nuevo foco de atención, pero igual de inútiles para distraerlo.
«En mi mundo hacer algo así te puede costar un par de dientes… En mi mundo hacer algo así… En mi mundo… Mi mundo».
—¿Qué mundo? ¿Qué sentido tiene un mundo que parece diseñado para una sola persona? No hubo una parte del mío que no te permitiera visitar y ocupar, ¿y qué obtuve? La puerta cerrada sin nadie detrás esperando mi llamado.
Braulio se sentó en la cama, sacudió la cabeza para descartar cualquier pensamiento y se levantó para ir a la planta baja.
Cuando Renata vio a su hijo entrar en la cocina, lo siguió en el ensayo de una sonrisa que no pudo sostener. Braulio se sentó a la isla y después miró hacia atrás, por sobre el hombro.
Más allá, a un lado de la gran ventana panorámica que daba a la playa, estaba la mesa. Se detuvo en eso un momento. La mesa redonda, las sillas acolchadas también. Y entonces pensó en eso: la madera era lo principal.
Renata contrataba a alguien que viniera a revisar el barniz cada año. Antes de que la familia estuviera ahí para las vacaciones. El resultado: madera tan cuidada que por el brillo podría confundirse con el metal.
«Nunca es demasiado», pensó Braulio sin dejar de mirar todo con atención.
El mantel que vestía la mesa era delicado al punto de volverse casi etéreo. Relieves le daban el aspecto de tela que podía utilizarse para confeccionar vestidos de gala. Poco práctico; más de una vez una copa se había apoyado mal, demasiado cerca de alguna de las líneas que representaban el intrincado diseño bordado.
Minimalista, de buen gusto.
Era claro que allí no importaba tanto la comodidad.
«Los catálogos son momentos congelados; la celebración del vacío».