Contrario a lo que Braulio había pensado tras caer rendido al sueño en la madrugada, esa mañana, al despertar, no sintió que el techo sobre su cabeza estuviese más cerca. Se aclaró la garganta y después se frotó el ojo derecho con el dorso de la mano. Respiró con la pesadez de quien entiende que nada pasó, pero tampoco quedó atrás; que debía resignarse. Parecía que una pausa había sido todo lo que aquellos hechos concedieron, y la cabeza, con tanto por repasar, ya estaba volviendo a esa tarea.
—No.
Fue la prohibición, su primera declaración del día, y entonces se concentró en el armario. El cajón de las bermudas estaba a medio abrir; sobre la esquina, la bolsa blanca que él había devuelto allí todavía conservaba su nudo cuidadoso.
Braulio resopló, agotado. Luego se sentó a un lado de la cama para darle la espalda al armario. No podía ver eso ahora. Movió el cuello a ambos lados, llegando al límite. Los hombros fueron los siguientes en moverse: los tiró hacia atrás y enderezó la espalda al punto del dolor.
Su vista se enfocó en el ventanal que permanecía con la cortina cerrada y, sin pensarlo demasiado, se levantó para abrirla, para que la luz pudiera invadirlo todo sin su intensidad diluida. El dolor repentino en sus ojos le dijo que esa no había sido la mejor idea, pero pestañeó hasta que pudo tolerarlo.
Su garganta volvió a sentirse obstruida cuando se acercó al ventanal para mirar afuera. Frente a él, en su mismo lugar de siempre, la sombrilla abierta ondeaba con la brisa matutina. Justo como si nada hubiera pasado.
Braulio apoyó la mano en el vidrio y centró su visión en ella. Entonces vio cómo el exterior se volvía difuso. Regresó la mirada afuera: todo recuperó su nitidez mientras su mano se volvía confusa. Bajó la cabeza para reír y luego negó. Un último suspiro pesado escapó de él. El sol iluminaba su frente y el tabique de su nariz. Esa calidez era reconfortante, aunque no suficiente.
Quitó la mano del ventanal. Luego la cerró en un puño sin pronunciar palabra y se alejó escaleras abajo, sin ver que la transpiración había dejado aquella forma como un tatuaje en el vidrio.
Braulio, en la cocina, se sentó a la isla, apoyó los codos encima y luego bajó la cabeza para cubrirse los ojos con las palmas de las manos. Renata ya estaba ahí, preparando el desayuno para todos. Lo vio entrar y sentarse como quien está pasando por una de las peores resacas de su vida, pero intentó no decirle nada.
Ella lo hizo; en verdad intentó acatar el consejo que Manuel le había dado la noche anterior —y que la invitaba a darle espacio a su hijo—, pero no pudo.
Renata hizo a un lado la sartén donde preparaba huevos revueltos, apagó el fuego y luego se paró al lado de Braulio. Él seguía con la cara hundida entre las manos, incapaz de mirar a alguien.
—¿Estás bien, hijo?
Braulio dejó escapar el aire, se descubrió el ojo derecho y la miró de lado. Renata intentó devolverle una sonrisa, pero resultó demasiado incómodo para ambos. Él no quiso empezar un debate ni un altercado; solo estiró la mano para alcanzar la de su madre, llevar ambas a su boca y besarle la palma. Después, sin soltarla, la acomodó sobre su mejilla con su propia mano encima.
—Mamá, por favor, ¿podemos no hablar de eso?
Renata sintió un nudo en el estómago. Lo que estaba viendo era un dolor imposible de ignorar. Dio un paso adelante para abrazarlo y, después de besarle la cabeza, volvió junto a la cocina para encender el fuego y continuar con su tarea.
Braulio levantó la cabeza, pero solo alejó las manos de la cara, sin separar los codos de la isla. No hacía más que hallar distracción en el toque de sus dedos. Renata notó todo, cada movimiento, la humedad en los ojos de su hijo, pero no dijo nada. Aquel contagio la obligó a darle la espalda y limpiarse las lágrimas con disimulo.
—Anoche lo vi en tus ojos, mamá —Braulio habló sin quitar la vista de las manos, de los dedos que no podían dejar de tocarse—. No dijiste nada, pero tus ojos no pudieron disimular lo que pensabas. No querías que fuera a cenar a su casa.
Renata lo miró, vio la manera en que las lágrimas de Braulio comenzaban a caer por su cara, pero no dijo nada. Solo dejó unas servilletas para él encima de la isla y siguió cocinando.
—¿Por qué, mamá? ¿Por qué nunca soy suficiente?
Braulio, cansado de esperar respuesta, miró las servilletas y tomó una para secarse la cara. Luego se concentró en el objeto humedecido y comenzó a reír de la nada. Renata se giró, sin comprender qué estaba sucediendo. Él seguía ahí, mirando eso como si fuera la revelación más obvia y graciosa del mundo.
—De tela —dijo, y se sonó la nariz con ella—. Si así debe ser, que así sea.
Estiró el brazo para llevar la servilleta al centro de la isla y también abrió la mano para dejarla caer. Luego se levantó para llegar hasta su madre, le sujetó la cabeza con gentileza y la besó en la frente.
—Te amo tanto, mamá.
Braulio abandonó la cocina, dejando a Renata con la boca abierta. Ella lo siguió con la vista hasta que desapareció por la puerta, para luego regresar su atención a la isla con la servilleta sucia en medio.
Subió las escaleras, llamó a la puerta entreabierta para entrar en el cuarto de sus padres y se dirigió al baño privado, donde Manuel se estaba afeitando, también con la puerta abierta.
Toc, toc.
Manuel ladeó la cabeza para verlo parado allí, cabizbajo.
—¿Pasa algo, Braulio?
No le respondió; solo entró al lugar y se paró a su lado. Manuel siguió afeitándose después de una pausa, como si comprendiera que esa compañía inesperada no sería negociable.
—¿Papá?
—¿Sí?
Manuel miró a su hijo a través del espejo. Le sorprendió ver que Braulio ya casi alcanzaba el metro y ochenta centímetros de altura que tenía él. Como si de pronto hubiera ocurrido una pausa indetectable en la conciencia de haberlo visto crecer durante toda su vida.