Esa noche, solo el ruido de los cubiertos tuvo el protagonismo en la cena familiar, pero aquella incomodidad no se quedó allí. La molestia como sospecha incluso fue escaleras arriba y se instaló en el aire dentro de la habitación de los padres para volverlo denso.
Renata, frente al espejo del tocador, realizaba el mismo procedimiento de limpieza de cutis antes de dormir que realizaba siempre. Ya eran tres los algodones que ella se había pasado por la cara sin encontrar impurezas y, lejos de tomar aquello como la señal para dejarlo, la escena del cuarto intento ya estaba en marcha.
Manuel tenía la espalda apoyada sobre las almohadas y el respaldo de la cama, lentes para ver de cerca y un libro entre las manos, casi encima del regazo e inclinado hacia él.
Renata lo observó a través del espejo, pero él se veía demasiado cómodo para que ella pudiera creer que notaba aquella mirada. La intensidad con la que ella la sostuvo fue lo que dio espacio a la duda.
La indignación se apoderó de ella. Efecto del sonido de una nueva página que pasaba sin interés por nada ajeno a ese libro.
Renata arrojó el cuarto algodón limpio dentro del tacho de basura, a un lado del tocador. La garganta de Manuel se aclaró, anticipándose; la imagen del desinterés que él pretendía permaneció. Una última mirada al reflejo por parte de ella para entender que debía ir más allá.
Renata volvió a la cama y se acomodó bajo las sábanas. Apoyó la espalda igual que él mientras Manuel pasaba otra página. Sabía que ella tenía más responsabilidad de la que le gustaría asumir; que la huida de Braulio no había sido arbitraria ni un berrinche hormonal, pero también sabía que su esposa no aprendía por aproximación a la llama. Que todo se trataba de permanencia. Tal vez, si dejaba que la propia mente siguiera dándole vueltas, Renata sería capaz de comprender el error sin tener que volverlo una discusión matrimonial.
—Pienso que deberías hablar con él —empezó ella, incapaz de contenerse más.
Manuel solo levantó y dejó caer las cejas como si no hubiera oído nada.
—Y también creo que ese amiguito no le resulta muy conveniente. —Renata dobló los dedos para verse las uñas un momento—. Puede que sea mejor si ellos dejan de pasar tanto tiempo juntos.
Él no retuvo el impulso de la breve risa, pero no le ofreció su opinión ni su mirada.
—¿Te parece gracioso, Manuel? Mira lo que hizo esta noche ¿Y si algo le hubiera sucedido?
Manuel se bajó los lentes hasta la mitad del tabique, puso el dedo pulgar dentro del libro, los cuatro restantes como cierre por fuera y la miró.
—¿Hablamos del mismo amiguito que tú trajiste a su vida?
Renata no respondió.
—Y no, eso no me parece gracioso; lo divertido es que creas que Martín es el verdadero problema de Braulio.
—No me parece el mejor momento para hablar de cómo todo siempre termina siendo mi culpa, Manuel. ¿No me estás escuchando? Te estoy diciendo que me preocupa nuestro hijo.
Manuel levantó los iris sin dejar lugar para el blanco de los ojos.
—No hay razón para preocuparse, Renata. Yo ya hablé con Braulio; él ya sabe lo único importante. Cuando me necesite solo tiene que buscarme.
Renata se sentó de lado frente a él. Los ojos adquirieron la dureza del metal.
—¿Acaso no ves lo que pasa? ¿Cómo se miran? ¿Cómo se ríen entre ellos dejando al resto al margen?
Manuel bajó la cabeza un momento y se sujetó la cima del tabique. La elección de palabras no resultaba fácil con ella, pero aún así eligió que no iba a importarle si Renata se enojaba. Luego, buscó hasta encontrar esa mirada otra vez.
—Justo por eso hablé con él y también lo hice con Martín. Ese chico ya sabe que no me interesa nada más que aquello que le haga bien a Braulio y ahora tú también lo sabes.
—¿Qué? —Renata no podía creer lo que escuchaba—. ¿Quieres decir que tú estás de acuerdo? ¿Apruebas esto, Manuel?
Manuel negó y volvió la vista al frente. Los lentes subieron, el libro se abrió.
—Lo único que yo no puedo creer es que una mujer tan brillante como tú no lo entienda, Renata. Es la vida de nuestro hijo y él no está haciendo nada que nosotros debamos corregir.
—¿Qué tendría que entender? Yo solo trato de proteger a Braulio.
—Traducción: controlar a Braulio.
Manuel respiró cansado; los lentes le molestaban al igual que el libro que ya no quiso sostener. Se cubrió la cara con ambas manos ahogando lo que sonó como un gruñido contenido y luego, más calmado, volvió a mirarla.
—Sí, Renata, he visto cómo se miran. También escuché cómo se ríen juntos y hasta vi cómo Braulio se siente en paz poniendo la cabeza en el hombro de Martín.
Él intentó tomarle la mano, pero tuvo que aceptar que Renata lo evitó como si ella lo sintiera una ofensa.
—Renata, no quiero pelear ni que esto se vuelva un problema, pero no voy a decirle a mi hijo que no elija a la persona que él quiera para no incomodar a otros. ¿Qué planeas, seguirlo hasta el último día de tu vida?
—¿Qué? ¿Incomodar? —Renata pellizcó la cama, levantando la tela—. Son solo sábanas, Manuel. Eso es lo que menos me preocupa. Deja de actuar como si creyeras que yo podría llegar a ser una persona tan superficial.
Él no respondió. El dedo pulgar junto al índice fueron el regreso a sostener la cima del tabique y la palma, cayendo desde allí, le cubrió parte de la cara.
—¿Qué sería? —dijo Manuel, mostrando la cara, sin levantarla apenas—. ¿Qué sería eso que necesitas saber para quedarte tranquila? Como ya lo dije, Renata, yo he visto lo mismo que tú y hablé con Martín. Es un buen chico. No veo malas intenciones por parte de él y también veo que a Braulio le hace bien.
Ella dudó. Manuel logró tomarle la mano.
—¿Confías en tu marido?
—¿Y su padre?
—¿Su padre? ¿Qué tiene que ver el padre de Martín con esto?
Renata se soltó del agarre y cruzó los brazos cuando, además, acomodó la espalda en las almohadas.