El agua que quema

Capítulo 12: Indetenible

Cuando Manuel bajó a la cocina después de prepararse, Braulio estaba allí de nuevo. Renata le había servido el desayuno a su hijo y ahora solo se dedicaba a verlo comer. Manuel los miró a ambos y se acercó a la isla, atraído por las servilletas dobladas. Les pasó el dedo por encima, como queriendo hurgar entre ellas. Renata lo miró sin entender qué estaba sucediendo, así que hizo lo único a su alcance.

—¿Vas a desayunar, Manuel? —cuestionó con una sonrisa.

Él detuvo el movimiento de su dedo y alzó la vista hacia ella. Su boca había quedado entreabierta y entonces, con un movimiento rápido de su cabeza hacia atrás, Manuel pareció comprender algo.

—No, voy a comer algo cuando vuelva. Ahora tengo que salir un momento.

Braulio levantó la vista en dirección a su padre, pero no habló. Su boca seguía llena, masticando con sutileza.

—¿Salir tan temprano? ¿Adónde irás, Manuel? —insistió Renata, mientras sus ojos se movían veloces sobre la expresión de su marido.

Acto seguido, la madre dividió su atención entre ambos. Como si creyera que entre los dos había una respuesta de la que elegían dejarla fuera.

—¿Me necesitas aquí para algo, Renata?

—No, pero…

—Bueno, entonces ahora voy a salir y cuando vuelva voy a desayunar. Justo como lo dije antes.

Manuel miró a Braulio, pero él ya había bajado la vista, de vuelta a lo suyo.

—Creo que esta familia necesita algo y, como padre, es mi obligación conseguirlo.

Por supuesto, Renata volvió a sentirse en el limbo cuando Manuel se retiró y, sin más opción, acudió al único presente.

—Con tu padre revisamos juntos la lista de víveres tres veces, ¿qué puede faltarnos todavía, Braulio?

Él tomó una servilleta para limpiarse la boca y luego se puso de pie para llevar los trastes a la pileta. Después, al pasar al lado de su madre cuando se retiraba, le respondió:

—No sé, pero a mí me sonó como que papá tenía una misión.

Ella suspiró mirando la isla y entonces ladeó la cabeza para ver a Braulio a media escalera.

—¡Braulio, hijo! Por favor, fíjate si Sofía ya se despertó y dile que venga a desayunar.

Él no respondió, pero obedeció su pedido. Caminó por el pasillo y entró al cuarto de Sofía, frente al suyo. No necesitó llamar cuando la puerta estaba abierta. Braulio la observó sentada en su cama, dándole la espalda.

—Sofía, mamá dice que vayas a desayunar.

Sin respuesta, Braulio se sentó en la cama de su hermana para rodear su espalda con el brazo y apoyar el mentón en su hombro.

—¿Me escuchaste?

—Sí, bueno.

Sofía estaba demasiado concentrada como para evitar ser seca con él, pero, como notó Braulio al mirar lo que ella hacía, ahí no había ningún ensayo de carta que validara eso. En su lugar, Sofía estaba jugando con dos muñecas enfrentadas.

—¿Qué estás haciendo con ellas? ¿Eres organizadora de peleas clandestinas de muñecas? —bromeó y le besó el hombro.

Sofía rio y se alejó un poco de él, que le había hecho cosquillas sin querer.

—Estoy viendo.

—Ahhh… viendo. —Braulio observó aquel juego un segundo más—. ¿Y qué estamos viendo?

—Es que… —Sofía se alejó de él para acomodarse de frente y puso las muñecas en medio de ambos antes de explicar—. Esta es Martina y esta otra soy yo.

Ella levantó una muñeca a la vez para asignarles identidad, como si eso pudiera explicarlo todo.

—Pero ¿no estabas escribiendo una carta para tu amiga? ¿Cambiaste de opinión?

Sofía negó y luego se llevó las manos en forma de puño bajo el mentón, sin enfocar la mirada en los ojos de su hermano. La niña prefirió mirar a su izquierda.

—Ya no le voy a dar la carta.

Braulio frunció el ceño, dándole la importancia que el asunto requería.

—¿Y eso por qué? ¿Pasó algo que te hizo tomar esa decisión tan drástica?

Ella se retiró las manos de bajo su propio cuello, las apoyó abiertas en la cama y asintió, todavía sin mirarlo.

—¿Te acuerdas cuando le mostré mi carta a mamá y ella la corrigió, Braulio?

—Ajá, sí. ¿Y qué hay con eso?

Sofía suspiró; su pecho se elevó bastante al tomar aire para hacerlo.

—Después le mostré la carta a tu amigo Martín y él me dijo que estaba muy bien, pero que era mejor que no se la diera a Martina.

Braulio esbozó un leve gesto de confusión, pero no permitió que ella se diera cuenta.

—¿Eso te dijo él? —La miró asentir—. ¿Y también te dijo por qué creía que no era bueno que le dieras la carta a tu amiga?

Sofía repitió su gesto afirmativo.

—Me explicó que las palabras de Martina sobre mi vestido no fueron amables, pero que tampoco eran tan graves. Que era mejor si me olvidaba, porque si uno empieza a acumular todo lo que le molesta, en algún momento el peso de la mochila hará que te caigas de espaldas. Eso o que, si no lo podía dejar, mejor hablara con ella en persona.

—¿Todo eso te dijo él?

—Sí.

—¿Y tú entendiste lo que quiso decir con eso?

Sofía asintió por tercera vez:

—¡Digo, no! No le entendí mucho, pero si le decía eso a él, Martín iba a pensar que yo era tonta.

Braulio contuvo la risa y luego bajó la mirada para también poner su mano encima de una de las muñecas frente a él.

—¿Entonces lo que estamos viendo es la práctica de esa conversación? Quieres que todo salga bien cuando hables con ella, ¿cierto?

—Sí, ella es mi amiga. Lo que hizo no estuvo bien, pero yo la quiero y la extraño mucho.

—Y está muy bien que sea así. —Braulio le acarició la mejilla y, además de sonreír, la vio retorcerse otra vez por las cosquillas que le causó—. Ahora ve a desayunar así mamá no te reta, ¿sí?

Sofía se bajó de la cama apoyando las manos y con una pierna a la vez. Era bastante alta, la altura de la cama le daba al filo del vientre, pero así lo hacía ella.

Braulio se acomodó en la orilla de la cama y, cuando su hermana se iba, la tomó del brazo para traerla de nuevo junto a él.




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