Después de otro día sin ver a Braulio desde la noche en que lo buscó en la costa, Martín no pudo mantener el buen ánimo. Pensó que eso había quedado atrás, pero la ausencia le decía que no del todo.
La cámara sin la compañía de siempre dentro del cajón era revelada solo por la luz exterior que podía filtrarse entre las penumbras de su cuarto.
De espaldas al ventanal, con la luna que le permitía ver las fotografías a través de los reflejos en el plástico que las cubría, Martín las estaba pasando una por una.
El álbum que nunca se terminó de llenar lo había llamado cuando la ausencia se volvió insoportable. Sin nadie que pudiera verlo, Martín no tenía que retener sus lágrimas; no necesitaba demostrar cómo una herida, aunque ya estuviese cicatrizada hacía tanto, en realidad podría jamás dejar de doler.
Él podía recordar tantas frases utilizadas para describir las mejores maneras de aprovechar el tiempo, pero ni una sola que tuviera el valor para reconocer que, aprovechado o no, ese tiempo jamás iba a regresar. Que la línea era la misma para todos.
Vestidos de fiesta, sonrisas alegres. Momentos irrepetibles que se volvieron un tesoro más, preservados por la presión sobre el disparador de una cámara.
«Sé quiénes éramos entonces», pensó.
La valentía como bandera. Las palabras que nunca debieron ser pronunciadas. El miedo irracional. Lo irreparable. Una sucesión de eventos que no se pudo predecir.
Otro movimiento en busca de la fotografía al otro lado del bolsillo transparente, esa que le daba la espalda a la anterior.
«Esto es para ti», recordó.
Con aquellas palabras en su mente, los ojos se cerraron con la fuerza del que desea ya no tener que ver. Las lágrimas bajaron por la cara.
Como la norma desde que aquello sucedió, el orden dentro del álbum seguía perdido. En el medio estaba la fotografía que correspondía al principio. La que activó la lente por primera vez.
El cierre de los ojos se relajó en secuencia: un poco, la amenaza del cierre otra vez, calma; la visión se recuperó en oleadas. Lo que quedaba de él lo convenció: no hay razón para seguir teniendo miedo.
«La compré para ti. ¿Quién mejor que mi hermano para ser mi fotógrafo oficial?».
Había pasado más de un año desde que esa vida llena de sueños se apagó. Desde que el que siempre estuvo ahí para cuidarlo, abandonó su tarea por elección ajena.
«Era para mí», pensó cuando las lágrimas le nublaban la visión otra vez.
Y el momento siguiente, aquel que representaba el inicio del descenso, le arrebató toda la atención.
«Me gustaría hablar contigo, César».
La mirada que recibió entonces de vuelta fue la del total desconcierto.
«Somos amigos desde la primaria».
Los ojos ajenos siguieron sin entender de qué se trataba.
«No sé qué me pasa, pero quiero que lo sepas. Por eso te invité esta noche».
El miedo en forma de rechazo.
Aquel que recibió los sentimientos sin equivalente guardó silencio tras la contundencia del rechazo que devolvió.
Martín solo recibió un no, pero nunca pensó que aquello no se quedaría allí. Que eso estaría muy lejos de ser todo.
Alguien más escuchó sobre esa noche; la confesión equivocada. Alguien que sentiría crecer el desprecio y el odio en su interior. Un ser que arrastrado por la indignación llegaría al borde de la locura. A lo que creyó justicia. La misma persona que decidió ponerle un punto final.
«Era para mí», repitió Martín dentro de la mente que lo llevó de vuelta a aquel momento.
Entonces sucedió.
Aquel que siempre estuvo, el que siempre lo cuidó. El que le dio aquella cámara sin saber que se volvería una carga, sin dejar de ser el mayor tesoro para Martín. Para protegerlo en esa ocasión, tuvo que dar algo más: lo más valioso que él tenía, y lo hizo sin dudar.
Y entonces sucedió.
La repetición como columna vertebral de todo lo que no puede callarse aunque nunca se diga.
El álbum con su último bolsillo transparente vacío recibió el peso del resto que se desplomó encima de él.
Cerrado.
Martín no podía seguir viendo aquello; sabía que el pasado nunca cambia sin importar cuántas veces se lo mire.
La cámara dentro del cajón recibió a su compañero de duelo otra vez y Martín sintió el impulso de la necesidad de calma.
Mirian no le dijo ni le preguntó nada cuando lo vio atravesar la sala. Algo en su caminar le dijo que él se estaba dirigiendo al único lugar donde necesitaba estar. Que no había razón para tener miedo, incluso si la abstracción de su hijo podía preocuparla.
Los escalones en la entrada de la casa vecina. Otra vez. El ventanal. Las cortinas abiertas que le permitieron al ocupante ver la proximidad del visitante.
Martín reclamó el lugar en aquel porche con la puerta a la espalda que no se atrevió a golpear. Solo importaba la certeza de que él estuviera cerca.
La playa estaba oscura más allá de las farolas junto al camino asfáltico cruzando delante de la línea de casas. El espejo líquido permaneció paralizado en la distancia, ocultando el mundo completo que existía en sus profundidades.
No importaba. No todo tenía que encajar en un molde perfecto. Solo estar.
Martín solo podía estar. Con los escalones sosteniendo el peso de su cuerpo, la sombrilla de tela casi inerte de no ser por una ráfaga ocasional, y el mar nocturno llenando la vista.
«No puedo darte más. Ni siquiera llamar a la puerta, y hasta quizás, nunca pueda estar como se debe», pensó.
Él giró la cabeza para mirar de reojo, por sobre el hombro. La puerta se abrió.
Braulio se sentó a un lado en los escalones mientras lo observaba con detenimiento. Martín no pudo sostener la mirada cuando lo vio de vuelta. Los ojos buscaron una salida, pero la mente lo trajo de vuelta.
«¿Por qué no llamaste a la puerta?». Martín intentó sonreír cuando sabía que podría jurar que escuchó la voz de Braulio haciéndole esa pregunta. No lo hizo, ni siquiera en mueca.