El agua que quema

Capítulo 6: Volver

Para cuando llegó la tarde, Braulio sentía que el colapso de sus pulmones era una posibilidad. El día entero para él se había sentido como una persecución interminable; no hubo lugar en el que Martín no quisiera entrar y recorrer. Cada comercio en su camino fue una oportunidad de probar cosas que ninguno tenía verdaderas intenciones o necesidad de comprar.

Tuvieron que dar más de un «Estamos bien, gracias» para alejar a los vendedores que les ofrecían asistencia, pero no importó. Las miradas de reprobación y la vergüenza que intentaban causar en ellos tampoco surtieron el resultado esperado; para ambos, todo aquello no era más que un chiste que solo ellos podían entender, por lo que no hicieron más que reír mientras continuaba su aventura.

Parecía que aquella vorágine nunca iba a terminar; Martín hacía uso de una energía que se presumía infinita y Braulio de su única opción posible: intentar seguirle el paso.

—Son solo cosas, no puedes probarte la ciudad completa. Es imposible, al menos, para un humano lo es —dijo Braulio, sentándose en un banco de la acera—. Necesito descansar, Martín. Podrías haberme advertido que nuestra visita a la ciudad sería así. Mira si yo hubiera sufrido de asma. Puedo verme regresando en ambulancia.

—Si te decía que sería así, ¿te habrías negado a venir? —replicó Martín, sonriendo—. Además, este lugar es muy grande para cubrirlo en un solo día. Por ende, si el objetivo es verlo todo tendremos que venir más veces.

Braulio negó y le indicó acercarse con un gesto. Martín se agachó a su lado y observó por un segundo la mano que Braulio le puso en el hombro.

—¿Venir otras veces? Creo que primero vamos a sentarnos un rato. Y si sobrevivo, después hablaremos de eso —concedió.

Braulio se apoyó la mano en la mandíbula y luego giró el cuello al límite de la movilidad en ambas direcciones.

Martín, que ya había tomado asiento a su lado, rio. No tenían que hablar de tensión acumulada; con los crujidos causados por el cuello de Braulio, esa conversación salía sobrando para cualquiera con dos dedos de frente.

—Qué blandito —reclamó Martín, todavía con cierto juego en la voz—, cuando fuimos a comer, yo no dije nada de que te comieras tres hamburguesas, se supone que la comida da energía. ¿Me estás diciendo que quieres ser la excepción a la regla?

Braulio asintió y sonrió en mueca; sus ojos no se veían muy animados.

—Como te conté esta mañana, mi madre estaba insoportable, más que de costumbre. Yo no había comido nada hasta que nos sentamos a esa mesa —explicó Braulio, sobándose el cuello.

—Bueno, pero podríamos hacer una última parada. La costa no está muy lejos y yo todavía no la conozco. Vi en un folleto de la ciudad que tiene un muro de contención y que está permitido sentarse allí. Creo que el aire fresco del mar nos vendría bien.

Braulio lo miró de lado, con cierta desconfianza.

—¿Seguro que no está muy lejos?

Martín no respondió más que con un gesto que señalaba el cartel cercano. “La costa se encuentra a 1 km →”.

Él concedió con el gesto de la cabeza y se preparó para levantarse, pero Martín se le adelantó comenzando a caminar en la dirección contraria. La duda volvió a instalarse en Braulio.

—Pensé que íbamos a la costa.

—Y allí iremos —dijo Martín, sin dejar de caminar ni volverse para verlo—, solo te estoy dando unos minutos extra de descanso en lo que nos consigo unas bebidas que llevar.

Braulio negó sin poder evitar una breve sonrisa al ver que Martín se alejaba. Volvió a acomodarse en el asiento; las piernas se separaron y se estiraron cuando él apoyó la espalda en el respaldo del banco. La cabeza se movió atrás y las palmas de las manos le cubrieron los ojos.

«¿En qué me metí?», pensó.

Poco después, cuando Martín regresó, la tarde ya comenzaba a amenazar con terminarse. En el silencioso acuerdo, ambos apuraron el paso.

Allí, como era de esperarse, otros habían tenido el mismo plan y llegado antes, pero Martín no se rindió y buscó hasta que localizó un lugar libre en la distancia. Miró a Braulio, que no se veía muy dispuesto después de comprender su intención, y con un golpe de hombros lo convenció de dar un pequeño esfuerzo más.

Martín fue el primero en llegar y sentarse. Puso la bolsa con las bebidas a su derecha. Braulio eligió sentarse a su izquierda. Entonces, Martín sacó una lata que le ofreció y luego tomó una para él. Braulio la recibió y se la llevó bajo el pecho antes de tirar de la chapa metálica para abrirla. Martín observó su acción y sonrió. Braulio parecía haber intentado contener una posible explosión. Al menos, así lo pensó Martín por lo que vio:

«¿Era necesario hacer tanta fuerza?».

—Por favor, ten cuidado de que no se te caiga la lata ni tampoco la vayas a tirar tú. En el folleto también leí que aquí te pueden multar por arrojar basura.

—¿Solo aquí? —preguntó Braulio con tono burlón.

Algo que confundió a Martín por un momento, pero luego levantó la cabeza y abrió la boca logrando comprender.

—Eso es común para ustedes. —dijo con los iris viajando de izquierda a derecha sobre la base de los ojos—. Casi que esas son normas que ustedes aprenden antes que a caminar.

Braulio rio cuando bajó la mirada a la lata que sostenía encima de la pierna derecha. El pulgar se deslizó sobre el nombre de la bebida, arrastrando algunas gotas en contraste con el frío del resto del líquido al interior del objeto.

—No me molesta parecerme a ella. Creo entender que mi molestia podría ser más cercana a que mi foco estuviera mal —dijo Braulio, sin retirar la mirada de la bebida.

—¿Parecerte a tu madre? ¿Estamos hablando de eso?

Braulio suspiró con pesadez, dejó la lata a un lado y después movió de manera circular los hombros, uno a la vez con la mano contraria encima. Luego se quedó mirando el mar para permanecer en silencio algunos segundos.

—¿Y de quién más podríamos estar hablando? Digo, fuiste tú quien dijo que no me doy cuenta de lo mucho que me parezco a ella. —Braulio pestañeó dos veces de manera rápida—. ¿Todavía no te diste cuenta de lo peligroso que es decirme algo que pueda dejarme pensando?




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