El agua que quema

Capítulo 18: El paso

Cuando Martín se levantó para separarse de él, Braulio no dijo nada, solo miró cómo comenzaba a alejarse. Quizás le había dicho o hecho algo que lo había obligado a creer que era hora de tomar distancia.

No importaba.

Braulio no le había dicho nada, pero todavía le dolían los pies; haber caminado tanto le estaba pasando factura. Había pasado por eso sin tomar un trago ni comer un bocado, ya que no llevaba dinero. El día de la huida, no podía buscar efectivo sin que Renata viera desde dónde lo sacaba y le preguntara qué tenía pensado hacer con él.

Una necesidad inexplicable lo había llevado a recorrer la ciudad, todos esos lugares visitados con Martín. No importó el calor ni el cansancio; cuando la combustión del sol lo tenía derrotado, Braulio sintió el impulso de ir a la costa.

Apoyó la mano en la piedra, mitad encima, mitad bajando por el borde. Aquella imagen seguía fija en su mente: la mano que había estado tan cerca de la propia y no se había atrevido a tocar, ni siquiera cuando pensó que esa era la intención con la que Martín la había puesto tan cerca.

Braulio volvió al presente; Martín seguía alejándose de espaldas y entonces lo comprendió. Aunque el dolor y el cansancio lo estuvieran invadiendo, esa no era la verdadera razón por la que no tenía fuerzas para preguntar ni para seguirlo.

Parecía que eso era todo lo que iba a obtener de él: alguien que se alejaba justo cuando todo indicaba que disfrutaba estar a su lado. Una paradoja. Una ironía cruel.

La mirada de Braulio cayó hacia los pasos de Martín. Incluso así, tardó unos segundos en notar que Martín se había detenido y girado hacia él. Cuando se percató, subió la mirada para encontrarse con la sonrisa divertida que lo estaba esperando.

—¿Me vas a acompañar o te quedarás ahí?

El efecto espejo fue inmediato. Braulio se levantó deprisa para llegar junto a él y entonces, sin que pudiera ser de otra manera, preguntó:

—¿Adónde…? —Braulio se detuvo en seco ante los ojos que reprendieron la duda planteada—. No, no tengo que planearlo todo —accedió.

Martín estuvo de acuerdo con un leve movimiento de cabeza y ambos siguieron viaje hacia la casa.

—Me gustaría que vieras algo que es importante para mí.

Mirian se sorprendió cuando ellos entraron a la casa. Sin perder tiempo, la madre dobló un papel blanco que dejó entre los cojines del sofá y se levantó para saludar a Braulio.

—Qué gusto verte otra vez —dijo antes de darle un beso en la mejilla.

—Lo mismo digo, señora Mirian —concedió Braulio, con una sonrisa.

—¿Señora Mirian? Tú puedes decirme Mirian a secas. Ni que fuera tan vieja.

Braulio asintió sin dejar de sonreír. Mirian se acercó a Martín para ponerle la mano en la mejilla.

—Vamos a subir un momento a mi cuarto —explicó.

—Sí, vayan, vayan. Yo estoy ocupada viendo una película muy interesante.

Mirian volvió al sofá y se despidió con una sonrisa así como también con el movimiento de la mano. Le alegraba ver aquel brillo en los ojos de Martín de vuelta.

Martín abrió la puerta, encendió la luz y entró. Fue cuando quiso hablarle a Braulio que se dio cuenta de que se había quedado en el umbral, dudando.

—¿Sucede algo?

Braulio no respondió, solo caminó para llegar junto a él. Martín se sintió intimidado de que aquellos ojos color almendra lo estuvieran viendo tan de cerca. La cabeza giró a la derecha por acto reflejo. Braulio sonrió con sutileza al percatarse.

Antes de que el silencio se volviera insostenible, Martín se abrió paso a un lado de Braulio con mucho cuidado para cerrar la puerta. Braulio no perdió tiempo; así como Martín lo había hecho en su habitación cuando lo invitó, empezó a observar y tocar todo lo que había allí.

—Este debe ser el famoso ordenador con miles de canciones —dijo cuando jugaba a presionar un par de teclas.

Martín solo lo observó.

—¿Y qué era eso que querías que viera? —insistió Braulio, moviéndose junto a la cajonera.

Martín levantó el dedo índice a la altura de la cara y en dirección al techo para después hacerlo dibujar tres círculos en el aire. Braulio no supo qué lenguaje era ese.

—¿Hacer eso es alguna clase de talento familiar? —bromeó.

Martín rio solo en gesto.

—Esto quería que vieras, mi cuarto.

Braulio le sostuvo la mirada.

—Ah, pero es igual al mío.

—Por eso —aseguró Martín.

Braulio bajó las cejas.

—Siempre supe que teníamos problemas de comunicación, pero no imaginé que podía ponerse peor.

—No, ¿no entiendes, Braulio? —Martín cerró los ojos un momento cuando se cubría la cara y respiraba. No podía entender que le devolvieran una duda como respuesta—. Aquí todo es igual, mismas casas, mismas habitaciones, mismos baños.

Braulio prefirió seguir fingiendo que no entendía.

—¿Te sientes bien? Podemos llamar a una ambulancia si la necesitas.

La postura de Martín se rindió en hombros que descendieron acompañando un suspiro.

Braulio ya no pudo contener la risa.

—Hace tiempo que sé lo que está pasando, lo que estás diciendo —dijo Braulio cuando volvía la vista a los objetos—. Lo que todavía no sé es cómo conseguí este nivel de confianza y, además, es divertido verte tratando de explicarme algo sin ser obvio.

Él posó la mano encima del cajón que Martín había cerrado con violencia sin que Braulio lo supiera, pero esa fuerza con que lo había hecho causó un rebote que dejó una rendija. La tapa plastificada del álbum de fotos brillaba dentro reflejando la luz.

Braulio lo miró, Martín le devolvió la mirada, pero no por mucho; movió la mirada al cajón de inmediato. Se le aceleró la respiración y el movimiento del pecho. Los pensamientos no fueron la excepción en segundos que sintió eternos. Por un momento, fue como si los pensamientos y los latidos existieran en el mismo lugar dentro de la cabeza.

La mirada de Martín saltó a la mano suspendida cerca del cajón y trepó hasta llegar a la cara de Braulio. No hubo palabras que pudiera decirle. Solo un asentimiento contenido cuando la saliva le bajaba por la garganta.




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