El agua que quema

Capítulo 5: No, no importa

Ambos entraron riendo a la casa, pero Renata los interceptó bajo el umbral de la sala. Braulio le sonrió a su madre con desafío, mientras Martín observaba la escena. En cuanto Renata notó la presencia del vecino, la severidad en la mirada mutó a algo parecido al miedo. Al menos así lo interpretó Braulio, que no le quitaba los ojos de encima.

—Martín, ¿cómo estás?

Renata intentó sonar natural, pero eso solo le causó más gracia a su hijo. Braulio sabía que, si así lo quería, podía exponer la mentira de su madre frente a su amigo; dejar que Martín entendiera por qué antes él le había preguntado por una tía que nunca visitó y, en la misma acción, dejar a Renata sin máscara; justo como la mujer capaz de construir una narrativa falsa en busca de sus intereses sin que eso le pudiera significar algún atisbo de culpa.

Podía resultar cruel, pero, en su interpretación de los hechos y de elegir ese camino, eso tampoco volvería equivocada dicha acción. Sin embargo, con la seguridad de estar frente a alguien desarmado ante el conocimiento de balas que aún guarda la propia recámara, Braulio eligió no disparar.

—Muy bien, señora Renata, ¿y usted cómo se encuentra?

Martín mostró la amabilidad y educación esperadas.

—Bien, ¿tu mamá? Tengo que visitarla de nuevo. Qué mujer más agradable.

Martín sonrió. La cabeza bajó un poco, no más de lo necesario para enviar el mensaje y luego volvió a la posición anterior.

—Usted también le cayó muy bien. Desde que la conoció, ella no deja de hablar de lo educada y elegante que le pareció.

Renata se llevó la mano al costado de la cabeza para tocarse el peinado recogido, más que complacida por los cumplidos de Mirian.

—Sí, el mármol siempre brilla —pinchó Braulio.

Renata dejó salir el aire cuando ya no le interesaba retener la sonrisa que comenzó a disolverse y entonces volvió la vista a su hijo.

—¿Y qué estaban haciendo? ¿Tienen hambre? Si quieren, pueden pasar a la cocina y con gusto les sirvo algo.

—Sí, tenemos hambre y vamos a comer algo, pero no aquí. Con Martín tenemos pensado ir a la ciudad.

Martín no dijo nada, solo bajó un poco la cabeza e intercambió la visión entre la madre y el hijo.

Como no podía ser de otra manera, Renata se sorprendió por la noticia y hasta pensó en cuestionar la decisión, pero la seguridad en la voz de su hijo al pronunciar ese plan le dijo que no había mucho que ella pudiera hacer. Claro que podía insistir, gritar, negarse, pero eso sería mostrarse como la carcelera frente a la visita. ¿Qué pensaría su nueva amiga si ella lo hacía?

—Ah —Renata alzó las cejas, juntó las manos y recuperó la sonrisa—. A mí me parece bien. No tengo ningún problema, pero tampoco tengo dinero para darte —finalizó ella con notable calidez, casi al borde de la tragedia tonal.

Martín pestañeó sin poder retener el impulso de señalar a Renata en la aprobación de lo dicho por ella y luego miró a Braulio para hablarle sobre eso.

—Así como reconozco una cosa, reconozco la otra. Ese comentario fue bastante ingenioso. ¿No? Sin salida —rio.

Braulio le devolvió la mirada como si su comentario le hubiera despertado dudas acerca del lado que ocupaba en aquel tablero. Martín interpretó aquella mirada en un instante; se encogió de hombros y le sonrió. Braulio entendió que aquello no era más que un pedido de disculpas.

De todos modos, la dinámica fue explicada por él sin verdadera agresividad presente:

—Tú vas a callarte y me seguirás arriba, ¿estamos claros? —dijo presionando con el dedo índice al centro del pecho de Martín.

Sin recibir respuesta, Braulio se adelantó sin volver la vista. Martín juntó sus piernas y se llevó la mano a la frente para realizar un saludo militar antes de seguirlo. Acto que fue visto por Renata y causó que ella se mantuviera en él.

—Como siempre, fue un gusto verla, señora Renata.

Martín eligió recobrar la amabilidad cuando pasaba a un lado de la madre mientras apuraba el paso para alcanzar a Braulio. Renata solo asintió y sonrió. Luego, al verlos subir dándole la espalda, la expresión cambió al desagrado contenido.

Una vez en el lugar, Braulio se agachó frente a una de las patas traseras de la cama. Martín cerró la puerta y otra vez sintió la curiosidad de empezar a recorrer el cuarto mientras tocaba todo.

—No hay nada diferente desde la última vez que estuviste aquí —avisó Braulio cuando lo miró—. Mejor ayúdame con esto, levanta un poco desde el centro —indicó tocando la orilla del armazón.

—Sí, voy.

Martín se agachó para levantar un poco de lado la cama y entonces la pata trasera quedó en el aire, Braulio le quitó la tapa plástica que cubría el metal y desde dentro sacó un pequeño manojo de billetes amarrados con la liga amarilla que los mantenía juntos.

—Mi padre sale temprano con mi hermana pequeña; se van a la ciudad y no regresan hasta el almuerzo. No puedo pedirle dinero a él sin que tengamos que quedarnos a esperar.

Martín bajó la cama y ambos se sentaron encima. Él solo observó mientras Braulio contaba los billetes y después, su vista recorrió las paredes del cuarto. Le llamó la atención el hecho de que se encontraban limpias, sin algún póster ni nada más pegado.

—Él me da dinero a veces y yo no siempre lo gasto. No sé por qué, pero creo que es porque no tengo muchos amigos.

Martín asintió; si bien estaba interesado en la afirmación de Braulio, el impulso de su curiosidad hizo que algo más le pareciera incluso superior en relevancia.

—¿Y por qué lo tenías escondido ahí? —Martín leyó la pregunta en los ojos de Braulio que lo vieron de lado—. Digo, no es que sea algo malo como para tenerlo oculto, ¿no?

Braulio rio. Mantuvo la cabeza de lado así como la mirada sobre el rostro de Martín al tiempo que bajaba un poco los hombros y la espalda. Braulio apoyó los antebrazos encima de las piernas. El dinero quedó suspendido en el aire con las manos sujetando cada uno de los lados.




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